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CRÍTICA / Concierto de Año Nuevo: siempre Strauss


Viena. Musikverein. 1-I-2019. Orquesta Filarmónica de Viena. Director: Christian Thielemann. Obras de Josef Strauss, Eduard Strauss, Johann Strauss II, Carl Michael Ziehrer y Josef Hellmesberger jr.

Rafael Ortega Basagoiti

El Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, tradición que inaugurara Clemens Krauss en 1939, es hoy día un acontecimiento de primera magnitud por mucho que desde demasiados círculos un tanto esnobs se le menosprecie como 'concierto de segunda' y evento presidido por el marketing. Sin negar que, efectivamente, el marketing tiene su influencia (y los vieneses son maestros en vender su producto), lo cierto es que el objeto en cuestión es una combinación con la que es fácil atraer al melómano e incluso al que no lo es demasiado. La música en primer término, que no por festiva, ligera y luminosa es de menor entidad. Hay mucha, muchísima belleza en esta música en la que la dinastía de los Strauss se erige en el núcleo.

La orquesta, esa maravilla que es la Filarmónica de Viena, que si responde siempre (o casi) con la mejor calidad, lo hace muy especialmente en este repertorio. Y la Sala Dorada de la Musikverein vienesa, verdadero prodigio acústico con un diseño extraordinariamente simple, y que para la ocasión está decorada con un exuberante adorno floral. La participación del excelente ballet de la Ópera Estatal (solo para quienes ven el evento en TV) es motivo de disfrute para unos y de crítica para otros, que no se cansan de considerarla rancia… Las batutas, en fin, han conocido presencias duraderas (el propio Krauss, Boskovsky, Maazel) y de resultados entre notables y excelentes (además de los citados, Prétre, Barenboim, Dudamel, a su manera también Muti), pasando por los excepcionales (Karajan en 1987, Kleiber en 1989 y 1992, dos conciertos inolvidables; Jansons en 2006, 2012 y 2016, los tres extraordinarios también) y con algunos fiascos memorables (Welser-Möst en sus dos plúmbeas presencias de 2011 y 2013).

Debutaba este año el severo maestro teutón Thielemann, a sus 59 años, con la vitola de gran autoridad en la música de Wagner, Bruckner y Richard Strauss, pero con la duda de si la gran tradición germánica de la que se considera heredero, la de los Furtwängler y Knappertsbusch, sería el mejor bagaje para una música en la que el refinamiento, la elegancia, el humor y la chispa son ingredientes de paralela importancia. Ingredientes que, muy especialmente en las manos de los citados Kleiber, Karajan y Jansons, nos ha llegado en algunos de los conciertos de los últimos treinta años. Las vísperas del concierto han estado presididas por algunos artículos absolutamente desafortunados (y soy generoso) en la prensa generalista. Es difícil encontrar en menos tiempo una recopilación mayor de inexactitudes, sectarismos y manipulaciones de la información que lo que estos días se ha podido leer, en insultante menoscabo de la propia orquesta, del evento y del director de la edición de este año. Christian Thielemann (Berlín, 1959), debutaba este año en este cometido, aunque no ha sido, como se han empeñado en señalar desde un diario bien significado, “el primer alemán” en hacerlo, dado que Carlos Kleiber (1989 y 1992) y Nikolaus Harnoncourt (2001 y 2003), ambos nacidos en Berlín, lo habían hecho con anterioridad en las fechas citadas.

El severo maestro teutón, de contundente presencia escénica y rotundas facciones, no es, lo que se dice, un maestro de apariencia amable, aunque intentó parecerlo en muchos momentos del concierto. Su gestualidad, siempre clara, es, especialmente cuando mueve ambos brazos a la vez con cierto balanceo corporal, a menudo algo rígida, una combinación que podría no parecer la más adecuada para el fluir flexible y sugerente de esta música. Pero Thielemann también es capaz, y hoy lo mostró en muchos momentos, de dibujar con precisión líneas de expresión, matices o inflexiones, con o sin batuta. A ello ayuda también su mirada, intensa, sin la menor duda imponente, pero también de gran expresividad, de las que dice muchas cosas. Y Thielemann es un maestro técnicamente preparadísimo, capaz de elaborar con sensibilidad interpretaciones intachables en cuanto a refinamiento sonoro, elegancia en el discurso y energía en el ritmo. Un director que se mueve a gusto en las grandes frases, por lo que no es de extrañar que construya con tanto acierto los complejos edificios de Wagner, Bruckner o Richard Strauss. Otra cosa es que sea maestro del buen humor. Se dijo antes que intentó parecer amable, pero no hubo, en contra de cierta tradición, bromas o gags, de forma que quienes esperaran un concierto especialmente sonriente saldrían algo defraudados. Apenas un gesto de controlar la afinación del canto de los músicos de la Filarmónica en la Marcha Egipcia de Johann Strauss II, y luego, esta vez sí, para dirigir con tanto desenfado como prusiana precisión al público en la Marcha Radetzky.

