Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Intrascendente trascendencia

CRÍTICA / Intrascendente trascendencia


Granada. Auditorio del Centro Cultural Manuel de Falla. 12-I-2018. Konstantin Scherbakov, piano. Obras de Liszt y Lyapunov.

José Antonio Cantón

Dentro de la programación de la temporada de conciertos 2017/18 del Auditorio Manuel de Falla, se ha presentado el pianista Konstantin Sherbakov con un atractivo programa por su enjundia técnica y su complicada musicalidad, especialmente en el repertorio de Franz Liszt, del que ha entresacado seis de sus famosos Doce estudios de ejecución trascendental S.139 que, en fechas próximas, va a grabar en Estados Unidos. Tanto estas obras como las que ocuparon la primera parte del recital, siete de los también doce Estudios de ejecución trascendente, op. 11 de Sergei Lyapunov, suscitaban gran expectación ante la poca frecuencia con la que son interpretados particularmente estos últimos.

El estado artístico en el que se encuentra este pianista, después de haber recibido habitualmente un distinguido juicio de la crítica internacional durante la década de los 90 y en la primera de la presente centuria, está a cierta distancia de la prestancia que siempre se ha podido percibir de sus actuaciones y de su prolífico legado fonográfico, del que destacó, allá por el año 1993, el registro de los estudios de Lyapunov, significando una más que interesante recuperación fonográfica de un corpus pianístico algo olvidado y poco considerado dada, entre otros motivos, la importante actividad creativa de Rachmaninov y Scriabin, contemporáneos de este compositor. Scherbakov, con tal grabación, rehabilitaba su figura dentro del amplio y denso panorama pianístico ruso, y la difundía con una interesante dignidad artística en las salas de conciertos de todo el mundo. 

En esta ocasión ha mantenido la llama de su entendimiento de este autor, destacando su interpretación del primer estudio, Berceuse, que tocó con sensibilidad de concepto, sustentada en una fácil técnica. La velocidad que exige el titulado Rondes des Fantômes, propició la aparición de ciertas imprecisiones que fueron solventadas con eficacia musical, aunque dejaban patente cierta falta de concentración. En Carrillon, tercer estudio de la colección, cuidó su sentido cuasi-descriptivo resaltando los acampanados contrastes que encierra desde un sonido abierto, que no favorecía la pretendida imponente evocación del autor. En el quinto, Nuit d'eté, reflejó su aire impresionista con académica expresividad para, seguidamente, hacer una Tempête poco esclarecida en su voces. En el noveno estudio, Harps éoliennes, extrajo, sin entrar en trascendencia, el aspecto formal de imitación, para concluir con la danza de inspiración caucásica Lesghinka, donde forzó su mecanismo hasta diluir sus transiciones motívicas en una continuidad de limitada musicalidad. La sensación que dejaban estas interpretaciones era que fueron realizadas más desde un planteamiento discursivo formal que desde una honda y penetrante expresividad.

Esta actitud se vio acentuada en la segunda parte del recital, dedicada a seis de los Doce estudios de ejecución trascendental S. 139 surgidos de la incomparable genialidad de Franz Liszt. Este pianista siberiano abordó el primero, Preludio, con una ficticia exhibición que resintió la musicalidad que encierra esta especie de preparatoria puesta en acción de tan insuperable colección. A este efecto se le añadió un halo de superficialidad expresiva en el segundo, carente de la difícil y estratificada limpieza que requiere su bravo y vertiginoso aire Molto vivace. En el tercero, Paysage, el oyente se pudo reencontrar con el recuerdo del mejor Scherbakov, el de sus años jóvenes. El adelantado impresionismo de esta pieza fue determinado por el pianista con sentido estético y cuidado sonido. Tal sensación quedó desvanecida en una interpretación atropellada y carente de canto como fue la transmitida en el absolutamente apasionante Mazzepa. Su difícil y contrastante unidad quedaba troceada como fruto del lucimiento artificial con el que quiso abordar el complicado y dramático ensamblaje, que Liszt vino a reforzar en su poema sinfónico del mismo título.

Como si de un ir y venir se tratara, el pianista transmitió su mejor capacidad poética en el noveno estudio, Ricordanza, convirtiéndolo en uno de los momentos más singulares de este recital junto a la canción de cuna de Lyapunov, que abrió el recital, y el paisaje lisztiano antes referido. Fue claro tanto en la exposición del tema como en la distinción de sus variaciones, demostrando un indudable grado de musicalidad. Quiso dejar, en su afán por demostrar que es poseedor de unas destacadas dotes técnicas, actualmente en proceso de dilución, la furia del octavo estudio, Caza salvaje, para con él terminar una actuación que dejaba una controvertida sensación, algo lejana de las expectativas suscitadas, que venían respaldadas por su amplio y a la vez más que interesante legado fonográfico.

Ante tanto derroche de energía desplegado con Liszt, Scherbakov quiso serenar la sensibilidad perceptiva del auditorio con una excelente interpretación de Meditación, quinta pieza de las dieciocho que integran el Op. 72 de Piotr Illich Chaikovski, todo un remanso de cadente sensualidad sonora, intención que este pianista expresó con el sobrio lirismo brahmsiano que pide su discurso. Se pudo percibir en este bis todo el canto que hubiera sido deseable escuchar en este "intrascendido" trascendente programa.