Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Apoteosis barroca entre olor a incienso

CRÍTICA / Apoteosis barroca entre olor a incienso


Rascafría. Iglesia del Real Monasterio de Santa María de El Paular. 28-X-2018. L’Apothéose. Obras de Haendel, Telemann y Bach.

Eduardo Torrico

Ir a un concierto y escuchar buena música, es lo habitual. Ir a un concierto y encontrarte con una buena interpretación, es relativamente fácil. Ir a un concierto y que la sala tenga buena acústica, es algo que sucede con cierta frecuencia (no tanta como sería de desear). Ir a un concierto y que la sala sea un monumento histórico, es algo que ya no se da con tanta asiduidad. Pero ir a un concierto y que concurran estas cuatro circunstancias, es algo que sucede muy pocas veces, lamentablemente.

Con la nieve cubriendo de blanco el valle del Lozoya, lo que se vivió el pasado domingo en la iglesia del monasterio de El Paular fue una experiencia cuasi mística, aunque las obras que estaban sonando no tuvieran nada de sacras y sí todo de profanas. Este pequeño milagro, entre olor a incienso y la deslumbrante visión del retablo gótico en alabastro que preside la iglesia, fue posible gracias a un joven grupo español especializado en música antigua (barroca y preclasicista) que no ha necesitado mucho tiempo para consagrarse como uno de los mejores del panorama internacional: L’Apothéose, es decir, la flautista Laura Quesada, el violinista Víctor Martínez, la violonchelista Carla Sanfélix y el clavecinista Asís Márquez. Quienes todavía no los haya escuchado tal vez todavía se sorprendan con la retahíla de premios que L’Apothéose ha cosechado en los últimos meses. Pero no se sorprenderán de ninguna manera quienes ya hayan tenido la dicha de hacerlo. Fenómenos como este se dan, créanme, muy de tarde en tarde.

El cuarteto seleccionó para esta ocasión obras de los tres grandes maestros del barroco alemán: Haendel, Telemann y Bach (aunque tengamos que
hacer un notable ejercicio de abstracción para considerar a Haendel músico alemán, porque por vivencia fue más inglés que nada y porque por música fue ciento por ciento italiano). De él, L’Apothéose eligió la bellísima Sonata nº 1 Op. 2, HWV 386, cuyo Largo es uno de los más sublimes pasajes alumbrados por el ser humano desde que el mundo es mundo, y que aquí sonó más venusto que nunca. Telemann aportó dos obras: la Lección sexta de Der Getreue Musikmeister (El conspicuo maestro del música) y la Sonata prima de los Quadri que el de Magdeburgo publicara en 1730. Y del eterno Bach, la Fantasía y Fuga para clave solo BWV 904 (magistralmente ejecutada por Márquez) y la Sonata sopr’il sogetto reale de la Ofrenda música, esbozo debido a Federico II de Prusia que Bach convirtió, como si tal cosa, en obra maestra.

Todo son virtudes en este grupo (bien dicho lo de grupo, que no ensemble, porque tocan siempre los mismos y, si no, no tocan). Su sonido es purísimo (¡qué traverso el de Quesada, sin el más mínimo de esos ruidos adicionales en la emisión a los que ya, por desgracia, damos como algo inevitable cuando se trata de otros flautistas!), su musicalidad es desbordante, su técnica apabulla (¡qué bien suena el bajo continuo)… No hay nunca, en ninguno de los cuatro, el más mínimo ademán de crispación. Es como si llevaran desde la misma cuna tocando esta música.