En este sentido, el del humor, algunas polcas rápidas hubieran podido tener más chispa (caso de las polcas Express o Mit extrapost, por ejemplo, si bien no faltó en ella energía rítmica ni vitalidad en el tempo; Jansons hace un par de años atinó más en esta pieza), algo que también ocurrió en las famosas Csardas de la opereta Ritter Pasman, en las que se echó de menos el inolvidable desenfado conseguido por Carlos Kleiber en 1989. La excepción fue quizá la ofrecida como propina, Im sturmschritt, curiosamente propina idéntica a la elegida por Jansons hace dos años, muy animada y vitalista.

Mejor, para el firmante, las piezas más calmadas, las que piden más flexibilidad en el rubato, desde la Danza de los elfos de Hellmesberger a las polcas mazur o francesas (Die Tänzerin, Opern-soiree y sobre todo la del elogio de la mujer, Lob der frauen, que en otras ediciones habían presentado Harnoncourt y Jansons y que aquí obtuvo una lectura refinada, sugerente y de exquisita elegancia), en las que el fraseo fue delicioso y el rubato manejado con gran acierto y sensibilidad. Para el firmante, este último aspecto presidió lo que creo que fue lo mejor del concierto, los valses, donde ese fraseo tan especial, el cuidadísimo matiz, la mimada diferenciación en las repeticiones, brillaron con especial encanto, tanto en el solo relativamente interesante Transactionen, de Josef Strauss, como en el retrato del Mar del Norte (Nordseebilder, ofrecido en su día por Maazel), el Entreacto de Hellmesberger o los más populares Vida de artista (Künstlerleben) y Música de las esferas (Sphärenklenge), dos valses con precedentes extraordinarios en el concierto de año nuevo de las manos de Kleiber y Jansons (las dos) y Karajan (la segunda). También espléndido, muy elegante y sugerente, el consabido Danubio azul, tras el saludo tradicional, sin parlamentos extras. Bien, especialmente hermosa en el tramo del vals pero corta de desenfado, excepto en el episodio final, la obertura de El barón gitano, desgranada en su día con más vibración por Karajan o Kleiber. Buenas coreografías a cargo del ballet de la Staatsoper, impecablemente realizadas, para Vida de artista y las Csardas, las primeras en la propia Staatsoper y las segundas en un castillo de la baja Austria con un vestuario que quizá no pegaba mucho con el objeto de la música.

Martin Llade repitió como locutor en sustitución del llorado José Luis Pérez de Arteaga, con una labor de plausible empeño pero en la que los chistes no siempre fueron afortunados y en la que hubo algún desliz sobre el programa (la Danza de los Elfos no aparecía por primera vez en estos conciertos, ya que Mehta la programó en 2007). Confundió (aunque luego lo enmendó) al secretario general de la ONU con un ciudadano japonés y no comentó que en la audiencia (debidamente enfocado por las cámaras) se encontraba el tenor peruano Juan Diego Flórez.

En general, balance muy satisfactorio de un concierto que, si no a la altura de los mejores de las últimas décadas, si alcanzó un excelente nivel. Mal que les pese a quienes querrían clausurar a la Filarmónica de Viena por supuestamente nazi y no sé cuántas tonterías más, hay que confiar en que el concierto tenga aún amplio recorrido. No será difícil mientras el nivel sea el de hoy. Porque al final, siempre está Strauss. Para los interesados, Sony Classical anuncia para los próximos días el lanzamiento del concierto en formatos de audio (CD, LP) y video (DVD, Blu-ray).

La Filarmónica de Viena ha anunciado que el director, en 2020, será el maestro letón Andris Nelsons, que debutará en esta labor y cuya magnífica labor actual (titular de la Sinfónica de Boston y la Gewandhaus de Leipzig) anticipa un evento del mayor interés.

Feliz año nuevo a todos.