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CRÍTICA / Brillante diva del violín


Granada. Palacio de Carlos V. 03-VII-2017. LXVI Festival Internacional de Música y Danza de Granada. London Symphony Orchestra (LSO). Janine Jansen (violín).Director: Simon Rattle. Obras de Berlioz, Brahms y Sibelius.

José Antonio Cantón

Fotografía Miguel Rodríguez

El segundo programa de la LSO en el Festival de Granada contó con la participación de una de las violinistas más brillantes del panorama internacional actual, la holandesa Janine Jansen. Dotada de un técnica prodigiosa, hizo una sensacional versión de una de las obras más hermosas del repertorio concertante tardo-romántico, el Concierto para violín y orquesta en Re menor op. 47 del compositor finés Jean Sibelius.

La primera sensación que produjo su instrumento —que lleva por nombre Baron Deurbroucq y fue construido por el lutier cremonés Antonio Stradivari en 1727—, fue asombrosa ante su cálida transparencia de sonido, que se percibía como si atrajera todas la resonancias del recinto con un magnetismo insuperable, lo que propició que el auditorio concentrase toda su atención en la solista.

Esta es todo un portento violinístico, fruto de poseer un oído absoluto, desarrollar una extraordinaria capacidad de concentración, tener una excelente memoria y saber transmitir un amplio abanico de sensaciones y emociones al oyente que, de inmediato, se ve cautivado por su alto sentido musical sustentado en un prodigioso virtuosismo. Janine Jansen recrea cómo esta obra sigue los sustanciales cánones de toda estructura musical bien organizada, contiene un alto grado de evolucionada eufonía, despliega una manifiesta tendencia simétrica en su discurso y expresa, por acertado, un variado uso de la repetición, todo ello dentro de las necesidades expresivas que derivan de la singular inspiración de Sibelius.

Rattle supo concertar con la solista con efectiva elegancia, convirtiéndola en la soberana de la interpretación, como se pudo disfrutar en los contrastes temáticos del primer movimiento, en cuya ansiosa cadencia voló por los espacios de la excelencia, se pudo percibir como encontraba el definitivo equilibrio expresivo que ya mantendría en el resto de su actuación. La ternura con que transmitió el adagio central tuvo el plus de su aura femenina, destilando el mejor estilo de romanza, carácter que envuelve todo este movimiento, antes del gozo que desprende el rebrincado Allegro, ma non tanto final, todo un ejemplo de bulliciosa música de danza.

Janine Jansen ofreció toda una exhibición de sus recursos técnicos a los que el maestro Rattle y los sinfónicos londinenses respondieron con magistral expresividad. A su conclusión, el oyente quedó en un estado de gozosa e incomparable plenitud, estimulado por el cambio a tonalidad mayor en su cierre, con el que el compositor busca parecido efecto jubiloso al que se produce con una tercera picarda. La atronadora ovación final motivó un entrañable bis; una transcripción de la Nana de Manuel de Falla, en la que la violinista cantó acompañada por un improvisado dúo formado por el concertino y el primer violonchelo de la orquesta, haciendo sonar esta preciosa canción con enorme dulzura y hondo sentimiento.

El concierto comenzó con la obertura de El carnaval romano op. 9 de Héctor Berlioz. En ella, la Sinfónica de Londres desplegó todo su potencial a modo de exhibición. Su director titular quiso demostrar hasta qué punto su desvinculación de la Orquesta Filarmónica de Berlín no va a afectar a su constante ansia de perfección, que se mantendrá sobradamente satisfecha con los sinfónicos londinenses. El excelso virtuosismo orquestal de la LSO volvió a superar las expectativas más exigentes. No fue tanto en su versión de la Segunda sinfonía op. 73 de Johannes Brahms, en la que no pareció darse ese divino idilio entre director y orquesta que se había vivido la noche anterior con la Sinfonía "Trágica" de Mahler, salvo en el Adagio, donde el maestro británico transmitió gran emoción a sus músicos, conconsiguiendo un perfecto equilibrio entre fantasía y técnica, contrastando las diferentes tensiones de su fluctuante contenido contemplativo.

La actuación terminó con un vibrante bis de la séptima de las Danzas eslavas op. 46 del compositor checo Antonin Dvorák, repitiéndose de nuevo una nueva ostentación musical de orquesta y director que quedan en el Festival como un inolvidable referente entre los más grandes intérpretes de su historia.