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CRÍTICA: Isabel Villanueva: el cielo y los ínferos


Madrid. Auditorio Nacional (Sala de Cámara). 30-XI-2016. Ciclo Liceo de Cámara XXI. Isabel Villanueva, viola. Thomas Hoppe, piano. Obras de Brahms, Sotelo, Granados y Schubert.

Santiago Martín Bermúdez

Qué sonido tan bello y penetrante tiene la viola de Isabel Villanueva. Ayer mismo, en un concierto del Liceo de cámara del CNDM, Villanueva hacía cantar y exclamar a su viola apoyándose en la línea sutil y sugerente del pianista Thomas Hoppe. En cuanto a interpretación, hubo un crecimiento muy evidente desde la Sonata Arpeggione de Schubert; el Andante, movimiento central, lo resolvía Isabel con un cantábile en el que había hasta un filato belcantista, si se me permite esto más como imagen que sugiera que como realidad imposible. Claro, las violas no cantan, pero el canto de la viola de Villanueva presentaba, ya en los tres movimientos de esta breve obra schubertiana, algunas características de su manera de interpretar: el canto, el arte de lo tenue, la capacidad de hilar el sonido… y el poder tan intenso de los graves que salen de ese instrumento con el que Isabel parece rozar la magia de los ínferos musicales; los mismos, tal vez, que evoca uno de los episodios de la obra de Mauricio Sotelo que estrenaban Villanueva y Hoppe por encargo del CNDM.

Blanca luz de azahar, de Sotelo, consta de nueve episodios, o submovimientos (“territorios”, dice el compositor), ligados, vinculados, sin pausa, y en el que se desarrollan muchas posibilidades del instrumento. No se trata de algo parecido a una Sequenza de Berio, el discurso pretende más musicalidad que experimento; no hay coartada vanguardista, y la lección de que estamos en la segunda década del nuevo siglo se ha aprendido. Hay belleza y hay sorpresa, y hay “giros de acción” en estos episodios, en este viaje por esos territorios, cada uno de los cuales tiene su carácter (métrica, color, línea o col legno o pizzicato, lo que haga falta). Habría que oír más veces esta obra para valorarla. La primera escucha, por atenta que sea, no da (estamos seguros) toda la riqueza que ahí se despliega y que no se disimula ni se esconde. Blanca luz de azahar, dedicada a Antonio Moral, ha sido una gratísima sorpresa. Isabel la volverá a tocar, sin duda, por sus giras y sus registros.

En la segunda parte, la belleza del Lentamente con molta fantasia de la Sonata de Enrique Granados es un episodio que te deja con ganas de más (cómo habría sido esto si…), pero sirvió sobre todo para el despliegue del plato fuerte de la velada. Plato fuerte en el sentido de interpretación: con la Sonata para viola op. 120 nº 1 (originalmente para clarinete solista) llegó Villanueva a la culminación del recital, con una ampliación de los efectos o efectivos (no sé bien) que había anunciado ya en el andante de la Arpeggione. Ahí estaba la convivencia de los graves procedentes de ese Hades mágico de esta intérprete joven, y aun así sabia y artista, con los adelgazamientos sonoros más delicados; esa delicadeza que no es fragilidad (aunque, qué importa que un artista muestre fragilidad, es uno de sus recursos), sino poder de un equivalente al suspense, aquí, en la música: la línea se adelgaza tanto que sentimos (no pensamos) que se puede quebrar algo. Algo. Isabel Villanueva tiene ese arte. Y lo llevó al extremo en esta Sonata tardía de Brahms. Pero no olvidemos el acompañamiento de un pianista que huye de la contundencia y despliega la agudeza que serviría para repertorios franceses, y no solo Debussy y Ravel (y no puedo asegurar, aunque acaso le irían mucho, que Hoppe no se haya aventurado por esos repertorios: disculpen mi ignorancia).

Isabel Villanueva tiene por delante un brillante futuro. Cuánto trabajo, cuánto esfuerzo no es necesario para conseguir un recital tan hermoso como éste. ¿Y el talento…? El talento tiene varias bases. Una de ellas: saberse escuchar. Los artistas como Villanueva saben a lo que me refiero. Para este recital, Isabel supo Escucharse en la preparación. Pero durante el concierto lo que dio a oír era para nuestros oídos. Ella ya no tenía que escucharse. ¿Y el virtuosismo? A estas alturas sabemos lo que es. Es la magia del instrumento, pero esa magia tiene truco, un truco que no está al alcance más que de los que tienen capacidad de esfuerzo infinito y talento suficiente. O de sobra, como en el caso de Isabel Villanueva.

Adelante, adelante.