Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / De extremas sensaciones (Currentzis en Ibermúsica)

CRÍTICA / De extremas sensaciones (Currentzis en Ibermúsica)


Madrid. Auditorio Nacional. 28-XI-2018. Anna Lucia Richter, soprano. Florian Boesch, barítono. MusicAeterna. Director: Teodor Currentzis. Obras de Mahler

Rafael Ortega Basagoiti

Teodor Currentzis (Atenas, 1972) es un director por completo atípico, decididamente alejado de la ortodoxia en todos sus aspectos, y, creo que, sin lugar a ninguna duda, tiene una personalidad muy acusada y especial, de evidente carisma y magnetismo, que se manifiesta en aspectos que van desde la propia presencia escénica hasta sus criterios y declaraciones. Cuando uno ve a este espigado griego, con una amplia camisola negra y pantalones pitillo también negros, con un calzado que, al menos desde la lejanía, se parecía mucho a unos botines… y por supuesto sin batuta, es evidente que no está viendo lo que se dice un director comme il faut. Su presencia tiene algo de eso que ahora llaman gótico, con una especie de aura de alquimista del siglo XXI. Fundador de la orquesta MusicAeterna, con instrumentos de época, en 2004, más tarde convertida en orquesta de la Ópera de Perm, en la remota Siberia, Currentzis es, un músico extremo.

Extremo en la preparación puntillosa de las obras, extremo en sus decisiones interpretativas, extremo hasta en los ensayos, según dicen. Es evidente que su ego es tan grande como su personalidad, y que sus haceres musicales, como no podía ser de otra manera, o enganchan o despiertan abominaciones furibundas. Pero, como algunas otras fuertes personalidades, la suya es capaz de provocar en el oyente, para bien o para no tan bien, sacudidas sísmicas. Lo ha hecho con Rameau (ese disco de "The sound of light", madre mía) y con Mozart (ha grabado las tres óperas Da Ponte, y el resultado, muy especialmente en Don Giovanni, es espectacular) pero luego ha hecho levantar las cejas con Chaikovski, Stravinsky y más recientemente con Beethoven y con Mahler, cuya grabación de la Sexta acaba precisamente de lanzar. Y con Mahler se presentaba en Ibermúsica. Mahler, que también era músico "de extremos", según escribía con tanto acierto el inolvidable Leonard Bernstein. Mahler, refinado y vulgar, exultante y derrotado, trascendente y superficial. Cualquier cosa tenía "su opuesto", decía el director norteamericano.

Los Knaben Wunderhorn en la primera parte, con Richter y Boesch, y la Cuarta, que se ha podido escuchar recientemente a Dudamel (concierto reseñado por el firmante en SCHERZO) y Gustavo Gimeno, en la segunda. No hay más que verle dirigir para identificar inmediatamente esas virtudes del director nato: engancha a sus músicos con un magnetismo y energía singularísimos (los mismos que acaban arrastrando a la audiencia, mal que les pese a quienes abominan de él), una gestualidad diáfana y de una expresividad sin cortapisa, en la que emplea brazos, dedos, expresión facial y todo tipo de herramientas del lenguaje corporal, amago (o no tan amago) de baile incluido. Currentzis tiene las ideas absolutamente definidas de lo que quiere y las expone con rotunda claridad (sus gestos contundentes demandando más piano a determinadas secciones en algunos momentos no dejaban lugar a ninguna duda; sus miradas fulminantes tampoco). Sus músicos, sin duda totalmente identificados con él, le siguen como un solo hombre. Detalle atípico el de hacer que la orquesta entera (excepción de los chelos, como es natural) tocara en pie la Sinfonía de Mahler (personalmente, y ya puestos, no termino de entender por qué no también en la primera parte), pero que permitió apreciar, entre otras cosas, como el estupendo concertino, se volvía a su sección a "co-dirigir" con un desparpajo que no solemos presenciar.

El entusiasmo de la formación rusa con su fundador, la compenetración absoluta, son evidentes. Y esa conexión especial rinde inmediatos resultados, por mucho que algunos excesos, algún énfasis aquí o alguna languidez allá, puedan introducir elementos puntuales de discrepancia. Las voces de Boesch y Richter no son grandes, pero sí hermosas, y ambos son artistas (sobre todo el barítono) de calibre contrastado. Es difícil cantar estos lieder mahlerianos con más gusto que el mostrado, por ejemplo, en el magnífico Wo die schönen trompeten blasen, probablemente el momento más redondo de una primera parte globalmente sobresaliente, y en la que hubo muchos momentos de especial magia (la exquisita transición orquestal justo antes de las dos últimas estrofas de Der Tamboursg’sell, con un Boesch extraordinario, desgarrado, por poner un solo ejemplo).

La Cuarta no se movió, desde luego, en las coordenadas de la belleza ortodoxa que sí tuvimos en la del venezolano Dudamel. Pero, aunque se discrepe de algún extremo (el durísimo timbal en algún pasaje del tercer tiempo, por ejemplo), tuvo también momentos hermosísimos: la susurrada preparación de la coda del primer movimiento, el escalofriante final del tercero, la evanescente conclusión de la obra. Puede decirse que Currentzis no es, al menos quizá no ahora, un arquitecto mahleriano consumado, de esos cuyos "retratos" globales uno paladea una y otra vez (vuelvo a pensar en Bernstein). Tampoco su sonoridad se mueve en esos parámetros, y es quizá más un detallista exquisito que alguien preocupado por la fluidez bien parecida de la arquitectura global. La Cuarta tuvo unos contrastes extremos. Mientras la escuchaba, recordaba justamente ese artículo de Bernstein. Mahler era un músico de extremos. Cualquier cosa y su opuesta. Para bien y para mal (yo estoy más inclinado a lo primero), Currentzis también lo es. El aliento del público de Ibermúsica quedó contenido en el silencio final y no se rompió hasta que el griego bajó los brazos.

El éxito fue apoteósico, y, en otro rasgo poco convencional, se nos regaló una rara propina: GHB / Tanzaggregat del serbio Marko NicodijeviC, obra de contagioso impulso rítmico (con muchas cosas que la acercan a buena parte del repertorio que tan bien hace justamente Dudamel) y espectacular brillantez orquestal. Marcada y danzada con tremenda precisión y claridad por el maestro griego, y formidablemente ejecutada por esta orquesta estupenda que es MusicaEterna. Estamos, por mucho que se discrepe de su criterio o de determinados detalles, ante un músico de primera que fascina o irrita. Jamás deja indiferente. Quien esto firma disfrutó mucho más de lo primero, y seguirá a este artista con la mayor atención, asumiendo que, de vez en cuando, no coincidiré con su criterio. Por eso el de ayer fue un concierto de extremos. De extremas sensaciones, muchas veces fascinantes.