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CRÍTICA / Futuro asegurado


Madrid. Auditorio Nacional. 13-V-17. Ciclo A+Música.com. Emmanuel Faraldo, tenor; Pablo Ruiz, barítono. Orfeón Donostiarra. Orquesta de Cámara Andres Segovia. Director: José Antonio Sainz Alfaro. Obras de García Abril, Verdi y Puccini. 

Daniel de la Puente

Si alguien tenía alguna duda acerca del porvenir de la lírica en España, el concierto de A+Música en el Auditorio Nacional el pasado sábado sembró tranquilidad y seguridad de que los talentos emergentes darán muchas alegrías en el futuro (cercano). Fueron el tenor Emmanuel Faraldo y el barítono Pablo Ruiz los que salvaron claramente con su arte un concierto de concepción programática cuestionable y en el que la batuta no puso en valor a los artistas presentes en el escenario.

Pese a que sus papeles son cortos en la Misa de Puccini, los cantantes se situaron a una grandísima altura con destellos dignos de los grandes y consagrados. El tenor argentino Emmanuel Faraldo dispone de una voz clásica —en el mejor de los sentidos—, bien metálica, contundente y de apariencia fácil, que se desenvolverá bien en cualquier tipo de repertorio. El barítono Pablo Ruiz, por su parte, trazó bellas y largas líneas de canto con una voz redondeada, homogénea y generosa. Los mejores momentos de la noche se vivieron, gracias a los solistas, en el Et incarnatus, concertante con el coro, y el Agnus Dei, un dúo de los cantantes que, pese a sus diferencias tímbricas, evidenció dónde estaba la música en el escenario.

La parte coral del concierto correspondió al mítico Orfeón Donostiarra, irregular durante toda la velada. Las “Acuarelas” de García Abril, cantadas por las mujeres del Orfeón, dejaron momentos maravillosos, delicados, como corresponde a una partitura excelentemente bien escrita y que comprende perfectamente las capacidades de la voz. Los textos se entendieron con claridad y, pese a los vaivenes de la dirección, la música fluyó con belleza. A partir de ahí, todo fue empeorando en su conjunto.

La segunda parte del concierto incluyó la Messa de Gloria de Puccini en la que primó un desorden generalizado que sustrajo coherencia a la versión. Los problemas comenzaron con los balances, no solo entre coro y orquesta sino también en el propio coro (61 mujeres y solo 37 hombres), con unos barítonos extremadamente discretos que quedaban tapados en muchos momentos por las voces femeninas y por el poder de la orquesta —buenos y voluntariosos vientos—, y con unos tenores poco cohesionados con problemas de empaste y tirantez en los pasajes rápidos y más agudos.

La Orquesta de Cámara Andrés Segovia dispone de un gran material sonoro, pero en este concierto tuvo enormes problemas, atribuibles en gran medida a la dirección y no tanto a los músicos: imprecisión en los ataques, desorientación en el fraseo y conexión en los tiempos rápidos, grandes dificultades en las transiciones...

Una pena que Víctor Ambroa, fundador de la orquesta, no pudiera desde su primer atril compensar las carencias desde el podio, donde la ayuda y empatía fueron escasas. Sainz Alfaro mostró una nula unidad de gesto que se tradujo en una cuestionable gestión del sonido, y en la incapacidad para sostener una música no demasiado compleja en su concepción pero de escucha agradecida.

Al menos, el Aita Gurea ofrecido como propina (aparte de los dos coros de ópera incluidos incomprensiblemente en la primera parte) dejó el destello de un gran Orfeón, sólido y emotivo. La pieza estuvo dedicada, a petición de los organizadores, a Áurea Ruiz, esposa y musa de Antón García Abril, fallecida hace cerca de un año, y que con este Padrenuestro recibió cumplido homenaje.