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CRÍTICA / Fervor de Buenos Aires, antónimo veneciano


Madrid. Auditorio Nacional de Música. 17-I- 2018. Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid. Carole Petitdemange, violín y dirección. Fabián Carbone, bandoneón. Director: Julio Awad. Obras de Vivaldi y Piazzolla (con un breve Cage previo).

Santiago Martín Bermúdez

En El día que me quieras, película de Gardel que cumple ahorita ochenta y cinco años, hay un cameo de Piazzolla, unos pocos segundos en los que un pibito aparece junto al zorzal. Piazzolla es el pibito. Pueden verlo en Youtube. Gardel aún rodaría su último filme antes de morir, junto con Alfredo Le Pera, en aquel absurdo y espantoso accidente de Medellín. En 1987 quise traer a Piazzolla al Ciclo de cámara y polifonía, pero ya estaba enfermo. Cuando se recuperó ya era tarde. Lástima, hubiera sido importante, precisamente porque por entonces no se aceptaban estas cosas así como así. Años más tarde llegó Barenboim a Madrid, con su trío y este repertorio, Círculo de Bellas Artes, y fue un acontecimiento. Ahora un concierto así lo vemos novedoso, pero normal. Y digo lo vemos para que no se cuarteen las responsabilidades más allá de lo necesario. 

Piazzolla significa una estilización de la herencia del tango, con lo cual va más allá. Fue alumno de Nadia Boulanger, dama que trataba de que saliera tu personalidad, tu verdadero mundo y vocación (vocatio, te llama o invita alguien, acaso los ángeles, Dios, quién sabe, acaso no importe si es el demonio); en fin, que tú seas tú y no lo que te modelen, que siempre será forzado. Así, el camino de Piazzolla quedó expedito. Alguien me dijo, cuando yo era muy joven y bastante más indocumentado que ahora: “¿Piazzolla? Sí, hace tangos dodecafónicos”. No era eso, claro, pero apuntaba un sentido: el tango instrumental se convertía en música de cámara con sabor claramente contemporáneo, con atrevimientos sonoros que no se limitaban a un cromatismo aquí y otro allá. Lo comprendí algo más tarde, cuando el nombre de Piazzolla desbordó el océano y nos familiarizamos con esa típica figura suya: cuatro notas ascendentes, un tresillo, una nota final de valor medio para matizar el tresillo (no siempre, no al menos cuando esa figura tiene continuidad de frase); tampoco hay que exagerar, esa figura aparece claramente en obras como el Verano porteño, pero no es universal, no es una firma. Pero cuando surge, sabemos: aquí está Piazzolla. 

No sé, de todas maneras, en qué queda aquella vieja polémica sobre si el tango fue aceptado por Buenos Aires una vez que se hizo respetable en Europa, sobre todo en Francia; o si el tango tiene un origen canalla que se nota (en ambos casos, Borges se pelea con contradicciones de la fascinación tanguera: vorrei e non vorrei). O si Piazzolla hizo demasiado respetable y burgués el tango de los compadres, que copiaban a orilleros y marginales, que se dejaban robar su patrimonio, cargado de cruces (¡ah, los cruces, maldición del tango en épocas de escasa respetabilidad!). Queda tan lejos el origen que acusar a Piazzolla de eso carecería de sentido. Le dio arte, más tarde, otro arte. Eso es todo. Nada menos que eso.

Muy bella idea la de unir las Estaciones del veneciano Vivaldi del XVIII con las del porteño del XX (en rigor, era de Mar del Plata, pero ya me entienden). Mas las ideas bellas tienen que plasmarse en realizaciones artísticas dignas de ese ingenio, siquiera para que no pasen por solo una ocurrencia. Ahí está el logro, el éxito de este concierto; en que la unión, la mezcla, el entrevero funcionen porque hay artistas que lo sustentan y desarrollan. Si el lunes 15 asistíamos a un concierto de la JONDE en muy buena forma, el miércoles 17 veíamos esta sección o selección de la cuerda de la Joven Orquesta de la ORCAM, reforzado por teclado (clave en Vivaldi, piano en Piazzolla) y con dirección y solistas diferentes para el prete rosso o el crecido pibito.

