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CRÍTICA / El gato montés: atracción de emociones


Madrid. Teatro de la Zarzuela. 23-11-2017. Penella, El gato montés. Juan Jesús Rodríguez, Nicola Beller Carbone, Andeka Gorrotxategi, Itxaro Mentxaka, Milagros Martín, Miguel Sola, Gerardo Bullón. Coro del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: Ramón Tebar. Dirección escénica: José Carlos Plaza.

Manuel García Franco

Cumplido un siglo de su estreno en el Teatro Principal de Valencia el 22 de febrero de 1917, el Teatro de la Zarzuela vuelve a reponer la producción estrenada en el año 2012 de una obra notable dentro de nuestro género lírico: El gato montés, ópera popular en tres actos y cinco cuadros con autoría de libreto y música del maestro valenciano Manuel Penella. La obra sería pergeñada en 1914 por Felipe Sassone y el propio Penella, pero diversos acontecimientos determinarían la retirada del proyecto del dramaturgo peruano, aunque llegó a escribir íntegro el primer acto y parte del primer cuadro del segundo acto. 

Es fácil de entender que el Teatro de la Zarzuela haya abordado la misma producción de hace cinco años de esta ópera popular de temática taurina, andaluza y gitana, por su calidad y mágico tratamiento. Por cierto, no es la primera vez que Penella había puesto en música el mundo torero, recordemos, a modo de ejemplo, El viaje de la vida, opereta de 1911 vista en el Gran Teatro de Madrid. Dentro de esta línea, Penella, con El gato montés, retoma la atmósfera entre folclórica y romántica que dejó la Carmen de Mérimeé, con su correspondiente desfile de toreros, bandoleros, gitanas de buenaventura y trifulca de triángulo amoroso.

Es obra compleja en su montaje escénico a lo que se une las dificultades de su partitura, ya que los protagonistas requieren de buenos recursos vocales. Apuesta José Carlos Plaza  por una puesta escénica de oscuro fondo que se instala en el tenebrismo español y con efectos visuales que resaltan a los personajes y sus movimientos de manera magistral. Es la visión de una Andalucía interiorizada para esta obra concebida más que como drama con tintes de tragedia, en la que combina el ambiente romántico de toreros y bandidos con las resonancias veristas, y en el aire la lírica de tipo popular andaluz: el folclore andaluz y el canto flamenco. Logra Plaza el momento álgido en la narración soberbia, esquemática, sugerente y poética de las peripecias de la lidia (2º acto), sin verla, por medio de los ruidos que llegan de la plaza y del movimiento de un capote y las distintas suertes: varas, banderillas y estoque, con música indisociable del ritual taurino, el pasodoble, con su ritmo binario y elemental que presagia el curso del fatal destino. Encaja  positivamente la acertada creación coreográfica de Cristina Hoyos, la escenografía e iluminación de Francisco Leal y el vestuario de Pedro Moreno. Hay que indicar que la producción se ha visto enriquecida, respecto a la anterior, en expresión, movimiento y gesto.

El cuidadoso reparto cumple las exigencias de la obra con voces tan fundamentales como Andeka Gorrotxategui que repite papel como "El macareno", brillante tenor lírico,  Juan Jesús Rodríguez, Juanillo, "El gato montés", de poderosa y matizada voz: la fuerza musical de sus intervenciones no solo justifica el título de la obra sino que lo consagra como el principal actor de la tragedia, y Nicola Beller Carbone como Soleá, algo forzada en ocasiones pero con buen nivel interpretativo. Se unen a ellos solventes intérpretes como Milagros Martín (Gitana adivinadora)  que en la anterior edición lo haría como madre, Itxaro Mensaka (Frasquita, madre de Rafael), Miguel Sola (Padre Antón) y Gerardo Bullón (Hormigón). Notable intervención la del Coro del Teatro y una dirección musical de Ramón Tebar precisa, rica en matices y sonoridad que proporcionó las convenientes emociones que la partitura contiene. Hay un segundo reparto integrado por César San Martín, Carmen Solís y Alejandro Roy, que lamento no haber podido presenciar, y del que según he oído disfruta de las idénticas bondades del primero. En definitiva un buen espectáculo con cálido montaje, que el público premia con entusiastas aplausos.