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CRÍTICA / Esplendor del Cuarteto Quiroga en el Festival de Granada


Granada. Patio de los Arrayanes de la Alhambra. 04-VII-2018. LXVII Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Cuarteto Quiroga. Obras de Ginastera, Halffter, Ravel, Sánchez-Verdú y Turina.

José Antonio Cantón

Echando en falta que no estuviera programado el único cuarteto de cuerdas que escribiera Claude Debussy, compositor al que, en gran medida, está dedicada la presente edición del Festival, se presentó en el singular patio alhambreño de los Arrayanes, entre otros motivos por la belleza de su acústica, una de las formaciones de música de cámara más prestigiosas de España: el Cuarteto Quiroga, gran valedor del repertorio patrio y siempre dispuesto a promocionar la nueva creación. Esto ha quedado demostrando en esta ocasión con el estreno absoluto de Traité des ombres (Cuarteto de cuerda nº 11) de José María Sánchez-Verdú. 

En ella se puede percibir cómo el compositor algecireño, sin dejar de mostrar esa interdisciplinar subjetividad estética que motiva siempre su inspiración, ha querido jugar y mostrar cómo en música puede quedar reflejada la interacción de sombras de las tres figuras que coronan el dintel de La porte de l'enfer de Auguste Rodin (título a su vez de su anterior cuarteto con coro compuesto el año 2017), en una especie de caleidocospio sonoro en el que casi constantemente desnaturaliza el carácter tímbrico de los instrumentos. Esto provoca una expresividad más allá de la imaginación de ese tipo de oyente, poco familiarizado con la música contemporánea, que puede sentirse sorprendido y hasta nervioso por el especial vanguardismo que destila el pensamiento musical de este compositor. Su interpretación fue seria en lo técnico y cuidada en lo expresivo, pudiéndose apreciar cómo cada uno de los componentes del Cuarteto Quiroga asumía su responsabilidad ante la complicada sonoridad de conjunto que pide esta obra, buscando siempre dejar la sensación como si de un solo instrumento se tratara. 

En este sentido es necesario resaltar que la entonación y el carácter sonoro de los cuatro instrumentos es de una admirable homogeneidad tímbrica, cualidad que quedó de manifiesto en la versión de La oración del torero op. 34 de Joaquín Turina, que el cuarteto tradujo con profundo sentido expresivo, tratando de que la música pudiera reflejar la emotividad de ese momento del matador antes de la corrida, aunque lejos de cualquier tipo de connotación descriptiva.

Siguió una fluida y a la vez luminosa ejecución del Cuarteto de cuerda en Fa mayor de Maurice Ravel. El Cuarteto Quiroga dejó en esta obra su mejor virtuosismo, transmitiendo su belleza con singular maestría. Así supo sacar todo el preciosismo del bien entretejido Allegro, con dulzura en su primer tema y con diáfana claridad la alternante tonalidad que contiene el segundo. Fue destacable la expresividad con la que se ejecutó el trío del scherzante segundo tiempo, como contraste de la viveza que pide la exposición y la intensificación sonora que exige su repetición, de modo especial en su pizzicato conclusivo. Con una sonoridad ensoñadora, expresó el tercer movimiento, sustentado en una especie de pasión contenida que hacía que su discurso llegara a cautivar al oyente. Finalmente, la agitación se apoderó de los cuatro músicos que, con precisión de relojería, justificaron musicalmente la movilidad del último tiempo, quedando superadas las dudas que este pasaje pudo generar en Gabriel Fauré, dedicatario de este único cuarteto de Ravel.

Haciendo honor a su título, el Cuarteto Quiroga se planteó la interpretación de los Ocho tientos para cuarteto de cuerda op. 35 de Rodolfo Halffter como si de un ejercicio de variada experimentación se tratara. Desde un diverso y cambiante sentido de la mixtura, superó el multifuncional reto armónico de esta obra, pudiéndose percibir el paralelismo disonante del primer tiento, la politonalidad del cuarto, el diálogo entre registros extremos en el sexto, la quejumbrosa polifonía del penúltimo y el alegre vigor con el que interpretaron el último, no sin antes haber destacado el sentido del humor que pide el autor en el tercero y quinto.

El concierto terminó con una académica interpretación del Primer cuarteto de cuerda op. 20 de Alberto Ginastera no exenta de fantasía. Como espuelas gauchas convertidas en cuerdas sonantes, expresando melismas "bartokianos", se percibió el Allegro inicial. Nuevamente, el virtuosismo de los cuatro músicos hizo su aparición en el rápido segundo movimiento, al superar con extraordinaria conjunción las intrincadas dificultades técnicas que contiene. El tercero lo interpretaron con acusado sentido lírico, dejando esa sensación de poética calma que pide su indicación de carácter para, finalmente, abordar el que cierra la obra con un marcado acento criollo, expresado con frenética pasión y ardiente tensión.

Con una referencia expresa a Claude Debussy, el gran ausente del programa, el Cuarteto Quiroga volvía a sorprender gratamente con un bis acertadamente escogido: la transcripción de la octava pieza de su primer libro de preludios que lleva por título La fille aux cheveux de line. Las esencias del autor quedaron de manifiesto de modo singular en la ambigüedad tonal y el color armónico de esta pieza, aspectos estéticos que en la cuerda adquieren especial belleza.