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CRÍTICA / Elocuente musicalidad


Granada. Auditorio Manuel de Falla. 28-X-2017. Orquesta Ciudad de Granada. Jonathan Swensen, violochelo. Director: Joseph Swensen. Obras de Prokofiev, Shostakovich y Chaikovski.

José Antonio Cantón

La tercera cita en la presente temporada de la Orquesta Ciudad de Granada (OCG) ha contado con la presencia de uno de sus principales directores invitados como es el norteamericano Joseph Swensen, con cuyos postulados se encuentra siempre especialmente identificada. Tal hecho, que es manifiesto en cada una de sus visitas, ha quedado plasmado en esta ocasión con la interpretación de un programa que llevaba por título "Made in Rusia", en el que tres obras del mejor repertorio de aquel país han posibilitado uno de los éxitos recientes más significativos de la OCG, en el que el compromiso con la música ha sido el factor sustancial que ha determinado su grado de excelencia.

Joseph Swensen quiso acentuar el sentido clásico de la Primera sinfonía op. 25 de Sergei Prokofiev, adoptando los aires de la Primera Escuela de Viena. Para tal pretensión, el director ha marcado los tempi de los tres primeros movimientos con una marcada lentitud. Tal planteamiento permitió una clarificación tanto en articulación como en sonido, generándose así un diáfano discurso, que buscaba descubrir el auténtico sentido de la sinfonía. La OCG asumía tales planteamientos con una convicción absoluta, entregándose a los dictados del maestro con precisa respuesta, dando cada uno de sus componentes lo mejor de su capacidad técnica y entendimiento musicales. Así, el resultado de su ejecución alcanzó un gran nivel expresivo, dejando en el auditorio la primera gran satisfacción de la velada.

Esta tuvo su continuidad con una admirable lectura del Primer concierto para violonchelo y orquesta op. 107 de Dmitri Shostakovich en el que actuó de solista Jonathan Swensen, hijo del director que, con sólo veintiún años, está desarrollando una carrera de enorme proyección. Aunque se pudieron apreciar leves vacilaciones de ajuste métrico y afinación en el inicio del difícil Allegro, a partir de su segundo tema, adquirió esa seguridad que da el tener interiorizada la obra desde la sustancial inspiración del compositor. Este hecho, que sólo se da en muy pocas ocasiones, tuvo su confirmación en los sucesivos movimientos.

En el Moderato hubo total asunción estilística entre solista y director, que les hizo destilar un elevado dramatismo en la melodía rusa que lo sustenta, así como en su etérea coda antes de atacar la Cadenza que da contenido al tercer movimiento, en el que Jonathan Swensen sacó todo el potencial artístico de su imaginativa a la vez que elocuente musicalidad. La sonoridad que extrajo de su violonchelo llenó la equilibrada acústica del auditorio con impactante efecto, que llevó al público a mantener con asombrosa atención ese tipo de silencio que sólo se da en contadas ocasiones, al producirse la sensación colectiva de que algo mágico estaba sucediendo. El meteórico Allegro final permitió toda una exhibición del solista acompañado por una exuberante lectura del director, que extraía toda la enérgica tensión que propone Shostakovich en dicho movimiento. Una cerrada ovación confirmaba las excelencias de una actuación de máximo compromiso por parte de solista y orquesta. Jonathan Swensen correspondió al unánime aplauso de músicos y público con una asombrosa interpretación de la emocionante Sarabande de la Segunda suite para violonchelo BWV 1008 de Johann Sebastian Bach, que confirmó sobradamente la sólida madurez musical de este joven violonchelista. 

La segunda parte del concierto estuvo ocupada por una de las obras más famosas del catálogo orquestal de Piotr Ilich Chaikovski, su Serenata para orquesta de cuerda op. 48. La experiencia de Joseph Swensen como prestigioso violinista la proyectó a la orquesta en la sonatina inicial, consiguiendo una pureza de sonido propia del mejor quinteto de cuerda imaginable. La elegante lectura del vals más conocido de este compositor fue objeto de complaciente admiración por parte del auditorio, como también lo fue la carga dramática con la que se interpretó la Elegía, una de las piezas más personales y que refleja con mayor fidelidad el carácter atormentado del músico, en el que esboza y anticipa, de alguna manera, la estremecedora belleza del último movimiento de su Sinfonía "Patética". Los danzantes sones populares del Finale-Andante fueron transmitidos con enorme intensidad, lo que demostraba cómo la OCG se supera a sí misma cuando es estimulada con autoridad y razones estéticas como las que desarrolla un director de la categoría Joseph Swensen, que sabe comunicar su conocimiento a la orquesta y al público con segura convicción, cualidad esencial para hacer música con la dignidad fenomenológica que este arte requiere. Concluía así una de las citas de la OCG que quedarán entre las más sobresalientes de la presente temporada por su atractivo programa y excelente actuación.