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CRÍTICA / Filósofo del piano


Jerez. Teatro Villamarta. 10-II-2018. Josu de Solaun, piano. Obras de Albéniz, Chopin, Debussy, Falla, Granados, Mompou y Schumann.

José Antonio Cantón

En la música se dan muy pocas veces esos recreadores comparables a los grandes maestros de las artes pláticas o de la literatura, cuya obras permanecen en el tiempo y pueden ser admiradas por sucesivas generaciones. La naturaleza del sonido, que nace, permanece limitadamente y se desvanece, da a la música una instantaneidad que, como las otras artes dinámicas que se desarrollan en el tiempo, el teatro, la declamación poética o en el mismo cine, hay que disfrutarlas en el momento de producirse, quedando en la memoria sólo como una experiencia irrepetible. Ha sido el caso de la actuación Josu de Solaun en el Villamarta, que ha hecho recordar a los espectadores más veteranos de este teatro la época en que sus ciclos musicales no tenían nada que envidiar a los de los mejores auditorios de España. Un nivel al que, desde unos recursos mermados, aspira con determinación su dirección artística, como se constata con el reciente Faust y en este espléndido recital.

Cuando no habían pasado veinticuatro horas de una memorable interpretación del apabullante Segundo concierto de Prokofiev en el Palau de la Música de Valencia, De Solaun cautivó al público jerezano desde el primer arpegio de la Arabesque op. 18 de Robert Schumann, pudiéndose percibir de inmediato que se encontraba en un momento dulce de inspiración. El arma de la que se valió en esta obra fue la de acentuar su carácter sugestivo, siendo muy fiel a la ternura que propone el autor, significando una excelente carta de presentación de lo que iba a ser el recital. 

Después de tan alto grado de lirismo, interpretó tres obras de Enrique Granados en las que dejó una personalísima impronta de su manera de entender a este autor, al limpiar su música de todo ese barniz que lo lleva a asociarlo al género de salón, dándole esa prestancia de compositor de altura. Así, en una versión electrizante de su Allegro de Concierto, supo unir mecanismo y musicalidad en equiparable rango, rompiendo con los edulcorados planteamientos con los que es visto y tratado este gran músico. En sus Valses poéticos, describió todo el catálogo de emociones que esta obra encierra, que va desde el sentimiento de nobleza hasta la más vívida vitalidad, pasando por manifiestos estados de humor, demostrándose así la riqueza creativa del ilerdense que, desde su personal sentido del rubato, De Solaun llevó a que el oyente percibiera tanto un sutil y controvertido estilo de Schumann como esa delicada expresividad tan propia de Grieg. Para terminar su visión de Granados, tocó magistralmente la descriptiva goyesca Quejas o La Maja y el ruiseñor siendo fiel a los sentimientos de melancolía, tristeza contenida y pasión de la ardiente dama expresados en las notas ornamentales, en contraste con el encantamiento del anochecer, cuando el ruiseñor emite sus últimos trinos. 

El aire nocturnal que dejaba esta pieza en el auditorio permitió la presentación de Chopin en uno de sus más inquietantes nocturnos, el op. 61/1 en el que De Solaun destacó su contrapuntístico desarrollo, acentuando el indeciso sentido poético de su discurso con una elegancia admirable en su parte central, en la que el oyente quedó prendido por una especie de etérea sonoridad. A modo de evanescente attaca, lo enlazó de manera natural con una soberbia interpretación de la Cuarta Balada op. 52 siguiendo la práctica de ir uniendo las obras de un programa como habitualmente hacían grandes pianistas de principios del siglo XX como fueron Edwin Fischer, Wilhelm Backhaus o Artur Schnabel, tres de los más grandes intérpretes de la obra pianística de Beethoven, de la que afortunadamente ha quedado testimonio fonográfico. El carácter de ensoñación que imprimió a su inicio, su desarrollo cuasi-impresionista y el ardor con el que terminó su interpretación dejaron meridianamente claro hasta qué punto De Solaun tiene interiorizado el pensamiento musical del compositor polaco, lejos del más mínimo engolamiento expresivo, amaneramiento de articulación y retórica vana con los que habitualmente es castigada la música de este compositor.

Tres preludios de Claude Debussy abrieron la segunda parte, en los que dejó constancia de poseer un sonido producto de un análisis minucioso de la variada pulsación que inventó este genial músico, así como del pedal, al que otorgó una importancia capital y que en De Solaun, constantemente, convierte en un fluctuante elemento expresivo. Ambos aspectos técnicos fueron procesados  con resolutiva eficacia técnica y asombrosa calidad musical, sobreponiéndose a un instrumento que empezaba a flaquear en sus prestaciones. En Ondine descubrió la vena seductora de esta ninfa, dibujándola con sustancial efectismo plástico. Cargó de jovialidad y sarcasmo las grotescas fuentes burlescas que inspiran Minstrels, y desarrolló toda la amplitud de su musicalidad en una luminosa interpretación de Feux d'artifice, dejando constancia de la absoluta excelencia con la que aborda la enorme complejidad de inspiración de este gran revolucionario de la creación musical que fue Claude Debussy, del que el próximo mes de marzo se cumple el centenario de su muerte.

Uno de los momentos más sugestivos del recital fue cuando De Solaun, con las partituras en el atril, fue explorando a la vez que experimentando en su seguimiento las tres piezas que integran la obra Paisajes de Federico Mompou. Su manera de aproximar el dedo a la tecla, descubriendo el sonido que esconde cada cuerda, así como el poder de sugestión de este efecto tan "mompouiano", los desarrolló con tan alto nivel de refinamiento que transportaba al oyente a una subyugante atmósfera musical de mágico efecto. Así ocurrió particularmente en el panorama que el compositor refleja en Los Carros de Galicia, página donde el pianista se sumergió con especial respeto a la sutil naturaleza armónica que encierran sus compases, en los que el compositor describe los sombríos y húmedos campos gallegos, reafirmando que su Mompou es todo un ejemplo de mística sonora.

Una evocadora interpretación de Córdoba de Isaac Albéniz, donde el pianista alcanzó una de las cimas de su actuación, haciendo insuperable la exposición del posiblemente mejor cuadro sonoro que se haya podido crear de la ciudad califal, dio lugar a la obra que cerraba el recital; Fantasia Baetica de Manuel de Falla. Es verdaderamente inefable la portentosa versión que de esta obra hizo Josu de Solaun. Podría resumirse con una palabra: esplendente. La grandeza del compositor gaditano quedó reflejada con tal grado de autenticidad que las versiones de ilustres figuras del teclado patrio, con todo respeto, pueden quedar relegadas a un segundo plano, confirmándose ésta como de absoluta referencia. Ante un público enfebrecido, De Solaun brindó como bises los Preludios 4 y 7 de su obra Hommage à Debussy con los que demostró su calidad de inquieto compositor que en sus interpretaciones genera un grado de "pianosofía" de abrumador efecto "stendhaliano" para el oyente.