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CRÍTICA / FSO: Haciendo cultura


Madrid. Auditorio Nacional. 19-X-2018. Film Symphony Orchestra. Director: Constantino Martínez-Orts. "Especial John Williams". 

David Rodríguez Cerdán

Empecemos por el final. Casi las dos a.m. La Film Symphony Orchestra tocando y bailando —¡y bailando, sí!— el glennmilleriano Cantina Band de La guerra de las galaxias (1977) como si no hubiera mañana (literalmente). Llevaban tres horas haciendo música de la buena y ya habían biseado La marcha imperial de El imperio contraataca (1980) con la misma pompa y circunstancia de una London Symphony a tope en los Proms. El público venido arriba con la adrenalina disparada, rabiando a bravos pese a las horas —el concierto se vio empujado a las once por un retraso de la Nacional y las complicaciones del montaje luminotécnico—. Quería(mos) más. Mejor era difícil, porque Martínez-Orts y los ochenta magníficos de su FSO lo dieron todo en este Programa I del doble monográfico Williams que han preparado con todo el mimo del mundo pretextando el 50 aniversario del primer Óscar del compositor —los de aquí tendremos que esperar hasta diciembre para degustar la segunda entrega del díptico en el mismo recinto (las próximas citas son el 22/12 y el 25/1)—.

Lo mejor de lo mejor fue ver a los peques que habían sobrevivido a la hora bruja igual de revolucionados que sus padres por la fiesta sinfónica y aquí pongo un asterisco. Pero atención, que nadie piense que el "Especial John Williams" de la FSO es otro de esos "conciertazos" a granel para toda la familia, facilito y en papilla, donde el maestro de turno llega y se va tras zarandear la batuta de cualquier manera porque el público ni sabe ni exige y a fin de cuentas no es más que música de segunda como alguno debe seguir pensando (y fatal si es así). "Tino" Martínez-Orts se tomó más que en serio la panorámica williamsiana al programar "fuera de la caja" versiones de concierto poco o casi nada tocadas como el tema de la brutal fantasía tropical que compuso para El mundo perdido (1997) —una de sus mejores y más desconocidas partituras—, la suite de su inspiradísima Un horizonte muy lejano (1990) o las recientes —y mucho más modestas— Lincoln (2012), La ladrona de libros (2013), Mi amigo el gigante (2015) o Los últimos jedi (2017) e implementar música ceremonial como el Summon The Heroes (1996) de los JJOO de Atlanta precedido por la fanfarria de la Fox —qué extraordinaria obertura señores, con esas trompetas antifonales en la balconada atacando las nubes del pentagrama—o la sintonía televisiva The Mission (1985), pero sobre todo por razonar la música y contagiársela al público con unas intros propedéuticas y pedagógicas que potenciaron el paladeo y estimularon el gusto por el arte del compositor neoyorquino. 

Es verdad que la cuerda arrancó un poco constipada y que hubo algún tropiezo de empaste y afinación aquí y allá —sobre todo en la primera parte— y, ya puestos a pedirles la luna a estos fieras, ¿por qué no incluir material de obras tan recuperables en vivo como Los rateros, El coloso en llamas, Licencia para matar, Nixon, Sabrina, Sleepers o Siete años en el Tíbet o incluso alguna de sus piezas silvanas de concierto para dimensionar del todo al señor Williams? También fue una pena que se recortaran las Escapadas para saxo y orquesta (2004) de Atrápame si puedes (2002), pero por lo demás todo sonó esplendente y aquilatado, con menciones especiales para la extensa y coplandiana Obertura de John Wayne y los cowboys (1972), la hermosísima elegía de Nacido el 4 de julio (1990), la bochinchera Marcha de 1941 (1979), El (incandescente) vuelo a Nunca Jamás de Hook (1991) o la requetesabida Marcha de Superman (1979), con una pequeña agógica en la coda que superó en intensidad a las mejores codas supermanianas del canon. Y créanme: este crítico las ha escuchado todas.

Y ahora rebobinemos de nuevo hasta el final con el que empezaba esto. Volvamos a los niños revolucionados. Comprobar que incluso a horas tan intempestivas una orquesta puede sonarles a pura magia y removerles algo por dentro es una esperanza y una inspiración. Una esperanza porque de Williams a Holst, Bartók, Strauss, Prokofiev o Copland solo hay un alehop. Y muy pequeñito. Y tanto si un niño salta de la celesta de Harry Potter a la celesta de El cascanueces como si se queda en Harry Potter, el triunfo sigue siendo total. Y una inspiración porque ver cómo a un niño se le pinta la emoción de la música en la cara de esa manera y a esas horas tiene algo de sagrado. Los abonados van desapareciendo y los auditorios se nos mueren. Se habla de "música viva" que nadie entiende ni quiere escuchar y la música orquestal auténticamente viva, auténticamente contemporánea, auténticamente emocionante, la música que llega y nos toca y nos atraviesa como esta misma de John Williams o tantas otras escritas para el cine, la televisión o los videojuegos, se siguen subprogramando o quedan a expensas de promotores privados. Martínez-Orts y la FSO hacen más que música de cine de primera categoría. Están creando público. Están educando. Están haciendo algo que probablemente quede muy cursi leído por aquí, pero que indudablemente tiene que ver con el Bien. Y a esas caritas me remito. Que la Fuerza los acompañe.