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CRÍTICA / Francia desembarca en Universo Barroco


Madrid. Auditorio Nacional. 11-II-2018. Universo Barroco. Magdalena Kozena, mezzosoprano. Le Concert d’Astrée. Directora: Emmanuelle Haïm. Obras de Rameau y Charpentier.

Javier Sarría Pueyo

Han tenido que transcurrir ocho temporadas para que ¡por fin! el imprescindible ciclo Universo Barroco haya programado repertorio francés, que ni siquiera estuvo presente en 2014, el año Rameau. Pero, eso sí, lo ha hecho a lo grande, con uno de los grandes conjuntos galos dedicados al repertorio (Le Concert d’Astrée) y Magdalena Kozena, quienes presentaron un programa muy agradecido e inteligente, con unos números vocales que iban como anillo al dedo a la checa y otros instrumentales que permitieron brillar a la orquesta.

La parte instrumental de Rameau se hizo de forma impecable, tanto Hippolyte et Aricie y Dardanus como Les Indes galantes tuvieron garra y matiz, con unos tempos juiciosos y nunca caprichosos. La orquesta se presentó con un equipo de primera, con unas individualidades lujosas (Jocelyn Daubigney en la primera flauta, Patrick Beaugiraud y Yann Mirel en los oboes, David Plantier como concertino, Violaine Cochard al clave) que exhibieron su calidad y contribuyeron a un trabajo de conjunto encomiable. Sin embargo, padeció de algo habitual en estos tiempos de eterna crisis: el empleo de efectivos excesivamente reducidos, en particular en una sala de las dimensiones de la sinfónica del Auditorio Nacional. Rameau exige una dotación generosa, que permita texturas densas, y presentarse con una formación de cuerda de 4/4/3/2/1, dos oboes y un fagot (más flautas, clave y percusión) rebaja considerablemente el resultado, en particular en los bajos, que tanta relevancia tienen en el dijonés. Haïm dirigió con conocimiento y precisión, aunque por momentos faltó algo de espíritu.

Kozena presentó un estado vocal envidiable y mostró en todo momento su elevada calidad. Tanto en los momentos más delicados (arias de Diana en Hippolyte y Fani en Les Indes) como en los más dramáticos (arias de Fedra de la primera) se halló cómoda y excelente por igual, aunque el momento más sublime se vivió con un Tristes apprêts (Castor et Pollux) antológico, magníficamente arropado por la orquesta. Con Medée entramos en un universo distinto, una tragedia oscura y brutal con uno de los grandes roles de la ópera barroca; verismo del siglo XVII (Villégier dixit). La mezzo checa se enfrentó a sus escenas clave con aplomo, dramatismo y contención, apoyada por un trabajo orquestal impoluto. En los bises hubo de todo: estupendo Haendel, Monteverdi fuera de estilo y exquisito Marais.