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CRÍTICA / Don Quijote cabalga de nuevo


Madrid. Auditorio Nacional. 17-XI-2017. XLV Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Música de la UAM. María Espada, Emiliano González-Toro, Joao Fernandes. Emilio Gavira, actor. La Ritirata. Director musical: Josetxu Obregón. Director de escena: Ignacio García. Arias de Don Chisciotte in Corte della Duchessa de Caldara. Piezas de ballets de Matteis.

Eduardo Torrico

Grabar un disco puede resultar hasta sencillo si se cuenta con ingredientes de calidad, a saber: buena música y buenos intérpretes. Llevar el contenido de ese disco a la escena ya es más complicado, máxime si, como en el caso que nos ocupa, las obras que configuran el programa no tiene una hilazón natural. El pasado año, en que se conmemoraba el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, Josetxu Obregón quiso rendir homenaje al genial escritor complutense con un disco que recogía varias arias de dos desconocidas óperas cervantinas de Antonio Caldara, Don Chisciotte in Corte della Duchessa y Sancio Panza Governatore dell'isola Barattaria, compuestas en Viena en los años 1727 y 1733, respectivamente. El director y violonchelista las trufó con algunas piezas para ballets que escribiera, también en Viena, el inglés Nicola Matteis. El éxito del disco fue notable (aunque, como suele suceder en estos casos, más fuera de España que en España, para hacer bueno aquello de que nadie es profeta en su tierra).

Con casi el mismo programa, con los tres mismos cantantes y prácticamente con los mismos instrumentistas, Obregón ha repetido para inaugurar el XLV Ciclo de la Universidad Autónoma de Madrid. Pero había que buscar el pegamento adecuado para que todo eso funcionara no solo musicalmente, sino también visualmente. El pegamento ha sido Ignacio García, acaso el mejor director de escena español del momento, como así lo acreditan sus alabados montajes recientes (volvemos a lo de antes: más alabados en el extranjero que en España). Por fortuna, parece que a García se le empiezan también aquí a reconocer sus muchos méritos, como lo demuestra el hecho de que el pasado mes de octubre fuera nombrado director del Festival de Teatro de Almagro.

Con admirable (sí, admirable) parquedad de medios, que no está el horno económico como para hacer muchos bollos, García ha sabido hilvanar de manera prodigiosa esta música y dotarla de un sentido unitario, de tal forma que el público tiene la sensación de que, en efecto, está viviendo una auténtica historia quijotesca escrita para el propio Cervantes. No hay grandes alardes, ni siquiera luminotécnicos (estamos, no lo olvidemos, ante una semiescenificación). Cuando se trata de describir un viaje por mar, el velero es un barquito de papel, de esos con los que jugábamos los niños hace muchos años. Un acertado vestuario (de época; de la época de entonces, claro, no de la de ahora, porque no tiene ningún sentido destemporalizar la acción), dos eficaces bailarines (Cristina Cazorla y David Naranjo), un gran narrador —el actor Emilio Gavira— y un excelente cuadro musical... No se necesita mucho más para hacer un gran espectáculo.

A la narración le sucede un recitado, al recitado le sucede un aria o un dúo, al aria o al dúo le sucede un ballet de Matteis y… vuelta a empezar. Cuando apareció el disco, ya di mi parecer: es imposible encontrar mejores cantantes que estos para la empresa que nos ocupa. María Espada (Altisidora) estuvo espléndida (¡y cuándo no lo está ella!), a pesar de que las suyas fueron las arias menos lucidas (y, seguramente, también las más complejas técnicamente hablando). Emiliano González-Toro (Don Quijote)demostró por qué es uno de los mejores tenores que se dedican al repertorio barroco (excepcional en la pirotécnica Venga pure in Campo armato, que demanda todo tipo de florilegios vocales). Y Joao Fernandes no solo deslumbró con su prodigiosa voz de bajo, a la que ya estamos tan acostumbrados, sino también con una descomunal fuerza actoral en su papel cómico de Sancho Panza.

Del resto se encargaron Obregón, su violonchelo y sus colaboradores: Hiro Kurosaki y Pablo Prieto, violines; Guillermo Peñalver y Tamar Lalo, flautas; David Glidden, viola (¡qué magnífico violista es este canadiense!); Xisco Aguiló, contrabajo; Daniel Oyarzabal, clave y órgano, y la percusión coherente, mesurada y solícita (nada que ver con esos aquelarres morunos con que nos castigan últimamente) de Dani Garay.

Es probable que asumir el riesgo de programas tan poco habituales no se vea recompensando económicamente. Pero el clamor y el entusiasmo con que fue recibido este programa por el público que abarrotaba la Sala de Cámara del Auditorio Nacional sí ha de servir a sus autores para tener la rotunda satisfacción del deber cumplido.