Gertrud Stein proporcionó palabras de Virgil Thomson, pero John Cage tomó retazos de un poema suyo para la Living Room Music, movimientos de 1940 para utensilios hogareños y cosas así. El concierto comenzó con Story, uno de esos movimientos, y aquí el texto de Stein se descompone mientras los jóvenes instrumentistas avanzan hacia el escenario, fijos en sus teléfonos móviles, artefactos que no podía prever Cage. No desdeñen las ocurrencias de Cage. Fueron fértiles y abrieron caminos; no solo a estafadores. Ahora bien, no exageren el valor artístico de las obras de Cage, suelen carecer de él. Fue más aportador que artista, y quién sabe si no tuvo más megafonía que propio volumen de voz. En cuanto a la aportación, es algo propio de muchos gringos de su generación y aun la siguiente. Necesitaron que llegara el minimal para hacerse respetables, o al menos tener público; algo parecido a lo del tango, París y la vuelta a Buenos Aires.

Dieciséis violines y violas; tres violonchelos, un contrabajo, un clave o un piano (ya vimos): esta era la formación de jovencísimos y espléndidos instrumentistas de la Joven Orquesta que se enfrentaron al Vivaldi vivaz de Carole Petitdemange; no se trata de una ejecución filológica (¿se dice así?), pero los criterios de tempi, ataques y nivel de conciencia sonora están ahí y ya no se puede prescindir de ellos, no volvamos a la vieja discusión. Este Vivaldi sonaba a verdad y a vida auténticas. Si arrebatan los movimientos rápidos, te dejaban en suspenso los lentos, cuando no solo el tempo, sino sobre todo las dinámicas, descendían al pianissimo y rozaban el laaargo. En suspenso, sí: el dramatismo de la música sin necesidad de anacronismos heredados del XIX, sino todo lo contrario. Excelente lección y ejercicio para estos músicos el impartido por Vilvadi y Petitdemange, excelente violinista desde el susurro hasta la velocidad de la carrera.

Julio Awad y Fabián Carbone, bandoneón, dieron vida (la otra, la misma) a las estaciones de Piazzolla. De nuevo, verdad. Y, además, sabor. Sabor y una sugerencia de (otra vez) Borges, mas ahora el joven: el fervor de Buenos Aires (“Nadie vio la hermosura de las calles…”, etc.) Debe de ser cierto que el bandoneón se incorporó tardío a la instrumentación del tango, pero desde muy pronto se aprendió a no creer en el tango más que si sonaba el fuelle, un fuelle que rezonga o acaso es virtuoso. Virtuoso es Fabián Carbone, que se las vio muy bien con estas partituras y estos jóvenes cuyo entusiasmo tenía que ser contagioso. El tango solo muy tarde, también, fue tango canción. No es eso lo que aquí se trata, lo que se estiliza. Para el tango canción bastan las guitarras como acompañamiento; bastan, pero el tiempo, que todo lo hiere, las ha dejado un poco aparte. Mas no era este concierto propicio para tal discusión. El concierto fue un gozo. Un nuevo logro del experimento juvenil dentro de la ORCAM, que sus responsables se empeñan en que dé frutos. Y los dará, está claro. También de los solistas y el director, artistas consumados que tuvieron buena arcilla que moldear. No debemos dejar de mencionar los nombres de varios jóvenes que tuvieron un cometido destacado en este concierto: Ana Carmen Sánchez Bruno (concertino en Vivaldi), Roberto Soriano Guillén (solista en Piazzolla), Carlos Marín Rayo (clave en Vivaldi y piano en Piazzolla); Diana Sanz Pascual, violonchelista que acompañó a Carole en sus solos venecianos.