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CRÍTICA / De la "Titán" a "Gilgamesh"


Granada. Auditorio Manuel de Falla. 08-VII-2017. Orquesta Joven de Andalucía (OJA). Director: Pablo González. Obras de Albéniz / Fernández Arbós, y MahlerEl Cubo (Banco Mare Nostrum). 09-VII-2017. Joven Coro de Andalucía y Grupo Instrumental de la Orquesta Joven de Andalucía. Director: Lluis Vilamajó. Eliel Márquez, Gilgamesh.

José Antonio Cantón

Fotografías María Marí-Pérez (OJA) y Teresa Montellano ("Gilgamesh")

El llamado FEX coexiste como amplia extensión del Festival granadino y, en él, se llevan a cabo más de sesenta eventos repartidos por diversas localidades de la provincia, dando cabida a distintos géneros que van desde el folclore hasta la música culta, con espectáculos y conciertos destinados a todo tipo de público. En este marco se han presentado la OJA y el Joven Coro de Andalucía, formaciones integradas en el Programa Andaluz para Jóvenes Intérpretes promovido por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, protagonizando dos citas que han suscitado gran expectación.

En el primer caso, Pablo González dirigió un programa sinfónico en el que desctacó la Primera sinfonía "Titán" de Gustav Mahler. El entendimiento que este director posee de la música del sinfonista bohemio se nota nada más sonar el pianísimo de la cuerda con el que se inicia el primer movimiento. Su mantenido pulso fue el modo con el que lo supo transmitir hasta llegar al tutti, donde anticipó la intensa coda final, pasaje en el que la orquesta se percibió más cohesionada, como resultado de una interpretación que fue creciendo en empaste a lo largo de su desarrollo. Con un sabroso sentido danzante condujo el agitado segundo tiempo, respondiendo la OJA con ajustada instantaneidad, hecho que favoreció la fluidez de su discurso que se vio contrastado por el destacado lirismo conseguido en el trío.

Trató con un recogimiento cuasi-litúrgico el inicio fúnebre del tercero como si de un lamento se tratara. La sensibilidad transmitida en esta parte de la sinfonía fue diáfana en la técnica y emocionante en la expresión, alcanzando el mayor grado estético de su actuación. Supo ser fiel a ese sentimiento de corazón herido que Mahler quiso ver en este tercer movimiento. Con un explosivo attacca inició el último, donde Pablo González expuso todo su saber excelentemente aprendido a la vera del mítico Colin Davis, de quien fue distinguido asistente. La diversa agitación con la que Mahler se expresa en la conclusión de esta sinfonía fue llevada con eficaz determinación haciendo que la OJA alcanzara una de sus mejores actuaciones recientes. El público, contagiado por la exaltación del final estalló en una ovación impactante que se prolongó a lo largo de varios minutos, consecuencia de un júbilo generalizado. 

Una interpretación menos brillante de cuatro números de la suite Iberia de Isaac Albéniz, orquestados por Enrique Fernández Arbós, sirvieron para que la entusiasta OJA se ajustara en forma, sin llegar en momento alguno a la excelencia posteriormente conseguida en Mahler, y es que, entre otras consideraciones, son mundos orquestales distintos en concepto musical, variada propulsión sonora e intenciones estéticas, que hacen de esta instrumentación de Fernández Arbós materia escasamente deseable como objeto didáctico.

En la siguiente jornada del calendario, fue el Joven Coro de Andalucía el protagonista principal del estreno absoluto de la ópera Gilgamesh de Héctor Eliel Márquez, que está pensada para la resonancia del amplio espacio interior del edificio "El Cubo", firmado por el catedrático y arquitecto vallisoletano Alberto Campo Baeza, en el que cuatro hercúleas columnas, semejantes en dimensiones a las de la Catedral de Granada, se mantienen en su estructura. 

Compuesta en un solo acto de una hora de duración, Gilgamesh está escrita para coro, solistas y orquesta de cámara sin instrumentos de madera, arpa, teclado electrónico y percusión. Sustentada en un argumento basado en la epopeya donde se cuentan las hazañas de este héroe sumerio, describe sólo tres episodios encadenados de su leyenda, lo que lleva a pensar que puede ampliarse en el futuro su contenido y ser ampliamente reestructurada.

El tiempo de reverberación del reciento, superior a siete segundos, es un factor esencial para la respuesta musical que se pretende, llamada a tener un efecto sonoro espacial que haga al espectador imaginar un escenario sobredimensionado en el que la acción queda en cierta medida minimizada ante el impacto de una enorme resonancia. El experimentado director Lluis Vilamajó la ha montado musicalmente en sólo cinco días con la ayuda de Elena Martínez Delgado, que dirigió el episodio central, y la coreografía, esencialmente dedicada a movimiento escénico, de Juan Pérez Olmedo.

El peso de la acción ha recaído en el coro, que representaba a los habitantes de la ciudad de Uruk, sometidos por Gilgamesh. Los dioses escuchan sus súplicas y crean un antagonista, Enkidu, que se enfrenta al tirano en una lucha sin vencedor, que les lleva a convertirse en amigos. Desde ese momento, ambos se enfrentan a otros peligros, monstruos y hasta los mismo dioses. La ópera termina con la muerte de Enkidu al enfrentarse a Humbaba, una especie de dragón melenudo que hace su aparición a través de las traslúcidas paredes de alabastro de este particular recinto escénico.

Musicalmente, la ópera está influenciada por la cantata escénica de Carl Orff, Carmina Burana, de la que imita gran parte del tratamiento coral, aunque no los temas y motivos que, en gran medida, son tomados de prefiguraciones melismáticas derivadas del canto litúrgico ortodoxo y el folclore balcánico. Sólo hay una concesión a lo que podemos llamar música occidental de vanguardia en la que intervino exclusivamente el cuarteto de cuerda; la que acompañaba la escena de la muerte de Enkidu.

Es difícil hacer una valoración del recorrido que puede tener esta creación lírica. Sí hay que decir que requiere un mínimo implemento escénico, que en esta ocasión no lo tuvo, y ser realizada en un teatro a poder ser como el de Sagunto o Mérida, en el que la obra absorba ese ambiente de historia antigua propia de tales edificios. Finalmente hay que considerar de manera positiva que el trabajo de montaje y la ilusión puesta por coralistas y músicos ha merecido los compromisos de creación del autor y de construcción del director, verdaderos artífices de este más que interesante espectáculo operístico.