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CRÍTICA / Gloriosa bilbainada


Madrid. Cafe Comercial. 8-I-2018. The London Music N1ghts. Josetxu Obregón, violonchelo. Enrike Solinís, archilaúd, vihuela, guitarra y lavta. Obras de compositores españoles e italianos de los siglos XVII y XVIII.

Eduardo Torrico

En puridad, dícese que la "bilbainada" es un género musical típico de Vizcaya, que versa principalmente sobre Bilbao y sus pueblos cercanos (siempre, con no poca guasa), y que cobró notable importancia en la primera mitad del pasado siglo. Podríamos extrapolar el concepto a la música antigua y calificar de "gloriosa bilbainada" el concierto ofrecido Josetxu Obregón y Enrike Solinís dentro de las London Music N1ghts del Café Comercial. Y no solo porque tan emblemático establecimiento madrileño esté sito en la glorieta de Bilbao o porque los dos intérpretes hayan nacido en Bilbao (aunque, como buenos bilbaínos, podrían haber nacido donde les hubiera dado la gana), sino porque su programa narra con singular gracejo (propio del Botxo) músicas españolas, italianas e incluso turcas de los siglos XVII y XVIII arregladas por ellos mismos, pues el protagonismo compartido de sus instrumentos rara vez se dio en aquella época.

En efecto, mientras el violonchelo estuvo casi siempre condenado a formar parte del bajo continuo, la cuerda pulsada se reservó para sí un papel estelar. Sobre todo, en las dos penínsulas meriodinales (la ibérica y la itálica). A nadie le dio por componer para violonchelo y guitarra, o para violonchelo y tiorba, de ahí que Obregón y Solinís tuvieran que echar mano del ingenio para ofrecer un producto lo suficientemente atractivo. Un producto que, digámoslo sin ambages, hizo las delicias de un público entusiasta y desprovisto del corsé de la ortodoxia.

Sonaron obras de Sanz, de Murcia, de Santa Cruz, de Ortiz, de Gabrieli, de Scarlatti, de Facco, de Jacchini o de Vivaldi, además de ese trabajador a destajo que fue Anónimo (nadie en la historia de la música escribió tanto como él). También hubo alguna que otra pincelada del Libro de la ciencia y de la música de Dimitrie Cantemir, príncipe moldavo que se alió con Pedro I de Rusia para combatir a los otomanos, que los derrotaron en 1711 en la Batalla de Stanilesti, lo cual no fue óbice para que Cantenir se sintiera fascinado por la cultura turca. Refugiado en Moscú tras esa derrota, el zar nombró a Cantemir knyaz (duque) del imperio ruso y Carlos VI, Reichsfürst (príncipe) del Sacro Imperio Romano Germánico.

Más académico el violonchelo de Obregón, fundamentalmente en las piezas a solo (como la de Gabrieli, a quien se atribuye el honor de ser el primero en componer ex profeso para este instrumento). Y más iconoclasta Solinís con los cuatro instrumentos de cuerda al pulsada que utilizó en la velada: archilaúd, guitarra, vihuela y lavta, que no es sino una evolución del laúd occidental (que, a su vez, ya era una evolución del que provenía de tierras árabes) y que hizo y sigue haciendo furor en Turquía, Grecia y Chipre.

Si algo tienen Obregón y Solinís es una inusitada capacidad de comunicación con el espectador, y ello volvió a quedar de manifiesto una vez más en este concierto, en el que Solinís no dudó un instante en darle a ciertas piezas aires flamencos (o sea, flamencos del sur español, para no confundir con los aires flamencos de Flandes, tan serios siempre ellos) o, incluso, pop-rock. En un guiño a la concurrencia, la velada concluyó con la Música nocturna de las calles de Madrid, pues por algo Boccherini fue el más madrileño de todos los músicos que en la historia fueron hasta que al mexicano Agustín Lara le dio por componer su famoso chotis.