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CRÍTICA / Enorme talento musical


Córdoba. Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco. 18-XI-2017. XVI Festival de Piano Rafael Orozco. Josu De Solaun. Obras de Albéniz, Brahms, Chopin, Debussy, Falla, Granados, Mompou y Schumann.

José Antonio Cantón

Conforme va transcurriendo la presente edición del Festival de Piano Rafael Orozco va adquiriendo máximo interés como lo demuestra el recital que ha protagonizado el pianista valenciano Josu de Solaun, que ha vuelto después de su presentación en este evento hace ocho años. En esta ocasión ha traído un ambicioso programa donde la música española, desde un escogido y significativo repertorio, ha tenido una destacada presencia.

Desde el primer arpegio de la Arabesque, op. 18 de Robert Schumann se pudo percibir que el pianista estaba en un momento dulce de inspiración, lo que auguraba una velada de las que se quedan en el recuerdo, como así fue. El arma de la que se valió en esta obra fue acentuar su carácter seductivo, siendo muy fiel a la ternura que propone el autor, lo que significó una más que sugerente carta de presentación de su actuación, que continuó con dos obras de Chopin; el Impromptu, op. 36 y el Nocturno, op. 62/1, en los que transmitió las esencias emocionales del compositor con singular fidelidad. Detalles expresivos como hacer respirar el calderón que lleva al cambio de tonalidad en la primera obra, que permite entrar en un nuevo ambiente expresivo, fue realizado con una maestría que sólo es patrimonio de los grandes músicos. Sería prolijo determinar la cantidad de aspectos a resaltar de su interpretación, lo que no lleva a obviar la suave y límpida ligereza con la que ejecutó los arabescos que precedieron a la pequeña coda reflexiva antes de los dos acordes finales, con los que firmó su interpretación. En el nocturno, De Solaun destacó su contraste contrapuntístico, destacando el indeciso sentido poético de su discurso con una elegancia admirable en su parte central, en la que el oyente quedó prendido por una especie de etérea sonoridad. Demostraba así cómo su modo de sentir la música del gran compositor polaco lo tiene bien instalado en su intelecto. 

A continuación se produjo una de las recreaciones cumbre del recital con  las seis piezas que integran la colección Klavierstück, op. 118 de Johannes Brahms. Dentro de una destacada orientación liederística, fue apasionado en la primera, poético en la segunda, refinado a la vez que solemne en la balada, muy expresivo en el vehemente intermedio que le sigue para volver a dejarse llevar por el contracanto calmo y sereno que Brahms pide en la romanza que antecede al fascinante intermezzo final, en el que su lúgubre mensaje quedó perfectamente contrastado con el apocalíptico episodio central en el que De Solaun demostró tener un poderío mental de concentración que solo poseen los intérpretes dotados por los hados. 

El público tuvo que cambiar el chip ante el Granados que sucedió a tan asombrosa interpretación brahmsiana. De inmediato el pianista provocó tal alteración perceptiva con una versión electrizante del Allegro de Concierto del compositor ilerdense en la que supo unir mecanismo y musicalidad en equiparable rango. La descriptiva goyesca Quejas o la Maja y el ruiseñor sirvió al pianista para poner un punto de encantamiento a una colosal primera parte.

Tres preludios de Claude Debussy abrieron la segunda, con los que dejó constancia de poseer un sonido producto de un análisis minucioso de pulsación y pedal, sustanciales aspectos técnicos del piano de este autor que De Solaun logró procesar con resolutiva eficacia técnica y asombrosa calidad musical. En Ondine descubrió la vena seductora del personaje dibujándolo con sustancial efectismo sonoro. Cargó de jovialidad y sarcasmo las grotescas fuentes burlescas que inspiran Minstrels, y desarrolló toda la amplitud de su virtuosismo en una luminosa interpretación de Feux d'artifice, haciendo que el público reaccionara con los primeros bravos.

Uno de los momentos más sugestivos del recital fue cuando De Solaun interpretó las tres piezas que integran la obra Paisajes de Federico Mompou. Su manera de aproximar el dedo a la tecla, descubriendo el sonido que esconde cada cuerda, así como el poder de sugestión de este efecto tan "mompouiano", los desarrolló con tan alto nivel de refinamiento que transportaba al oyente a una subyugante atmósfera musical de mágico efecto. Así ocurrió particularmente en el panorama que compositor refleja en Los Carros de Galicia, página en la que el pianista se sumergió  con especial respeto a la sutil naturaleza armónica que encierran sus compases, con los que Mompou describe los sombríos y húmedos campos gallegos. 

Una evocadora interpretación de Córdoba de Isaac Albéniz emocionó al público, aumentando su entrega ante el hondo y a la vez profuso arte del pianista al que le quedaban aún dos obras muy singulares del repertorio pianístico español; los Valses poéticos de Enrique Granados, y la soberbia Fantasía Bética de Manuel de Falla. Los primeros los tradujo con acentuada sensualidad desarrollando un rubato que recordaba tanto el estilo Schumann como la delicada expresividad de Grieg. La segunda fue todo un descubrimiento del más esencial Falla imaginable. Es muy difícil describir la portentosa versión que de esta obra hizo Josu De Solaun. Sólo podría resumirse con una palabra: esplendorosa. La grandeza del compositor gaditano quedó reflejada con tal grado de autenticidad que las versiones de grandes del teclado patrio quedarían relegadas a un segundo plano, confirmándose como una interpretación de absoluta referencia en el actual panorama pianístico.

Después de más de dos horas de música efectiva, Josu De Solaun terminaba una actuación equiparable en talento a las que en ediciones pasadas del Festival protagonizaron figuras de la talla de Arcadi Volodos o Vladimir Ovchinnikov, dos destacados y excelsos representantes de la mejor escuela rusa.