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CRÍTICA / De sorpresa en sorpresa


Madrid. Iglesia de Santa Bárbara. 13-III-2017. Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid. Aurora Peña, soprano. Concerto 1700.
Director: Daniel Pinteño. Obras de Nebra y Basset.

Eduardo Torrico

El Festival Internacional de Arte Sacro sigue deparando sorpresas. Y casi todas ellas, buenas. En el concierto de anoche en la iglesia de Santa Bárbara (apropiadísima para la ocasión, ya que el programa giraba en torno a José de Nebra, autor del Requiem que allí se interpetró por la muerte de Barbara de Braganza, cuyos restos reposan precisamente en este templo) hubo tres felices hallazgos: el compositor Vicente Basset, la soprano Aurora Peña y el grupo Concerto 1700.

Poco se sabe de la vida y obra de Basset, salvo que fue uno de los dieciseis violinistas de la orquesta del Real Coliseo del Buen Retiro al menos desde el año 1748 y, también, que en 1762 seguía aún con vida. Concerto 1700 interpretó dos Oberturas a piu stromenti (en realidad, dos sinfonías) en el más puro estilo milanés, ese que patentaron músicos como Brioschi, Zingarelli, Celleri, Zappa o, por supuesto, Sammartini. No hay constancia de que Basset viajara por el norte de Italia, pero sí que dedicó seis de sus sinfonías a un embajador de Suecia en Madrid. Un volumen con sinfonías milanesas apareció hace no mucho en Estocolmo y, entre ellas, figuraban varias de Basset. Seguramente las compuso siguiendo el modelo de alguno de sus colegas antes mencionados. Es música excepcional y estuvo interpretada de manera primorosa por Concerto 1700 (los violinistas Daniel Pinteño —que además es su director— y Víctor Martínez, la violonchelista Ester Domingo, el tiorbista Pablo Zapico y el clavecinista Asís Márquez).

Aurora Peña interpretó tres bellísimas Cantadas al santísimo con violines de Nebra (realmente, ¿hay algo en la música de Nebra que no sea bello? ¡Cuándo se hará  por fin justicia con este compositor!). En edad aún joven, muy joven (no digo esa edad por aquello de que resulta feo revelar los años de una dama), la soprano valenciana posee una hermosísima voz, con un volumen formidable (inusual entre las cantantes que se dedican al repertorio barroco), una magnífica coloratura y un delicadísimo gusto a la hora de ornamentar. Tuvo algún problema de agilidad en los pasajes más peliagudos, pero eso es algo que se supera a medida que se gana en experiencia. No estamos ante una cantante más, estamos ante una cantante llamada a hacer cosas muy importantes en este repertorio. Y apostaría un potosí a que no me equivoco.

Parece como si bajo el manto de Santa Bárbara, protectora contra rayos y tormetas, la música barroca hubiera encontrado en su iglesia un florido vergel, un espacio óptimo para que las sopranos españolas asombren con sus habilidades: tras lo de María Espada del pasado día 9, ahora lo de Aurora Peña. Para frotarse los ojos.