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CRÍTICA / Detener el tiempo y llegar a la luz


Madrid. Auditorio Nacional. 04-V-2018. XLV Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Música de la UAM. Cuarteto Barbara Furtuna. Duo Belem. Canciones y música tradicional corsa.

Michael Tallium

Acudí al Auditorio Nacional con la mente despejada, los oídos bien abiertos y la curiosidad despierta. En el escenario de la Sala de Cámara, un violonchelo, un par de guitarras, cuatro micrófonos y unos cuantos altavoces. Un equipamiento poco habitual para un lugar donde los instrumentos y voces amplificadas no se prodigan. En el programa de mano se leía la siguiente advertencia: "El concierto transcurrirá sin pausas. Se ruega abstenerse de producir cualquier sonido que pueda interferir en la atención de intérpretes y asistentes". Esa es la única pega, si es que alguna habría de ponerle, al recital, porque quiero pensar que esa es la única razón por la que el público se resistió a seguir con palmas esos pegadizos ritmos corsos que surgieron de una perfecta y rara combinación entre el acordeón diatónico de Didier Laloy con el chelo de Kathy Adam, el duo Belem. 

Así comenzó el recital, con esos dos instrumentos creando una atmósfera íntima, casi mágica. Luego llegaron las cuatro voces masculinas —"¡Qué preciosas! ¡Qué bonitas!", repetían incansablemente, entre canción y canción, las cuatro señoras que se sentaban detrás de mí— de Barbara Furtuna y hechizaron el auditorio. 

Después de las dos primeras canciones acompañadas de acordeón diatónico, chelo y guitarra, llegó el primer momento sublime: Ave Maris Stella, interpretada en cantu in paghjella, el característico canto popular corso a capela, melancólico patrimonio inmaterial de la UNESCO. El hechizo se consagra en una polifonía que detiene el tiempo, dejándolo en suspenso, como en un suspiro emocionado en lágrimas contenidas que hacen brillar los ojos de quienes escuchan. Es un canto que nadie dirige, las voces se sostienen mutuamente en el aire, con miradas y gestos cómplices. Uno entiende entonces por qué el espectáculo se llama Ad Lucem, hacia la luz, esa luz que que buscamos incansablemente, que aleja los miedos e ilumina al mundo para apartar la ignorancia.

Después llegaron otros momentos sublimes y memorables en una amalgama musical única entre Barbara Furtuna y Belem, como esa obra compuesta por Didier Laloy a su hija de un año, una obra "patosa y peligrosa". Begoña Lolo, directora del CSIPM, acertó plenamente al acercar la luz a Madrid. Un mágico equilibrio sostuvo todo el recital. El hechizo corso embelesó al público madrileño. Una interpretación emocionante, bella, bárbara. ¡Y qué fortuna tuvimos quienes pudimos disfrutar de ella!

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