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CRÍTICA / Célula, timbre, ritmo


Madrid. Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Andrew Gourlay. Obras de Rueda, Glazunov y Stravinsky.

Santiago Martín Bermúdez

Ante la Cuarta sinfonía de Jesús Rueda pueden ser confusos conceptos como el de tonalidad, el de tema, el de variaciones, incluso el de timbre. Porque en cada célula hay llamamiento (desatendido) al descanso tonal, porque hay células más que temas, y la línea de cada célula queda defraudada por la urgencia de otra, porque hay transformación de motivo en motivo más que variación o modulación, porque el color es tan rico que esto es algo más que timbre (nutrido quinteto de cuerda, maderas por dos, percusión variadita, metales muy presentes: tres trompetas, tres trombones, tuba, ¡seis trompas!, de manera que gana por dos trompas a los mentales de El pájaro de fuego).

Bueno, Debussy ya nos acostumbró a oír así; hace más que de cien años. Pero la métrica es fundamental, una rítmica que cambia, que no se está quieta, que lo mismo se postula como evocación de quién sabe si combos o sones del Caribe que como tributo a la vieja escuela europea de la música fílmica de Hollywood. A veces te preguntas si tal episodio es un motto perpetuo que no cumple su palabra; o si este otro es uno de esos paisajes desolados que suelen evocarse con notas tenidas en piano en las cuerdas. Esa es otra: las gamas dinámicas, siempre motivadas, poco a poco, con su lógica; nos evita Rueda el tópico de buena parte del siglo XX: el fortissimo repentino, inmotivado. Y a cambio nos regala un discurso de veintiséis minutos de amplia inventiva de células y de timbres y de ritmos. Obra, en fin, rica en ideas, rica en desarrollo, no categórica, sino rica en sugerencias. Y, además, fue un éxito de público. Contundente.

Tras el cual le llegó el turno a una pieza rara en el las salas de esta parte del mundo, el Concierto para violín de Glazunov, de 1904, época en la que no chocaba demasiado aún que se compusiera así, con ese tardorromanticismo tan chaikovskiano con sonoridades rimskianas (Rimski vivía aún). Obra no solo bella, sino también propicia para lucimiento de virtuoso, dio ocasión a que el solista Vadim Repin desplegara su arte insuperable, con apoyo en Gourlay y su orquesta. Estos se vieron a solas de nuevo con El Pájaro de fuego, en la que también colea la presencia de Rimski. Los pianissimos constantes de esta obra fueron resueltos con exquisito sentido de la medida por Gourlay. Hasta las cúspides de la danza infernal y la apoteosis final, en las que de nuevo —como con Rueda— el forte llega por sus pasos contados y nunca con efectismo. Una hermosa velada, con bello estreno, hermosa rareza y versión íntegra (1919, pequeña corrección de la de 1910) de un ballet que en las salas solemos oír en versión suite.