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CRÍTICA / Esencias románticas


Alicante. Auditorio de la Diputación. 01-II-2019. Juan Pérez Floristán, piano. Director: Josep Vicent. Obras de Brahms, Rachmaninov y Rossini. 

José Antonio Cantón

Con el título de "Romántica" se presentaba ADDA-Simfònica con un programa dedicado a la estética musical que prácticamente ocupó la creación musical culta en occidente durante todo el siglo XIX. Para ello, el maestro Josep Vicent ha escogido tres compositores señeros como el singular Gioacchino Rossini, del que dirigió la obertura de Guillermo Tell, su ópera postrera, como ejemplo de la primera época de este concepto estético, el gran creador sinfónico, siguiendo el canon austro-germánico, Johannes Brahms, con su Segunda sinfonía en Re op. 73, representando su periodo medio y, por último, una de la obras que mejor definen al posromanticismo,  el Concierto para piano y orquesta nº 2 en Do menor op.18 de Sergei Rachmaninov,  apreciada pieza concertante que propiciaba la presencia en el escenario de uno de los jóvenes valores españoles del piano como es el sevillano Juan Pérez Floristán [en la foto] desde que obtuviera el máximo galardón del Concurso Internacional de Piano Paloma O'Shea de Santander en su edición de 2015, segundo español que lo conseguía en su historia después de Josep Colom.

Con la obertura, Josep Vicent quiso captar de inmediato la atención del público desde una puesta en acción de la orquesta realmente estimulante. El lirismo expresado por la violonchelo solista determinó ya la tensión existente entre los músicos, manifiesta de alguna manera por el premonitorio doble retumbe de los timbales antes de la tempestad, segundo episodio, muy bien expresado en tímbrica y con un crecimiento dinámico muy matizado en sus reguladores. Los instrumentos de madera dialogaron entre sí con delicada prestancia en el tercer episodio, que sirvió al director para dejar que su sonido fluyera desde una muy efectiva mínima indicación, cualidad de un director que deja siempre una excelente impresión. Las tensiones acumuladas se desataron en el marcial último pasaje con el que la orquesta desplegó toda su capacidad de conjunción siguiendo el enérgico gesto de su titular. Los primeros bravos se repitieron espontáneos y con entusiasmo.

La expectación se palpaba en el ambiente antes de los iniciales primeros acordes del piano en la obra concertante. La expresión que Pérez Floristán dio a este momento sobrecogedor fue adecuada en creciente dinámica y determinantemente predispositiva para que la sección de cuerda entrara en el primer tema con convicción y sentido, que el solista contestó con cierta languidez en su respuesta. Adquirió su sonar más presencia en el tercer tema, con ese borbotón de acordes en los que los graves quedaban algo diluidos ante la sonoridad de la orquesta. Floristán recuperaba seguidamente la atención del oyente en su manera de cantar, sin duda una de sus mejores cualidades, el final del primer movimiento. De igual forma manifestó su musicalidad en el sostenimiento expresivo dado al Adagio central. Su pausado diálogo con la madera determinó los mejores momentos de su actuación hasta llegar a los ornamentados y animados pasajes centrales caracterizados por su mayor exigencia contrapunto-polifónica, donde siguió mostrando el predominio de su mano derecha, hecho que lleva pensar que ha de progresar en balance, equilibrio y simetría de pulsación, uno de los caballos de batalla de las grandes escuelas pianísticas como las referenciales de Heinrich Neuhaus y Alexander Goldenweiser. Siendo respetuoso con la indicaciones de la partitura, el maestro Josep Vicent pausó la entrada del Allegro scherzando final, evitando ese efecto quasi attacca que realizan muchos de sus colegas. El piano manifestaba ciertas deficiencias de entonación (igualdad tímbrica) en las octavas media y media alta, las más castigadas de su teclado, lo que significó un hándicap para la exigida musicalidad que pide este tiempo, implementada por un virtuosismo vigoroso. Así, el mayor interés se produjo en el corto pero muy romántico segundo tema y la transición hasta el desbocado final de este movimiento en el que el pianista ha de someterse a una verdadera demostración de poder y destreza en técnica y en sentido musical. La positiva reacción del público llevó al solista a, rebajando tensiones, interpretar con gran sentimiento la contrapunteada melodía de Octubre (Canto de otoño), perteneciente a las Estaciones op. 37-10 de Chaikovski, en la que Pérez Floristán lució sus mejores cualidades, al resaltar con delicadeza el eminente carácter romántico de esta pieza.

El momento más significativo para la orquesta y para el concierto vino propiciado por la Segunda sinfonía de Brahms. Con ella se iba a poder apreciar los progresos de esta nueva formación en la que la afición musical de Alicante ha puesto la mejor de sus ilusiones. Josep Vicent hace bien en poner en cada uno de sus conciertos, durante esta exigida etapa inicial de la vida de la orquesta, una obra de referencia para potenciar la capacidad de conjunción del grupo y motivar su escucha interna. En líneas generales lo ha conseguido en este caso, sabiendo transmitir la majestuosa estructura armónica del primer movimiento, la manera de resaltar la necesidad de equilibrio en el desarrollo temático del Adagio, el carácter bailable que imprimió al tercero y la cuidada distinción de sus variaciones finales y, por último, cómo construyó el vibrante Allegro que cierra la obra, donde se confirmó la buena elección de los componentes de la cuerda y los instrumentos de madera, por el momento, las dos secciones que emergen entre el creciente equilibrio instrumental de la orquesta.

Josep Vicent sigue superando etapas con su ADDA-Simfònica, que se percibe entregada, ilusionada y atenta con este proyecto que está llamado a liderar la vida musical de la ciudad y provincia alicantinas convirtiéndose progresivamente en una realidad de indiscutible referencia artística y cultural.