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CRÍTICA / Brilla la juventud


Madrid, Auditorio Nacional. 27-I-2018. Orquesta y Coro Nacionales. Julia Lezhneva, soprano. Mikhail Antonenko, piano. Director: Santtu-Matias RouvaliObras de Vivaldi, Haendel, Mozart y Sibelius.

Arturo Reverter

Dos estrellas jóvenes gobernaban esta sesión de la Orquesta Nacional. Las dos han demostrado sus habilidades. La soprano rusa Julia Lezhneva (1989), a quien ya pudimos escuchar, por ejemplo, hace un par de años, como Piacere en Il trionfo del tempo e del disinganno de Haendel dentro de la temporada del CNDM, y que hace unos meses triunfó como Zerlina en un Don Giovanni liceístico, se ha presentado ahora con obras de su especialidad: aria Agitata da due venti de Griselda de Vivaldi; dos arias de Alessandro de Haendel y gran aria de concierto con piano obbligato Ch’io mi scordi di te… Non temet, amato bene de Mozart.

Hemos admirado de nuevo la fácil coloratura, la limpidez emisora, el brillo tímbrico, el depurado mecanismo y el soberano manejo del diafragma de la gentil y menuda cantante, cuyas agilidades, con trinos de rara perfección, han llevado a algunos a compararla con Cecilia Bartoli, indebidamente porque Lezhneva es una lírico-ligera bien coloreada, un grácil pájaro, de tinte muy claro, que asciende como una bala a las alturas del re o mi 5, con sobreagudos a veces un tanto fijos, mientras que la italiana es, como sabemos, una mezzo lírica; y mucho más calurosa y expansiva en su canto.

La cantante ha ganado algo de cuerpo vocal y mantiene su voz límpida, bien destilada, con graves no muy audibles y a veces abiertos, pero, como pudo demostrar en la página de Vivaldi, realiza trinos inmaculados, de rara perfección, y practica saltos interváiicos, ataques y volatas con gran seguridad y pericia. Otra cosa es la emoción que desprende su canto más bien mecanicista, que no acabó de penetrar en el dolorido lamento de la segunda parte de Aure, fonti, ombra gradite de Haendel. Claro que en los fuegos de artificio de Brilla nell’alma del mismo compositor se mostró verdaderamente exultante, con una soltura, una igualdad y un brillo fulgurantes. Y cantó bien, cómo no, el aria mozartiana, pero quedándose en la superficie, sin trascender el drama que tan cálidamente expone el músico en su comunicación a la amada soprano inglesa Nancy Storace. Faltó ahí densidad vocal, sentimiento, fraseo elocuente y sentido del rubato. Como bis, una canción de Porpora. Aunque, curiosamente, hubo momentos en los que, entiéndasenos bien, desde un punto de vista estrictamente tímbrico, evocamos la voz de Victoria de Los Ángeles. Ajustada y elegante la labor de Antonenko en su parte pianística obbligato.

Rouvali (1985) acompañó con flexibilidad y gusto apoyándose en una elástica Nacional de efectivos muy reducidos, y se metió con notable intensidad, magníficamente secundado por el conjunto al completo, en las entrañas de la Sinfonía nº 2 de Sibelius, de la que hizo una estupenda e idiomática versión, cuajada de claroscuros, de estratégicos silencios, de singulares matices, de contrastes bien estudiados, aunque finalmente todo fluyera de manera muy natural, sin énfasis, sin caprichosos cambios de tempo.

Pose este joven maestro –alumno, cómo, de Jorma Panula, pero también de Leif Segerstam- una gestualidad elegante y suelta, un armonioso batir de brazos, una mano izquierda persuasiva y una mímica clara y convincente. En el Allegretto inicial supo graduar excelentemente las variadas dinámicas, regular con tino los pianos y modular los crescendi. Los pizzicati que abren el Andante ma rubato fueron muy delicados, como la entrada de la cuerda en la segunda sección. Los chelos cantaron muy bien la melodía del oboe en partes del Vivacissimo; esa melodía que será una de las protagonistas del Allegro moderato postrero. Los variados temas que se dan cita, primero alternándose y luego superponiéndose, fueron manejados y expuestos con buena mano. Cierre bien construido y adecuada respuesta orquestal.