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CRÍTICA / Latente espíritu vienés


Córdoba. Teatro Góngora. 05-X-2017. Orquesta de Córdoba. Director: Lorenzo Ramos. Obras de Beethoven.

José Antonio Cantón

En la temporada que marca el 25º aniversario de la Orquesta de Córdoba (OC), el maestro Lorenzo Ramos, su titular, dirigirá la integral de las sinfonías de Beethoven como colofón a su despedida de la formación cordobesa anunciada para el próximo año. Para iniciar tal periplo sinfónico ha dirigido la Segunda y la Octava, obras caracterizadas por la diáfana transparencia de su orquestación, especialmente en la sección de viento, puesta al servicio de la sugestiva genialidad primigenia del compositor, aspecto muy destacado por el director, como se pudo percibir en el empaste conseguido en las maderas con líquido efecto sonoro, realzado con la elegancia del tempo marcado en Larghetto de la Sinfonía nº 2, sin duda, el momento culminante de este primer concierto de temporada de la OC.

Un latente espíritu vienés presidió el sentido que el maestro Ramos transmitió a esta obra desde sus primeros compases, destacando la marcialidad que imprimió al segundo tema del Allegro inicial y, de este modo, generar la manifiesta vitalidad de su mensaje musical. En el Scherzo, fue fiel al carácter caprichoso que desprende su inspiración, realzado por la velocidad de sus indicaciones, que se vieron contrastadas por el aire bucólico con el que trató su trío central. El planteamiento del tiempo final fue como un expresivo resumen de las tensiones habidas en los movimientos anteriores, realzando así la enérgica orientación que el compositor da a la conclusión de la obra, momento en el que la orquesta respondió con mayor fluidez técnica y mejor respuesta sonora.

Muy diferente fue la lectura de la Octava sinfonía, op. 93. Lorenzo Ramos, en aras a transmitir la expresividad que exige el discurso que contiene su vivo y brioso Allegro, aceleró su tempo y siguió así durante toda la interpretación, destacando tal efecto en el delicado divertimiento que significa el admirable segundo movimiento, un scherzo en el que la línea melódica de la cuerda se percibía sorprendida por el incisivo sonido de la madera, generándose en su conjunto una tensa y entrecortada articulación, que rompía con la "querubínica" elegancia que se espera de su celestial discurso.

El aire de danza del Menuetto pudo ser un soporte más idóneo para la rápida rítmica mantenida por el maestro Ramos, pero fue así a costa excitar en demasía la serenidad del estilo dieciochesco deseable para esta danza. En su trío atemperó esta tendencia destacando el papel de los vientos, lo que supuso un remanso en la efervescencia con la que presentó este movimiento. Cierto espíritu haydniano revistió la lectura del Allegro vivace final en el que supo acentuar la audacias armónicas que contiene con el certero análisis que enseña y tiene siempre presente la escuela vienesa de dirección musical de la que Lorenzo Ramos es un formado y convencido seguidor.