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CRÍTICA / Dulzura navideña


Madrid. Auditorio Nacional. 16-XII-2017. XLV Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la música (Universidad Autónoma de Madrid). Raquel Andueza, soprano. La Galanía. Obras de Subías, Durón, Caresana y anónimas.

Eduardo Torrico

Confeccionar un programa navideño con canciones españolas e italianas del siglo XVII es, a priori, una buena idea, pues sirve para contrastar qué música se hacía en las dos penínsulas en tan señaladas fechas. Pero tal vez a la postre no lo sea tanto si quien escucha esa música muestra mayor afinidad sentimental para con lo español: en la comparación salen claramente ganando los italianos.

Siempre he pensado que la recuperación de nuestro XVII es una tarea aún pendiente, porque se ha hecho poco y porque no todo lo que se ha hecho se ha hecho con tino. Pero por mucho que se avance en esa tarea, la nuestra es una centuria con muchas sombras, acaso porque no fue capaz de quitarse de encima la sombra del esplendoroso XVI de Victoria, Morales y Guerrero. En cambio, los italianos innovaron, desarrollaron y consumaron un universo sonoro único e incomparable, que sirvió de modelo al resto de países
de aquella Europa.

Raquel Andueza y su grupo, La Galanía, hacen muy bien del XVII hispano. Siempre lo han hecho muy bien. Pero hacen todavía mejor el Seicento, quizá por aquello de que para fabricar un buen cesto se necesitan buenos mimbres. En el segundo concierto del Ciclo de Grandes Autores de la Universidad Autónoma, los solos al nacimiento españoles palidecieron ante las sublimes nanas navideñas italianas, cantadas por la soprano navarra con esa dulzura suprema que solo ella tiene.

Cuando canta Andueza se tiene una sensación que no se tiene con otros cantantes: cierras los ojos y parece que te está susurrando al oído, como si en el auditorio no hubiera nadie más. Se establece un clima de intimidad absoluta. Habrá quien le pueda negar virtudes vocales, porque en cuestión de gustos, ya se sabe, nada hay escrito, pero jamás nadie le podrá negar una musicalidad extraordinaria. Y para este tipo de música, tan tierna (lo sigue siendo, por mucho que los actuales sentimientos religiosos disten mucho de los de hace tres siglos) y, a la vez, tan sencilla, no tiene rival.

El acompañamiento instrumental fue de lo más apropiado. Pablo Prieto (violín), Manuel Vilas (arpa doppia), Pierre Pitzl (guitarra), Jesús Fernández Baena (tiorba) y David Mayoral (percusión) pusieron todo su oficio para el lucimiento de la cantante. Todo estuvo en su sitio, sin estridencias ni extravagancias, y con una percusión moderada, tan alejada de esa actual tendencia desmesurada que, por desgracia, ha acabado imponiéndose. Las intercaladas intervenciones instrumentales, con piezas de Kapsberger o Valdambrini, aportaron variedad al concierto.