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CRÍTICA / Alicante / Consolidada batuta, por José Antonio Cantón.


ALICANTE. Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA). 9-II-2019. ADDA-Simfònica. Solistas: Stefan Dohr, Nury Guarnaschelli, José García y David Melgar (trompistas). Director: Lucas Macías. Obras de Händel, Mendelssohn y Schumann.

José Antonio Cantón

Anunciado como un concierto extraordinario fuera de los distintos ciclos que integran la programación general del ADDA, la recién creada orquesta de Alicante ADDA-Simfònica ha contado con la participación del director onubense Lucas Macías, extraordinario oboísta, actividad que le llevó a ser uno de los preferidos del gran director italiano, ya desaparecido, Claudio Abbado, para su muy escogida Orquesta del Festival de Lucerna. Su formación se ha desarrollado en la tradición austro-germánica con un toque de distinción francés en su etapa de director asistente de la Orquesta de París junto a su titular el británico Daniel Harding.

El maestro Macías se presentaba en el ADDA con un programa muy interesante, especialmente en su contenido concertante, con la interpretación de una obra poco frecuente en los auditorios como es Konzertstück para cuatro trompas y orquesta, Op. 86 de Robert Schumann, que propiciaba la oportunidad de escuchar a cuatro magníficos trompistas simultáneamente formando un cuarteto que ha tomado el nombre de la escuela Brass Adademy Alicante, liderado por Stefan Dohr, solista de la Filarmónica de Berlín, secundado por la argentina Nury Guarnaschelli, gran pedagoga de tal instrumento de metal y experimentada solista en las mejores orquestas del mundo, y completado por los dos trompas titulares de la orquesta ADDA-Simfònica, Daniel Melgar y José García que, en todo momento, estuvieron a la altura de tal excelsos colegas. En un alarde de lograda conjunción, el director atacó los primeros compases con enfático gesto y precisa indicación, dando lugar a que los solistas fueran exponiendo los temas del animado primer movimiento permitiendo su lucimiento, en el que destacó las exigencias en agudos que resolvía con gran magisterio Stefan Dohr. El segundo movimiento, una deliciosa romanza, produjo una dulce sensación en el oyente, de manera singular en la parte central, una especie de coral con su canto alternado entre la cuerda y las cuatro trompas. El ingenioso y vivaz último movimiento, que se presentaba sin solución de continuidad desde los últimos compases del segundo, fue el momento de máximo brillo tanto solístico como orquestal, dando el conjunto una sensación de plenitud musical realmente admirable. Los bravos se expandieron por el auditorio, hecho que llevó a que los cuatro trompistas interpretaran unos pasajes melódicos de Mendelssohn, anticipando sensaciones musicales de este compositor que, con su Sinfonía Italiana, Op. 90, iba a ocupar la segunda parte del programa.

Éste se inició con la interpretación de la siempre gozosa Música para los reales fuegos de artificio, HWV 365 del gran Georg Friedrich Händel. El controlado ímpetu con el que el maestro Macías dirigió esta obra contagió a la orquesta, haciendo que ésta resolviera con marcada tensión rítmica su intervención, que se esclarecía con la actuación de los músicos de viento que, levantados de sus asientos, asumían un curioso y a la vez interesante protagonismo en la interpretación, que terminó con una estimulante Rejouissence que dejaba la sensación del buen trabajo y entendimiento mutuo de director y orquesta.

Con una sutil pero a la vez incisiva determinación Lucas Macías planteó la interpretación de la Cuarta Sinfonía de Felix Mendelssohn. Es así que impulsó la presencia de los instrumentos de madera en el primer movimiento en perfecto equilibrio con la cuerda y las trompas, impidiendo cualquier decaimiento que suele producirse en el pasaje contrapunteado antes de su desarrollo central. El andante lo hizo discurrir con resignada elegancia, dejando en sus pasajes finales una sensación de interrogante serenidad en el oyente, matiz esencial para entender este movimiento. En el tercer tiempo realzó esa especie de continuado legato que lo caracteriza, haciéndolo animado y con una envolvente sonoridad contrastada por el sonido de las trompas, que destacaban en el trío central. El Saltarello que cierra la sinfonía fue campo propicio para desarrollar el entusiasmo que se vive dentro de la orquesta. Su ejecución reflejó el sentido dancístico que lo anima, acentuado por el buen tratamiento dinámico dado por el maestro, dentro de la dificultad técnica que suponen sus agregaciones instrumentales a una velocidad de alto riesgo. La sección de madera volvía a singularizarse en su parte central con gran  expresividad, algo que se agradece sea así comprendido. En definitiva un gran final para una actuación que no ha hecho sino dejar patente el veloz crecimiento artístico de la orquesta y la constatación de una figura consolidada en el panorama nacional de la dirección musical. En este sentido, Lucas Macías se reafirma como uno de los más singulares exponentes de su generación.