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CRÍTICA: El Big Bang de la música barroca


Madrid. Fundación Juan March. 25-I-2017. Ciclo clasicismos y neoclasicismos. Scherzi Musicali: Director: Nicolas Achten. Obras de Cavalieri, Caccini y Peri.

Eduardo Torrico

Programas como este —sublime, dicho sea antes de nada— no se comprenden sin una mínima exposición que los sitúen en su contexto histórico. Hacia el año 1573, un grupo de humanistas, músicos, poetas e intelectuales florentinos, bajo el patrocinio del conde Giovanni de' Bardi, se reunieron para discutir y guiar las tendencias en las artes, especialmente en la música y el drama. Así surgió la Camerata Bardi, también conocida como Camerata Florentina, entre cuyos miembros estaban Giulio Caccini,  Emilio de' Cavalieri, Piero Strozzi (condotiero, pero también compositor diletante) y Vincenzo Galilei (padre del astrónomo Galileo Galilei). Ellos consideraban que la música se había corrompido y que solo podría mejorar si se producía un retorno a las formas clásicas de la Grecia Antigua.

Sus críticas hacia su música contemporánea se centraban en el uso excesivo de la polifonía, que impedía que el texto cantado fuera inteligible. Aquel regreso a la Grecia Antigua no dejaba de ser una utopía por cuanto, como es obvio, no había sobrevivido ningún testimonio material, si bien ellos aventuraban que la música habría seguido el mismo camino que la tragedia y la comedia, por lo que el canto debía de haber tenido una sola línea con un acompañamiento vocal simple. En 1582, Vincenzo Galilei realiza una musicalización del Lamento de Ugolino della Gherardesca en el Infierno de Dante, que pretende ser una imitación franca de lo que podía haber sido la música de la Antigua Grecia. De todas las revoluciones en la historia de la música, la de la Camerata Florentina fue quizás la más cuidadosamente premeditada antes del siglo XX, pues se trata de uno de los contados ejemplos de la práctica que precede a la teoría. Bardi y Galilei dejaron varias publicaciones en las que exponían sus novedosas ideas.

Mientras esto sucedía en Florencia, en Venecia un tal Claudio Monteverdi acuñaba el término “seconda pratica”, en oposición a la “prima pratica”, con lo cual el cremonés quería diferenciar su música de la de Giovanni Pierluigi da Palestrina o de la de Gioseffo Zarlino. Es el nacimiento del barroco, estilo que permite mayores libertades armónicas y estilísticas. La “seconda pratica” también es conocida como “stile moderno”, término que se debe a un miembro de la Camerata Florentina, Caccini, quien lo plasma en su obra Le nuove musiche (1602). Los principales cambios que introduce Caccini consisten en que el acompañamiento está totalmente supeditado al texto (“prima le parole e poi la musica”), además de incluir la ornamentación explícitamente en la partitura y, en cierta forma, de alumbrar lo que desde entonces se conoce como “bajo continuo”.

Dos últimos apuntes históricos antes de adentrarnos en el análisis de este concierto: La pellegrina es un conjunto de intermedios musicales compuestos para los fastos por los esponsales en Florencia del Gran Duque Fernando I de Medici y Cristina de Lorena (1589) por Cristofano Malvezzi, Luca Marenzio, Jacopo Peri, Giulio Caccini, Antonio Anchilei, Emilio de' Cavalieri y Giovanni di Bardi. Fue otra boda regia no muy posterior, la de Enrique IV de Francia y Maria de Medici (1660, también en Florencia), la que llevó a Peri a escribir L’Euridice, considerada por muchos como la primera ópera que se ha conservado íntegramente (Dafne, también suya, había sido representada en Florencia en la temporada de 1597-98, pero solo han sobrevivido el libreto y algunos fragmentos musicales). Pero hay quien sostiene que realmente la primera ópera fue Rappresentatione di Anima, et di Corpo de Cavalieri, estrenada en Roma solo unos meses antes que L'Euridice.

Pues de todo esto versa el magnífico concierto ofrecido ayer en la Fundación Juan March por el grupo Scherzi Musicali: de la Camerata Bardi, del “stile moderno”, de La pellegrina, de L’Euridice y de Rappresentatione di Anima, et di Corpo, sintetizado, a lo largo de dos inolvidables horas, en piezas de Cavalieri, Peri y Caccini.

Scherzi Musicali es uno de esos grupos fundados en su día por veinteañeros que hoy apenas superan la treintena (Nicolas Achten, su director, tiene 31 años). Con menos de unas década de actividad, esta formación belga tiene un bagaje discográfico notable en cantidad y sobresaliente en calidad, y más que suficiente para ser considerada como una de las más grandes especialistas en el Seicento. Y más precisamente, en los orígenes del Seicento. Tras esta actuación en Madrid, se llega a la conclusión de que es imposible reunir tanto rigor musicológico, tanto talento musical y tanta imaginación a la hora de ensamblar un programa que sea capaz de mantener absorto durante de dos horas a un auditorio que seguramente en su gran mayoría ha tenido poco o nulo contacto previo con este repertorio.

Los dos cantantes (la soprano Deborah Cachet y el tenor Hugo Hymas) poseen un nivel descomunal y el bajo continuo (las japonesas Eriko Semba, al lirone, y Haru Kitamika, al clave, y el noruego Solmund Nustabakk al archilaúd y la guitarra —de la escuela de su compatriota Rolf Lislevand, por supuesto—) es fastuoso. Pero quien se eleva por encima de todos es Achten con su prodigiosa polivalencia: dirige, canta como barítono y toca una enorme tiorba (además, la criatura también es clavecinista y arpista, aunque ayer no tuvo necesidad de demostrarlo). Lo de cantar y tocar al mismo tiempo tal vez sorprenda en nuestros días, pero era algo común en aquella Italia del Big Bang barroco. El propio Caccini cantaba mientras tocaba el laúd las canciones que él mismo componía. En la actualidad son muy pocos los que están capacitados para hacerlo: Acthen, Joel Frederiksen (director del Ensemble Phoenix Munich) y… Sting, que grabó al laúd un disco con canciones de Dowland (pero de este último señor, olvídense ustedes: por fortuna la cosa quedó en una lamentable aventura ocasional).