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CRÍTICA / Las cosas, bien hechas


Madrid. Fundación March. 10-X-2018. Josep Colom, piano. Obras de Schubert, Schumann, Schoenberg, Beethoven, Bach, Mozart, Brahms y Chopin.

Rafael Ortega Basagoiti

Dice bien Justo Romero en sus notas al programa —como siempre impecablemente presentado pese al error que señalaba el Andante de la Sonata op. 27 nº 1 de Beethoven en lugar del que en realidad se ejecutó, que fue el primero de la archiconocida Claro de luna, segunda de ese mismo número de opus y que también tiene el subtítulo de quasi una fantasía, pero que en lugar de Andante está marcado Adagio sostenuto— cuando señala que el veterano Josep Colom presentaba un programa a todas luces interesante. No es extraño en el concienzudo, inteligente y sensible pianista catalán, músico de los que va al meollo y construye con sentido, coherencia e imaginación sus programas, como también sus interpretaciones. Comparto también con Justo su sentir de que Colom es de los grandes nombres del teclado español. 

El programa estaba, en efecto, elaborado a conciencia en esta segunda entrega del modélico ciclo de este Octubre dedicado al piano schubertiano en la Fundación March. Ocho bloques de piezas cortas, siete de ellos con tres piezas y sólo el quinto con cuatro obras, componían el esqueleto del programa. En el núcleo, los 6 Momentos Musicales de Schubert, tocados por riguroso orden, rodeados de piezas breves de los compositores señalados en la ficha, con conexiones que el propio Colom explica con claridad cristalina en el programa (páginas 29-30 del programa al que los lectores pueden acceder en este enlace). Conexiones que en ningún caso sonaron artificiales. Estaban perfectamente concebidas, bien en el dibujo de la propia música, en el ritmo, en el clima o hasta en la inspiración. Sirvan de ejemplo las palmarias conexiones del tercero de los Momentos schubertianos con la segunda obra de los Op. 76 de Brahms, o el paralelismo del dibujo entre el Preludio BWV 871 de El clave bien temperado bachiano con el cuarto de los Momentos de Schubert.

Interesantísima también la inserción de las Seis piezas op. 19 de Schoenberg, y creo que muy atinada la repetición, como una especie de alfa y omega, de la sexta de ellas, ominosa, escrita poco después de la muerte de Mahler, y que Colom situó como justo homenaje al Schubert que (las palabras de Colom no podían ser más acertadas) falleció hace dos siglos a la escandalosa edad de 31 años. En el camino, insertadas con el tino y la sensibilidad similares a las de los ejemplos mencionados, Beethoven (Bagatela op. 126 nº 5, el mencionado Adagio sostenuto de la Sonata op. 27 nº 2 y el Allegretto de la Sonata op. 10 nº 2), Chopin (Estudios op. 25 nº 1 y 2), Schumann (Phantasiestücke op. 111 nº 2), Mozart (Andantino grazioso de la Sonata K. 331) y Brahms (además del mencionado Op. 76 nº2, la Rapsodia op. 119 nº 4), sin olvidar al propio Schubert (Impromptus D. 899 nº 2 y 3).

A la cuidada elaboración del programa hay que sumar los "enlaces" entre buena parte de las obras improvisados con igual sensibilidad por el propio Colom. El resultado, no podía ser menos, fue del mayor interés. Las interpretaciones del catalán tienen siempre la lógica de planteamiento que adorna el mismo diseño de los programas. Se puede pensar que el Andantino mozartiano podría haber admitido más reposo, como el segundo de los Momentos de Schubert o el segundo de los Impromptus D. 899, o que los seisillos del Tercer Impromptu del protagonista del ciclo podrían haber quedado más claramente dibujados quizá con un tempo un punto más reposado. 

Pero en todo caso se trata de puntos menores frente a tantos momentos de exquisita sensibilidad y excelencia artística: la sección central de mismo Momento musical nº 2 ya citado, cantada de forma admirable, como también la del nº 4, las dos páginas brahmsianas (territorio por lo demás manifiestamente favorito del catalán), los dos Estudios de Chopin, de una elegancia extraordinaria, el allegretto beethoveniano dotado de un misterio y ligereza envidiables, el Preludio de Bach, también planteado de forma impecable… El concierto transmitía lo mismo que la blanca, inhabitual pero por mi parte bien recibida, indumentaria de Colom. 

Vestimenta, si se quiere, un tanto zen, pero que venía bien para aplacar los justos instintos de recuperar la pena máxima para los criminales del móvil que, sin piedad por la intimidad schubertiana ni por la coronaria de los asistentes, y sordos, faltaría, no sólo ante la música sino ante las reiteradas advertencias para que se desconectaran los ingenios en cuestión, decidieron agredir al siempre pacífico Colom y a la bien dispuesta audiencia con irrupciones, como pueden imaginar en los peores momentos, de los aparatitos en cuestión. Una vez más recordé a Sir Simon Rattle y su mención a la justificación de la pena máxima en ciertos casos. Quizá, puestos a inventar, quepa inventar algún tipo de descarga con una buena cantidad de voltios para quienes incurran en tal delito. Dicen que el gato escaldado del agua fría huye. Igual el espectador electrocutado huye también, o al menos se asegura de apagar o silenciar el aparatito. En fin, atentados al margen, una estupenda velada llena de buena música, planeada e interpretada con las dosis justas de inteligencia, sensibilidad y solidez musical. Lo que se dice un concierto muy bien hecho, sobresaliente, de principio a fin.