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CRÍTICA / Brillante clausura del Festival de Granada


Granada. Palacio de Carlos V. 08-VII-2018. LXVII Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Philharmonia Orchestra. Michelle De Young, mezzosoprano. Director: Esa-Pekka Salonen. Obras de Beethoven y Wagner.

José Antonio Cantón

Cuatro elementos de máximo atractivo se han dado en el concierto de clausura del Festival: la actuación de una de las mejores orquestas británicas —que es como decir de Europa—, su director titular, referente indiscutible entre los más importantes del mundo, una solista de sólido prestigio en la lírica internacional, y un programa con obras de dos compositores cumbres de la historia de la música. Con tales alicientes el lleno fue absoluto y la expectación máxima, esa que solo se produce en las grandes ocasiones.

Salonen entró de lleno en el drama de la Tercera sinfonía op. 55, "Eroica", de Beethoven desde el primer acorde expuesto por la cuerda, como queriendo dejar constancia de la importancia capital de esta obra en el devenir histórico de la sinfonía en particular, y en la evolución de la música culta en general. Con la responsabilidad artística que exige esta obra, condujo a sus músicos con esa determinación técnica y ese convencimiento estético de los que siempre ha hecho gala, y en los que hay que destacar su pulsante dinámica, su expresividad basada en una fuerza expansiva, paradójicamente, hasta en los momentos más delicados y dulces, y en la arrolladora elocuencia de su gesto, pensado hasta en el más mínimo detalle en la intención de dibujar con la batuta la más leve sutileza de lectura. En este aspecto fue deslumbrante como condujo con enorme dolor el desarrollo fugado de la parte central del segundo movimiento, con el que Beethoven alcanza uno de los destellos más refulgentes de su genio musical. Escuchar así este tiempo lleva al oyente al campo de la experiencia espiritual, a encontrarse de lleno con la grandeza que distingue al ser humano de todo lo demás.

Como ocurriera en el primer movimiento, donde Salonen quiso imprimir velocidad al Brio indicado en su carácter, trató el Scherzo con una celeridad que llevaba a los músicos al límite de limpieza en articulación, en una especie de trepidante agitación que permitía que el oyente pudiera percibir con asombro el grado de virtuosismo musical y técnica instrumental de los que estaba siendo testigo. Elemento fundamental de esta exhibición fue el timbalero que, con su precisión, arrastraba a la orquesta a un delirio de chispeante efecto. Como si de un torbellino se tratara inició el último movimiento, cuya tensión mantuvo en sus distintas variaciones esclareciendo su discurso en el palpitante estilo fugado que el compositor aquí desarrolla, en el que orquesta y director se percibían como dos realidades que se contienen mutuamente en la exposición de la belleza de una música genial. 

Tal grado de sensitiva espiritualidad tuvo su refrendo en tres fragmentos bien encadenados de la ópera El ocaso de los dioses de Richard Wagner programados en la segunda parte del concierto. Salonen dirigió con manifiesta intención descriptiva la refulgente salida del sol en contraste con el sereno y ondulante viaje de Sigfrido por las aguas de Rin. Su poderoso instrumento orquestal brilló con un color sonoro de gran sensualidad en la cuerda. Desde un desarrollado sentido "leitmotívico", parecía hacer balance de los distintos episodios de la ópera para, con evidente carga dramática, preparar el episodio de la Muerte y marcha fúnebre de Sigfrido, dando relevancia a la intervención de la percusión en su trágica función de crear esa atmósfera sonora que envuelve la muerte del héroe después de su último rapto de amor por Brunilda.

Esta fue la protagonista del tercer pasaje, encarnada por la mezzosoprano norteamericana Michelle De Young, cantante que había suscitado gran interés por su experiencia como destacada wagneriana. Con potente vis dramática, creó el personaje en el triste trance de decidir inmolarse en la ardiente pira junto al cadáver de su amado, Sigfrido, comprendiendo por qué éste no había cumplido su promesa de desposarse con ella. Un manifiesto vibrato, cargaba de trágica expresividad su canto que parecía seguir sonando en su prolongado silencio final, llevada por la maestría de un director en verdadero estado de gracia al provocar en el oyente esa identificación con el trascendente y renovador mensaje musical wagneriano, que en este pasaje va más allá de los sonidos en su pretendido y acentuado sentido redentor. Cuando tal efecto se produce, como ha ocurrido en esta brillante velada de clausura del Festival, se puede afirmar que Esa-Pekka Salonen está entre los elegidos constructores del controvertido arte total de Wagner que, desde una expansiva forma de dirigir, recordaba en efectos musicales al admirado Hans Knappertsbusch, uno de los máximos exponentes en la recreación del sublime pensamiento musical del gran operista de Leipzig.

(Foto: José Albornoz)