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CRÍTICA / Cuatro estaciones y una boda


Madrid. Auditorio Nacional. 7-X-2018. Vivaldi, Gloria e Imeneo / Las cuatro estaciones. Vivica Genaux y Sonia Prina, mezzosopranos. Europa Galante. Director y violín solista: Fabio Biondi.

Eduardo Torrico

Cuatro estaciones y una boda. Tiene título de comedia romántica inglesa llevada al cine, pero se trata de un concierto. La estaciones son las de Vivaldi y la boda, la del Luis XV de Francia (y de Navarra) con la princesa polaca Maria Leszcynska. Con tal motivo, el embajador francés en Venecia, el conde de Gergy, le encargó a Vivaldi una serenata, la cual sería estrenada en la Embajada el 12 de septiembre de 1725, justo una semana después de que Luis y Maria hubieran formalizado su compromiso matrimonial en Fontainebleau.

En aquel momento (coincidiendo con un imparable declive comercial y militar, aunque no cultural nimucho menos musical), la Serenísima República de Venecia tenía menos amigos que los que tiene ahora la Corea del Norte de Kim Jong-un. Con los turcos, llevaba decenas de años de guerras por el dominio del Mediterráneo. Con los austriacos también estaba en un larvado proceso bélico (tras firmarse el Tratado de Karlowitz en 1699) que no tardaría en recrudecerse tras reclamar Austria en 1719 la posesión de Trieste como puerto libre. Con Génova y Livorno, la rivalidad (siempre marcada por el comercio en el Mediterráneo) iba cada vez más en aumento. Y, para colmo de males, los portugueses habían acabado haciéndose con el control absoluto del tráfico de especias orientales. Por eso, que se restablecieran las relaciones diplomáticas con Francia, tras catorce años de ruptura, fue una buena noticia para los venecianos y, en ese sentido, el encargo a Vivaldi de esta serenata (conocida como Gloria e Imeneo) no pudo resultar más oportuno.

La música es realmente floja, impropia de Vivaldi. Debió de trabajar a marchas forzadas para cumplir con los plazos pactados con el conde de Gergy y, por tal motivo, no dudó en reutilizar muchas ideas que aparecían en su ópera Il Giustino, estrenada un año antes en el Teatro Capranica. El libreto de la serenata es infumable, ya que su autor —ignoto— no se ruboriza a la hora de ensalzar adulatoria y edulcoradamente la figura de Luis XV. Dadas las circunstancias, cualquier músico que la afronte parte de salida con un serio hándicap: el de la escasa calidad de esta obra.

Fabio Biondi conoce bien Gloria e Imeneo, pues hace justo dos años la dirigió en el Palau de Les Arts Valencia cuando aún estaba al frente del mismo. Para esta ocasión contaba con una cantante magnífica (Vivica Genaux) y con otra ciertamente inclasificable (Sonia Prina). Esta última se mostró bastante comedida (es decir, sin esos disparatados gorjeos a los que tan asiduamente recurre), lo cual resultó de agradecer. Pero exhibió otros problemas que en ella son también inherentes: emisión sucia y pequeña, y pronunciación ininteligible. No es que la superara en volumen Genaux, pero al menos a esta se le entiende lo que canta, sea cualesquiera el idioma que utilice.

Incluir en un mismo programa esta serenata y Las cuatro estaciones tiene difícil justificación, salvo el hecho de que estas fuera editadas en Ámsterdam el mismo año —1725— por Michel-Charles Le Cène (habían sido compuestas cuatro años antes). En Gloria e Imeneo, la orquesta, Europa Galante, se ajustó a lo que requería la ocasión: estuvo aseada y evitó caer en alharacas,. En los cuatro conciertos del Op. 8 vivaldiano, se constataron más desafinaciones de las que cabría esperar —y desear— en una formación de su categoría y de su trayectoria. Pero no fue una interpretación que defraudara a los acérrimos de esta obra que se dieron cita en el Auditorio. Tampoco Biondi tuvo una noche especialmente brillante, pese a constatarse desde el primer momento su ganas de agradar al público.

En fin, seguramente no fue concierto inaugural de temporada más apropiado para un ciclo de tan altos vuelos y de tan plena consolidación como es el Universo Barroco del CDNM. Pero las cosas no siempre salen como uno quiere y proyecta.