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CRÍTICA: La Barroca de Sevilla sigue recuperando patrimonio


Madrid. Auditorio Nacional (Sala de Cámara). Ciclo Universo Barroco. María Hinojosa, soprano. Filippo Mineccia, alto. Orquesta Barroca de Sevilla. Director: Enrico Onofri. Obras de Jommelli, Furió, Sellitto, Valdivia, Roldán y Mayorga.

Eduardo Torrico

No resulta habitual que un concierto esté confeccionado exclusivamente por obras que son estreno absoluto en tiempos modernos. Lo fue el que propuso anoche la Orquesta Barroca de Sevilla en la Sala de Cámara de Auditorio Nacional de música: toda la música que sonó suponía recuperación de patrimonio, salvo las dos sonatas en trío de Niccolò Jommelli que abrieron cada una de las partes de la velada. Junto al nombre de Juan Pascual Valdivia, algo más conocido por haber sido maestro de capilla de la Colegiata de la localidad sevillana de Olivares durante la friolera de 51 años, aparecían los ignotos de Pedro Furió (que, por su apellido, debía de tener procedencia valenciana o alicantina), Juan Roldán y Juan Mayorga. También figuraban el antes mencionado Jommelli (de quien se presentó la versión castellana del aria Spezza lo stral piagato, traducida como Como león airado, de su ópera Tito Manlio) y Giuseppe Sellitto (compositor napolitano cuyo apellido también figura escrito como Sellitti).

El nexo que une a todos ellos es precisamente la Colegiata de Olivares, que durante décadas mantuvo una pequeña capilla musical, cuyos archivos están siendo ahora difundidos por el musicólogo Joaquín Romero Lagares. A él se debe este programa de la Orquesta Barroca de Sevilla, que en los días inmediatamente anteriores a su estreno en Madrid ha sido grabado en San Lorenzo del Escorial.

La velada tuvo muchas luces, pero también alguna que otra sombra, consecuencia de la inclusión de alguna obra de dudosa calidad (por ejemplo, la Kalenda para alto de Furió, que seguramente por ello ha sido descartada para el disco) y, por ende, la larga duración del programa (le sobró media hora). Para colmo de males, el violín de Pedro Gandía tuvo un problema en una cuerda y eso provocó algunas desafinaciones al principio.

La segunda parte fue, en cambio, excelente, con obras bellísimas (el aria Yo te busco mi Señor, de una cantata para alto, bajón y bajo continuo de Valdivia; el aria Buelve [sic], Dios de amor de Mayorga, o el dúo que sirvió de bis, Alégrese la tierra, de Juan Francés de Iribarren) y con una atinada faena por parte de los dos cantantes y de los instrumentistas.

Compuestas o arregladas estas obras para que originalmente fueran interpretados por los niños coristas y por los curas de la Colegiata de Olivares, podría deducirse de ello que técnicamente no entrañan demasiadas dificultades. Pero no es así. Filippo Mineccia unió a su gran sentido lírico una magnífica dicción en castellano (es difícil encontrar a un cantante no nacido en un país hispanoparlante que lo haga así de bien), mientras María Hinojosa exhibió el buen gusto musical que la caracteriza, ideal para algunas de estas arias, sobradas en ternura (téngase en cuenta que se trata de música religiosa).

Por su parte, Enrico Onofri no solo lució sus consabidas dotes violinísticas (en especial, en las sonatas de Jommelli), siempre bien secundado por Pedro Gandía (a pesar de los problemas iniciales de su violín por culpa de la cuerda), sino que además dirigió con acierto a los restantes integrantes de la Barroca de Sevilla, entre los que destacó el bajonista Carles Cristóbal en su acompañamiento a Mineccia en el aria de Valdivia. Resultó muy interesante la labor de los dos violines, dado que en aquella época —vencida ya la resistencia a que estos instrumentos pasaran a formar parte de las capillas religiosas— su uso se empezaba a estandarizar en España. Igualmente resultó muy sugestiva la inclusión del arpa (la de Manuel Vilas) en el bajo continuo, sin más instrumentos de cuerda pulsada en el orgánico.