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CRÍTICA / El piano como catarsis


Málaga. Teatro Cervantes. 07-VIII-2017. James Rhodes, piano. Obras de Bach, Chopin, Gluck y Puccini.

José Antonio Cantón

Uno de los últimos fenómenos mediáticos musicales, como es el pianista británico James Rhodes, ha sido quien ha cerrado el Festival Terral 2017, que ha contado con la participación de otros artistas pertenecientes a distintos géneros entre los que han destacado la fadista Dulce Pontes, el guitarrista Vicente Amigo y el polifacético cantautor italiano Franco Battiato. Rhodes, ataviado con una desmitificadora camiseta grabada con el nombre de Bach, se ha presentado en el cervantino teatro malagueño ante un público cool  que ha llenado la totalidad de su aforo, interpretando un programa que se fue descubriendo según iba discurriendo la actuación.

Se inició con una transcripción pianística del famoso pasaje de la muerte de Orfeo de la ópera de Gluck Orfeo y Eurídice que ponía en situación al auditorio, dado el sentimiento de tristeza y pena que desprenden
sus pentagramas. El pianista quiso partir de esta música eminentemente emocional para poner en marcha un recital-espectáculo que adquiría un formato que lindaba con el que se muestra en el popular programa televisivo "El Club de la Comedia", en el que mediante monólogos de desigual ocurrencia Rhodes daba una serie de consideraciones sobre la música llamada culta que, desde su naturaleza de pensamiento abstracto y desde sus tradicionales proposiciones, se encuentra desconectada del gran público de nuestros días acostumbrado cada vez más a grandes espectáculos musicales llenos de gran intensidad de sonido, luz y color.

La obra que le siguió fue la Primera partita para clave BWV 825 de Johann Sebastian Bach en la que empezó a notarse la utilización del pedal derecho del piano como efecto mezclador de sonido que, como elemento expresivo, perturbaba de alguna manera la claridad de articulación que pide esta obra magistral, pensada no tanto para ser escuchada por un hipotético público numeroso, como era este caso, sino paradójicamente para deleite y gusto personal del propio compositor. Una acelerada versión de la giga final pudo epatar al oyente poco familiarizado con este tipo de danza barroca que, con el cruce de manos sobre el teclado en este caso concreto, adquiere rasgos de curiosa prestidigitación pianística.

Chopin apareció seguidamente con su Balada nº 4 en Fa menor op. 52. Rhodes le imprimió todo el concentrado carácter romántico que el autor quiere transmitir en esta obra. El discurso funcionó mientras se expresaba ese primigenio carácter impresionista de sesgo suplicante y hasta patético que contiene su inicio. Los subsiguientes momentos inquietos y hasta atormentados quedaron desdibujados ante la falta de la poderosa técnica que requieren estos pasajes, hecho que quedó acentuado en la coda que exige un notable estado de mecanismo que permita una poderosa elevación emocional. Fue en esta interpretación cómo quedó de manifiesto el factor catártico que ha supuesto el piano para la superación de los traumas personales de este músico castigado por experiencias que nunca debió vivir como las reflejadas en su libro Instrumental. Memorias de música, medicinas y locura, todo un testimonio del poder terapéutico de la música, que la confirman como el arte que incide más directamente y con mayor efecto en el alma humana.

El concierto terminaba con la famosa transcripción que Ferruccio Busoni hizo de la Ciaccona con la que concluye la Segunda partita para violín en Re menor BWV 1004 de Bach. Posiblemente es la adaptación más importante y a la vez popular de este músico toscano de las varias que hizo del paradigmático compositor alemán. Por su lograda estructura pianística, está considerada como uno de los monumentos de la literatura para teclado. Rhodes intentó cargar de trascendencia su interpretación a costa de un pedal de fárrago resultado sonoro, que no dejaba percibir con claridad la individualidad de sus sucesivas variaciones antes de llegar a esa especie de coral en Re mayor en la que el panista serenó su discurso transmitiendo sosiego al oyente. Con todo, una versión demasiado lejana de la memorable interpretación que  Jorge Bolet hizo en el Carnegie Hall de Nueva York el 25 de febrero de 1974, cuya grabación recomiendo encarecidamente, y que llevó al mítico crítico de The New York Times Harold Schonberg a compararlo con el mejor Horowitz, uno de los más grandes pianistas de la historia.

Después de un primer bis en el que interpretó agitado en demasía el último movimiento de la Tercera sonata de Chopin, prolongó su actuación con tres adaptaciones de pasajes más populares como una interesante versión del aria O mio Babbino caro de la ópera Gianni Schicchi de Giacomo Puccini. Le siguió un enmascarado Beethoven con el tema que Marcolm Arnold compuso para el mítico film de David Lean El puente sobre el río Kwai, para terminar otra vez con Bach con una acertada versión BWV 974 del Adagio del Concierto para oboe de Alessandro Marcello, ante un público enfebrecido de entusiasmo, que respondía con "rockeros" aullidos y silbidos al modo con que James Rhodes va creando inquietud y curiosidad por la música clásica. En este sentido, su actuación puede estar más que justificada.