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CRÍTICA / Hacia un nuevo arte nuevamente inventado (Ariel Abramovich y Jacob Heringman en El Canto de Polifemo)


Madrid. Iglesia Evangélica Alemana. 24-XI-2018. Ariel Abramovich, vihuela de mano. Jacob Heringman, vihuela de mano. Obras de Des Prez, Fernández Palero, Sermisy, Cabezón, Verdelot, Segni da Modena, Willaert, Créquillon, da Rore, y Vásquez.

Javier Serrano Godoy

El Canto de Polifemo ha vuelto a regalarnos un concierto de los que marcan un antes y un después. En esta ocasión, el pasado sábado tuvimos la enorme suerte de ver a los geniales vihuelistas Ariel Abramovich y Jacob Heringman dar una asombrosa lección magistral no solo de como se hace la música del s. XVI, sino de cómo se crea. Y esto es porque, además de interpretar un repertorio de una finura y exquisitez pasmosas, han sabido dar forma a nuevas piezas para sus instrumentos (tres vihuelas en total, dos en Sol y una bajo en Re) en un sentido que no tiene nada que envidiar al más sutil de los artesanos.

Ni una sola de las piezas que encontramos en el programa resultaron ser compuestas para una agrupación de dos vihuelas (incluso si Valderrábano nos ha podido dejar algún ejemplo), pese a la común presencia por pares de estos instrumentos en la época. Por ello, y siguiendo el ejemplo de Gonzalo de Baena, el mérito es doble al acometer la titánica tarea de realizar sus propias intabulaciones (adaptaciones de piezas vocales ya preexistentes al lenguaje instrumental) de autores tan significativos. Josquin Des Prez y Antonio de Cabezón, dos enormes soles en el firmamento de la música del s. XVI, fueron los dos genios de mayor peso en la presentación, sin que por ello restemos importancia a autores hispanos como "el acertado Juan Vásquez" en palabras de Bermudo, Francisco Fernández Palero (imprescindible compositor de tecla injustamente relegado a un segundo plano), o exponentes fundamentales de la chanson y el madrigal como Claudin de Sermisy, Philippe Verdelot, Adrian Willaert o Thomas Créquillon.

Los resultados necesitan una mención aparte, puesto que hay muchas y muy buenas cuestiones que aplaudir. Primero, nuestro profundo y extraordinario respeto por Heringman, que tuvo el valor de enfrentarse a uno de los tientos de Cabezón (Tiento sobre Malheur me bat) con una sola vihuela, cuando es bien conocido que las obras de Antonio (publicadas por su hijo Hernando bajo el subtítulo "tecla, arpa y vihuela") son prácticamente inviables en este instrumento. Segundo, el acierto de traernos clásicos de la música de este tiempo como Dont vient cela de Sermisy (un imprescindible en la versión de Cabezón entre los músicos de tecla), Anchor che col partire de Rore (acaso uno de los grandes "hits" de su tiempo) o De los álamos vengo, madre de Vásquez (uno de nuestros villancicos más difundidos, y trabajado incluso por Joaquín Rodrigo o Manuel de Falla). Y tercero, pero no menos importante, hacer justicia al genio de Josquin con una de sus obras más queridas y monumentales, el Pater Noster/Ave María a 6, uno de los más excelsos ejemplos de composición contrapuntística de la escuela flamenca. 

Agradecemos especialmente a los dos intérpretes no sólo su encantadora química, sino su buena disposición por involucrar al público en su propia música, a través de la breve, pero muy acertada introducción de cada uno de los autores y obras (organizados por bloques), con el sentido del humor y el afecto que sólo desprenden aquellos músicos que aman profundamente lo que hacen. 

Y agradecemos finalmente a El Canto de Polifemo, a su ciclo Soledades, y a Paco Quirce, principal músculo motriz de este extraordinario fenómeno musical, por la exquisita programación que nos traen recurrentemente y al alcance de cualquier bolsillo.

Foto: Pablo Fernández Juárez