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CRÍTICA / En busca de natural fluidez (Jan Lisiecki en el Auditorio Nacional)


Madrid. Auditorio Nacional. 11-XII-2018. Jan Lisiecki, piano. Obras de Chopin, Schumann y Rachmaninov.

Rafael Ortega Basagoiti

En un plazo relativamente corto hemos escuchado en el ciclo de Grandes Intérpretes a tres pianistas aún en su juventud: Grosvenor (1992), Abudraimov (1990) y ahora Lisiecki (1995), el más joven de los tres. El contraste resulta interesante sin duda. El espigado canadiense de origen polaco no es pianista de gran aparato escénico y se presenta con una naturalidad y desparpajo envidiables en alguien que pese al relumbrón de su fichaje por Deutsche Grammophon, no deja de ser un joven artista en el comienzo de su carrera. Tiene medios técnicos sobrados, mecanismo de gran agilidad y precisión, cuida el sonido y posee una dinámica ancha, y su discurso tiene sin duda sensibilidad y personalidad. Sin embargo, deja en muchos momentos la sensación de que ese discurso adquiere consistencia sólo a ráfagas, y por momentos algunas inflexiones de tempo parecen excesivas o forzadas, lo que resulta en un decir al que le falta fluidez y continuidad.

Algunas de estas cosas parecieron muy evidentes desde el principio del concierto, con los dos Nocturnos Op. 55 de Chopin, uno de sus autores favoritos. El cantable pareció bueno en el primero de estos dos Nocturnos, pero el discurso pareció algo entrecortado, con algunas libertades de ritmo (y de matiz respecto a lo prescrito) y un punto de exceso (para la indicación de Chopin, Lento sostenuto) de aceleración en el segundo. Bastante mejor, aunque adoleciendo igualmente de cierta falta de continuidad, de consistencia, las siempre complejas Nachtstücke de Schumann. Lisiecki mostró en ellas ráfagas de excelente sensibilidad, como en la sección central de la tercera de las piezas, pero dejó la sensación de que el discurso tiene que asentarse aún. Las inflexiones de tempo pedirían más equilibrio, porque algún énfasis pareció excesivamente forzado. Tras el descanso, nuevamente Chopin, con su famoso Andante spianato y Gran polonesa. Bien cantado el Andante, que creo no obstante se hubiera beneficiado de algo más de reposo, y excesivamente arrebatada de velocidad la Polonesa, cuya articulación (pese al excelente mecanismo de Lisiecki) no pudo alcanzar la claridad deseable, mermando también en buena medida el carácter de grandeza épica que sin duda tiene la página.

Bastante mejor, aunque de nuevo con algún momento de excesiva aceleración (sección central de la segunda, algún arrebato exagerado de la cuarta) las Cinco piezas en forma de fantasía op. 3 de Rachmaninov, con especial mención al notable sabor conseguido en la última, en forma de vals. Se cerró el recital nuevamente con Chopin. El Nocturno op. 72 nº 1 se antojó bastante frío y apresurado, y el tempo para el Scherzo nº 1 resultó también demasiado rápido para un mínimo de claridad, que no se consiguió y terminó en más de un pasaje atropellado, especialmente en el risoluto e sempre più animato final, evidentemente condicionado por el excesivo apresuramiento precedente. Una lástima, porque el canto de la sección central, molto più lento, fue de notable factura y belleza.

El público que mediaba la sala acogió con razonable calor la entrega del joven canadiense, que regaló una sensible y cálida lectura de la famosa Träumerei de Schumann. Quien es capaz de hacer cantar al piano de esa forma tiene madera para hacer grandes cosas. Es el caso de Lisiecki, sin duda, pero ha de dotar de más equilibrio a sus planteamientos, de manera que el discurso gane en claridad y consistencia sin perder la espontaneidad que evidentemente persigue. En conjunto, quedó la impresión de un pianista que aún se encuentra a algunos escalones de distancia en su evolución respecto a los más maduros (y algo mayores) Grosvenor y Abduraimov, citados al principio. Lisiecki dejó la sensación de que busca con ahínco una sabia combinación de espontaneidad y fluidez, pero que aún está en ese proceso. 

Se anuncia ya la vigésimo cuarta edición del ciclo: diez conciertos que empiezan muy fuerte (Volodos, Pollini y Sokolov, así, para empezar), e incluyen buena presencia española, ya veterana (Colom), joven pero bien establecida (Perianes) y emergente (Perez Floristán, primer español en alzarse con el galardón del Concurso Paloma O'Shea después, justamente, de que años atrás lo consiguiera Colom). Junto a ellos, otros veteranos no especialmente habituales pero capaces de excelentes cosas, como Queffélec, la siempre apasionante aunque imprevisible Argerich (junto a la Kremerata Baltica) y dos jóvenes de notable empuje y presencia escénica: Khatia Buniatishvili y Beatrice Rana. El interés es evidente, y solo falta esperar que el público responda al mismo.