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CRÍTICA / Beczala, entre Polonia e Italia


Madrid. Teatro de la Zarzuela. 09-I-2018. XXIV Ciclo de Lied. Piotr Beczala, tenor. Helmut Deusch, piano. Obras de Donaudy, Wolf-Ferrari, Respighi, Tosti, Szymanowski, Karlowicz y Moniuszko.

Fernando Fraga

En octubre de 2014 el tenor polaco Piotr Beczala fue considerado por el Teatro Real como el más idóneo para evocar la figura de Alfredo Kraus, fallecido quince años atrás. El cantante, en esa ocasión, demostró estar en plenas facultades, ofreciendo en una velada de consecuencias triunfales parte del repertorio en el que se había cimentado la leyenda krausiana. Parte, porque Beczala añadió entonces un toque personal y patriótico al interpretar un aria, bellísima por cierto y de apreciable lucimiento, de Straszny Dwór (traducible por La mansión encantada) de Stanislaw Moniuszko. 

Moniuszko, de nuevo, junto a otros compositores polacos, además de otras canciones, pero ahora algunas italianas, conformaron el programa que supuso el regreso del tenor a la capital española a través de la edición XXIV del Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela. Beczala es un cantante de corte operístico con una actividad recitalística algo más reducida pero que le permite llenar vacíos "escénicos" como ocurrió, por citar plazas nacionales, en marzo y en mayo pasados, respectivamente en el Palau barcelonés y en el Príncipe Felipe  de Oviedo.  

Sin embargo, esta visita madrileña "de cámara" se evidenció llena de expectativas, dada la situación actual del cantante, encuadrable entre los mejores tenores del momento,. cada uno con su  personalidad y estilo. A la par de, y con los que puede coincidir con algún título del repertorio, Marcelo Álvarez, Alagna, Flórez, Camarena, Kaufmann o, por incluir a algún italiano, Vittorio Grigòlo (aunque algún lector se sienta tentado por sumar alguno otro más). 

Si en Bilbao se le disfrutó años ha como Alfredo Germont y el de Mantua, en ambos casos al lado de Inva Mula, así como el Faust de Gounod con Eva Mei ,y en el Liceo de Barcelona también en Faust, en Werther, en el Rodolfo pucciniano y en el Riccardo verdiano, Madrid le desconoce como actor operístico. Porque lo más cercano a ello fue otro Faust, el de Berlioz, en versión concertada en el Real allá por 2009.

Beczala comenzó su carrera como lírico ligero preferentemente mozartiano (Tamino, Belmonte, Don Ottavio) pasando paulatinamente a entidades decididamente líricas tanto italianas (Elvino, Alfredo, Duque de Mantua, Edgardo, Nemorino, Rodolfo) como francesas (Des Grieux, Faust, Romeo), sin olvidar ciertas partes eslavas que se acomodaron perfectamente a su vocalidad como Jenik de Smetana y más adelante el Príncipe de Rusalka o Lensky, Para finalmente, ya acercándose la cincuentena, encararse con partes más pesadas como el Ricardo verdiano, el Vaudemont de Chaikovski, el Lohengrin wagneriano y muy recientemente el Maurizio di Sajonia de Cilèa. A punto está ya de enfrentarse al Don José bizetiano. Y al otro Rodolfo, el verdiano de Luisa Miller. Sin que, en estos nuevos empeños, la voz perdiera su atractiva regularidad sonora ni su personal y melosa belleza, su envolvente musicalidad e impoluta afinación,  al mismo tiempo que ganaba densidad y volumen.

En la primera parte del programa, el italiano, pasó el tenor un poco de puntillas por las tres canciones "a la manera antigua" de Donaudy dejando una más rescatable lectura de la última de ellas, la más frecuentada O del mio amato ben. En las tres páginas de Wolf-Ferrari, algo sosas y deshilachadas pero muy exigidas para el cantante, encontró Beczala sus necesarias dinámicas con una plenitud vocal que merecía mejores empeños. De las seis elegidas del catálogo de Respighi, dejó el intérprete muestra de sus gran clase, más que en Lagrime!, Scherzo o Stornellatrice, en las tres "meteorológicas" (Nevicata, Pioggia y Nebbie), con unos recursos expresivos y canoros de gran inteligencia musical, expuestos con una contagiosa convicción sobre todo en la última de ellas. La voz ya del todo caliente se expandió en Tosti, la voz corriendo con una desenvoltura típicamente mediterránea en L’ultima canzone, logrando un clima de íntima desolación en Chi sei tu ce mi parle y situando Ideale a la altura de las mejores (y tantísimas) versiones de tan popular página.

En la segunda parte, la del capítulo polaco, Beczala recuperó las Seis canciones op. 2 de Szymanowski que había grabado previamente en disco hace 20 años para el sello Chandos. Melodías áridas, de escasa expansión pero que obligan a la voz a transitar continuamente de su zona grave a la aguda, con repentinos y complicados saltos de octava a prueba de afinación que ponen a prueba la capacidad técnica del solista. Bezcala, desde luego, les dio su exacta consideración. Con las canciones siguientes, siete de Mieczyslaw Karlowicz, de desarrollo melódico más convencional y relajado y de mayor variedad expresiva, no le supusieron a Beczala ningún problema logrando con En el silencio de la noche unos acentos de intimidad que son justamente los apropiados. Las cuatro elegidas de Moniuszko, sencillas, agradables, compuestas claramente para servir al solista, permitieron a Beczala brillar de nuevo en especial en la muy atractiva Pequeña rosa silvestre con su peculiar y dichoso estribillo y en Cracoviano de pro donde logró insuflar la tierna ironía que impregna una página que no desmerecería figurar en alguna de las óperas del autor de Halka.

Para el recital zarzuelero contó Beczala con un pianista habitual en sus ciclos y de enorme prestigio acorde con su categoría: Helmuth Deutsch, quien como en anteriores ocasiones supo adaptarse a la voz y al repertorio para él no estrictamente habitual. Destacando en páginas proclives al teclado como en la algo schubertiana Con la hilandera de Moniuszko y en La princesa encantada de Karlowicz. 

Tres propinas generosas: la tan socorrida Mattinata de Leoncavallo, el canto de Ossian de Werther y un adiós a la vida pucciniano que, quizás, sea un anuncio de una próxima toma de contacto con Cavaradossi. 

Sin duda Beczala es el tenor polaco más famoso desde Jan Kiepura, Beczala, justamente nació el mismo año en que el mítico compañero y esposo de Marta Eggerth dejaba el mundo: en 1966 en dos ciudades apenas separadas entre sí por medio centenar de kilómetros.  Fue como si Kiepura quisiera trasladar su testigo tenoril a Beczala.