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CRÍTICA / Excelente comienzo del ciclo Prokofiev a cargo de Alexander Melnikov


Madrid. Fundación Juan March. 12-I-2019. Alexander Melnikov, piano. Obras de Prokofiev y Rachmaninov.

Santiago Martín Bermúdez

El ciclo que la Fundación Juan March dedica a las sonatas de Prokofiev dio comienzo de manera especialmente feliz, con la Sexta sonata, una de las tres ‘sonatas de guerra’, más las miniaturas de las Visiones fugitivas y tres Preludios de Rachmaninov. Una hora que supuso una secuencia muy equilibrada en la propuesta puramente sonora: gran forma, la Sonata; miniatura, las Visiones; forma breve, los Preludios.

El equilibrio era también el del muestrario del compositor que era a la vez intérprete consumado, y que componía obras para sí mismo y elegía obras de colegas suyos que habían sido también virtuosos, como Rachmaninov. El virtuosismo es progresivo en la Sonata. Alexander Melnikov es virtuoso no sé si de raza o de formación, acaso de ambas cosas, y consiguió esa progresión sonora de la Sonata hasta las agilidades inauditas (todavía hoy) del Vivace final, pasando (eso sí) por la delicadeza del vals lento que precede a esta tempestad final. Ese sentido de la progresión, ese virtuosismo de la velocidad, ese sentido intimista de una danza que podría pedir otro despliegue si no estuviera matizado su tempo por el propio autor (lentissimo), proporcionan un equilibrio que es lo que presidió, en rigor, todo el recital.

Esos tres Preludios presentan tres peticiones de tempo, tres humores, tres maneras de matizar. Melnikov debió de colocarlas en ese sentido, no progresivo en lo lineal, pero sí en lo íntimo (el lento, en medio; moderato y allegro en los extremos), y con esto se va más allá de la sugerencia para abrazar un enigma sonoro, pues da la impresión de que Melnikov quería precisamente eso, plantear un enigma.

Los enigmas no se resuelven. Pero pueden servir para anunciar lo misterioso. Las Visiones fugitivas de Melnikov concluyeron, con una tanda de miniaturas en las que abundaba algo parecido al misterio, un recital cuyos sesenta minutos estuvieron cargados de algo parecido a la intensidad, y que no fue precisamente tenso, pero sí sugerente, a veces férvido, a menudo intimista e introspectivo. Siempre virtuoso. Excelente comienzo de ciclo por parte de Melnikov… ¿o acaso lo habíamos dicho ya?