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CRÍTICA / Bruckner por activa y por pasiva


Madrid. Auditorio Nacional. 24-II-2018. Nicolas Hodges, piano. OCNE. Dirección: David Afkham. Obras de Mauricio Sotelo y Anton Bruckner. 

Arturo Reverter

Había que tener el ojo y el oído avizor ante un nuevo estreno de Mauricio Sotelo (Madrid, 1961), compositor siempre inquieto, estudioso, descubridor de sendas ignotas, imaginativo, colorista y notable recreador de músicas de procedencia abiertamente popular. Y poseedor de una sólida técnica orquestadora que lo capacita para la fusión de estilos, de géneros y de formas. Un buen ejemplo lo tenemos en su nueva composición, encargo de la ONE, que se nos ha ofrecido en este concierto, perfectamente planificado, dado que la figura protagonista del mismo ha sido Anton Bruckner, creador austriaco de nueve imponentes sinfonías, la última –e inacabada- de las cuales se interpretaba en esta ocasión.

El espíritu y ciertos temas y procedimientos del pío organista de San Florián estuvieron vivamente presentes en la composición de Sotelo, titulada Con segreto susurro: De vinculis, concerto per pianoforte e orchestra, 2017. Una pequeña pista que revela en cierto modo las intenciones del autor: acercarse sigilosa y cautamente a una composición bruckneriana —la Sinfonía nº 9 como se dice— para realizar una cuidadosa operación de engarce, un trabajo casi osmótico que supone la succión y nuevo tratamiento de algunos de los temas más reconocibles de la partitura del músico austriaco, imbricándolos en un tejido de nueva creación realizado de acuerdo con los cánones contemporáneos que maneja actualmente el creador madrileño.

Como siempre, Sotelo se muestra sagaz, hábil para construir un discurso ameno, de brillante superficie y muy atractivos claroscuros en el que ha sabido deslizar hábilmente las células brucknerianas que ha tenido la osadía de combinar con propuestas inesperadas, ritmos danzables diversos y, como colofón, unas bulerías, en seguimiento de su ya tradicional apego, como elemento constructivo, a estilemas de procedencia flamenca, a ecos del cante jondo. Lo pudimos apreciar sobre todo en el último movimiento de los tres en que se divide la obra, que se tocan sin interrupción: Misterioso, Sostenuto y Scherzo. En éste el solista de percusión Joan Castelló manejo los parches y marcó el ritmo de 3/4, combinado astutamente con elementos del Scherzo de la Sinfonía en una amalgama sorprendente y bulliciosa en la que toman protagonismo también las trompetas y los saxofones y donde el piano juega su papel. Todo concluye en un crescendo muy bruckneriano.

Antes Sotelo hace desfilar ante nuestros oídos una compleja panoplia de efectos que parten del acorde arpegiado inicial y que da paso muy pronto al tema que abre la obra base, esa gigantesca llamada de las trompas. El piano comienza su caracoleo, ya embebido en la marea, y enlaza con las distintas líneas que a su vez van destilando aromas brucknerianos. Las percusiones hacen su agosto y el teclado traza robustas escalas, mientras la voz de don Anton se hace oír de nuevo en medio del maremágnum. Ágiles figuraciones de los metales animan el discurso, en el que el piano teje sonoridades disonantes. Sorprende la irrupción, algo sacrílega, de una suerte de danzón con protagonismo de bongós, que casa un poco forzadamente con los ecos de la Sinfonía. Las poderosas octavas del teclado son seguidas de imponentes acordes del tutti.

Como algo lógico, tras esta hábil divagación, que en todo caso muestra el saber hacer —puede que irrespetuoso— de Sotelo, sobrevino la Novena bruckneriana que Afkham tiene bastante ahormada y de la que da una visión vigorosa, bien trabajada y generalmente equilibrada. Las manos del director —ya que no la batuta, que ya no emplea nunca— prepararon a conciencia la primera gran peroración, el primer gran ascenso que proclama el tema de apertura a los cuatro vientos. El grupo lírico fue a poco bien cantado, incluso morosamente, con intervención destacada de la flauta de Álvaro Octavio Díaz. En el tema subsiguiente los violines brillaron.

No se evitaron ciertas brusquedades, como la observada en el crescendo que sigue al desarrollo, aunque el aire de marcha inmediato tuvo una exposición adecuada. Pero, tras la inmediata explosión del conjunto, las cuerdas no fueron juntas y anunciaron un cierto confusionismo del planos en los inmediatos tutti. La coda fue bien edificada, con los planos estupendamente colocados, aunque la orquesta sonó muy rudamente en los ascendentes compases finales.

Hubiéramos pedido una mayor exactitud en los pizzicati que inauguran el Scherzo, en el que faltó claridad polifónica, pero en el que advertimos un satanismo, una acentuación de extraordinaria violencia que contrastó crudamente con el trío. La entrada de la cuerda en el comienzo del Adagio fue de alto rango, bien marcados los tiempos. La nobleza inicial fue sustituida por los hirientes acordes anunciadores del ya cercando expresionismo y Afkham, muy embebido en el conflicto temático, supo desarrollar una música que va de la desolación al grito en la exaltada peroración cromática que nos abre la puerta al lirismo más trascendido; como el que los pentagramas postreros nos hicieron oír con las suaves ondulaciones de la melodía y la nota tenida de las trompas que nos conducen al más allá.

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