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CRÍTICA / Festival de Granada: Dando culto al arte de Couperin y Rameau


Granada. Auditorio del Centro Cultural Manuel de Falla. 02-VII-2018. LXVII Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Pierre Hantaï, clave. Obras de Couperin y Rameau.

José Antonio Cantón

Como si de un rito de veneración se tratara, hubo que entender la actuación de Pierre Hantaï interpretando música para clave de dos de los más grandes compositores barrocos franceses: Jean-Philippe Rameau y François Couperin, del que se cumple este año el trescientos cincuenta aniversario de su nacimiento. 

Ante una excelente copia realizada por Joop Klinkhamer en 2008 de un instrumento actualmente conservado en Stuttgart construido en 1690 por Claude Labrèche, el gran clavecinista parisino inició el concierto con una versión para teclado de la Entrée des Boréades de la última ópera de Rameau y cuatro piezas de Couperin no previstas en el programa que sirvieron de introducción a las dos partes dedicadas a este compositor que integraban el grueso del recital, destacando L'artiste del Orden XIX de su Tercer Libro de Piezas para clavecín y, bajo la tonalidad de Si menor, La Virginité, La Fidelité y La Coquetterie que, pese a su brevedad, dejaron en el oyente ese refinamiento estilístico propio de este músico.

Seguidamente hasta dieciséis piezas interpretó Pierre Hantaï del mismo compositor, sabiendo plasmar esa impronta descriptiva en cada una de ellas favorecida por su claridad de fraseo, basada técnicamente en un irreprochable mecanismo que le permite libertad de digitación y suavidad de pulsación, desgranando de forma natural el resultado musical surgido de aceleradas escalas, dobles notas y diversidad de adornos. Tales efectos fueron enriquecidos por una posición de las manos en el teclado que seguía los cánones de los más destacados tratados del siglo XVII, que pedían la alineación de nudillos y falanges con el dorso de la mano, así como la renuncia de cualquier tipo de ataque forzado a la tecla, todo ello con un constante aprovechamiento de los recursos físicos-anatómicos de cada intérprete. Como si de un teórico del "Siglo de Oro" del clave se tratara, Hantaï hacía buena y bella la música de Couperin materializando en sonidos la tradición, que ya venía del gran Girolamo Frescobaldi, de los manieristas italianos, y de los virginalistas flamencos y británicos, estilos tamizados por la incipiente inquietud ilustrada de los grandes maestros del teclado del seicento francés.

Bajo esta perspectiva, el recital, además de ser una recreación sublime, sobrepasó el nivel de clase magistral que sólo pueden ofrecer aquellos intérpretes que hacen que la música deje de ser para el oyente una realidad ajena a él, para convertirse en algo que le envuelve, que le invade, que le hace gozar desde su interior, llenándole emocionalmente con su escucha, haciéndole feliz desde dentro. Hantaï produce una polifónica sonoridad que hace que la música resultante, percibida con sensibilidad, sea y signifique una forma de entrar en consonancia con una armonía superior. Cinco piezas encadenadas de Rameau le ocuparon la finalización de su actuación, destacando el fandango que encierra la titulada Les trois mains, cuyo ritmo danzante ejecutó con graciosa sobriedad. 

Respondiendo a un público entregado a su arte, ofreció dos bises; el primero,  una pieza de Claude Balbastre de marcadas reminiscencias preclásicas, y el segundo, una serena allemande de Händel tocada con especial gusto, que facilitaba la comprensión del sugestivo pensamiento en latín sacado de Las Meditaciones del emperador Marco Aurelio que está grabado a marquetería en la parte inferior de la tapa del instrumento que, traducido libremente, reza: "Todo lo que pertenece al cuerpo, fluye; el sueño y las nubes son propios del alma". Y es que música y espiritualidad se fundieron en este recital con el que Pierre Hantaï rindió culto a dos de los más grandes creadores de música para teclado de la historia, justificándose en esta ocasión con creces la singularidad y la excelencia que deben marcar y han de tener los contenidos del Festival.