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CRÍTICA / El nombre de Strauss en vano: melodramas en la Fundación March


Madrid. Fundación Juan March. 9-III-2017. El castillo junto al mar, poema de Ludwig Uhland. Enoch Arden, poema de Alfred Tennyson. Música de Richard Strauss. Rosa Torre-Pardo, piano. Pedro Aijón Torres, actor. Dirección: Paco Azorín.

Santiago Martín Bermúdez

Cuando Rosa Torres Pardo hace sonar los primeros compases de El castillo junto al mar, pensamos: "esto promete". Cuando sale el actor, la cosa cae, pero hay un equilibrio entre música y palabra. Pero El castillo dura muy poco, menos de diez minutos. Después vienen los agotadores sesenta minutos de Enoch Arden. Que en tanto que música (escasa) es una obra no ya menor sino sencillamente inferior en el corpus de Strauss, que la compuso por razones espurias (palabra que emplea Miguel Angel Barrio, autor del excelente estudio del programa de mano) para uno de esos gestores artísticos que añoran su arte abandonado, y que era jefe de Strauss. El propio Strauss renegaba de ella. ¿Por qué se ha desenterrado? Es música que no suena a Strauss, y creo que no solo por tratarse acompañamiento pianístico (a Strauss se le reconoce mucho por el color, por la orquestación), sino porque cuesta creer que esto es contemporáneo de algunos de los más importantes poemas sinfónicos, como Don Quijote.  

Entre paréntesis: hace unos días navegaba por la red en busca de documentación sobre algunas óperas francesas de finales de siglo, y me encuentro con el título de un artículo en Le Monde, de 2013, sobre lo innecesario de recuperar cierta ópera: "Fallait-il exhumer La Vivandière? Non, mon général!". Así titulaba Marie-Aude Roux su reseña sobre la recuperación en Montpellier de La Vivandière (1985), del por otra parte pronto malogrado Benjamin Godard. Podríamos parafrasear ese título con respecto a estos melodramas que se presentan como de Strauss, pero que son sobre todo palabras y palabras no siempre comprensibles. No música: palabra, mucha palabra.

Enoch Arden es un relato, un poema narrativo, no dramático (de Tennyson, el de La dama de Shallot, poeta antaño muy popular y hoy en retroceso crítico). Drama sería si el actor pasara de un punto vital a otro, con un conflicto como base (consigo mismo, con un personaje ausente, con la sociedad, con el cosmos, qué sé yo). Pero esto que oímos es narrativa, y hay que ser un gran cuentacuentos para hacer esto soportable. Ni la pericia escénica de Paco Azorín, uno de los valores teatrales hoy en alza con toda legitimidad; ni la musicalidad delicada y al mismo tiempo expresiva, afirmativa, virtuosa de Rosa Torres-Pardo son suficientes para que un actor bisoño saque adelante este drama que, además, no se entiende muy bien en muchos puntos de la sala (¡ay, siempre la megafonía!) Y el actor apenas actúa: lee, con libreto en la mano.

La Fundación March recupera muchas obras bellas, y que merecen ser traídas desde el olvido o desde el desdén culpable. Y así lo hemos manifestado en esta revista una y otra vez. Es encomiable recuperar esas obras. Pero en este caso…