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CRÍTICA / 85 años nos contemplan


Madrid. Auditorio Nacional. 25-XI-2017. Orquesta Nacional de España. Joaquín Achúcarro, piano. Director: Pedro Halffter. Obras de Ravel y Strauss. 

Arturo Reverter

La convocatoria centraba su interés en ver y escuchar al maestro Achúcarro, recién cumplidas las 85 primaveras, que le encuentran en un pasmoso estado de forma, el propio de alguien que vive una eterna juventud. Y eso que, al parecer, por estos días se ha visto aquejado por un inoportuno ataque de ciática, algo que se pudo apreciar nada más salir el cojitranco artista al hemiciclo. Pero fue sentarse y enfrentarse al teclado y, al menos de puertas para afuera, desaparecer la sensación de cualquier tipo de problema físico.

Porque, en efecto, el pianista bilbaíno se enfrascó en la música con una frescura sorprendente; desde el inicial golpe de látigo del Concierto en sol de Ravel salió catapultado y engarzó sin pestañear sus rápidos florilegios, con un modélico y ya sabido empleo del pedal: dedos ligeros con justeza de ataque y esa ejemplar sonoridad muelle que es una de las características esenciales del piano de Achúcarro, que sabe unir precisión, nunca seca, a elegancia fraseológica; y una de las mejores demostraciones de estas cualidades la tuvimos aquí en los primeros compases del Adagio: eso es tocar con sentido en un permanente juego de sutiles claroscuros y variada acentuación. Tras las primeras escaramuzas de flauta y oboe le llegó el turno al joven corno inglés José María Ferrero de la Asunción, que tocó –quizá demasiado tímidamente- como los ángeles, ensoñándose sobre el caracoleo del teclado en unos pasajes memorables, en los que tomó cuerpo la inolvidable melodía nocturna. El Presto fue resolutivo y ágil tanto por parte del despierto solista como de la orquesta, bien animada por Halffter, que supo acentuar los aires jazzísticos. 

La tragedia que anida en el Concierto para la mano izquierda del mismo compositor quedó estupendamente expuesta en la negrura de los compases de apertura, que desembocaron en la primera gran cadencia del piano, expuesta con poder y vigor, con expresión y rotundidad en este caso. La afirmativa frase de siete notas en escala descendente, tan machaconamente repetida, tuvo aquí excelente traducción en un logrado ensamblaje general. Teclado y tutti se escucharon en todo momento aunque en el tercio final de la obra no hubiera una absoluta conjunción en algunos ataques. Luego, el pianista todavía tuvo arrestos pata ofrecer un regalo, Claro de luna de Debussy, tocado pausada y matizadamente, lejos de cualquier tipo de amaneramiento.

Hemos encontrado a Pedro Halffter con mejor semblante, incluso risueño en ocasiones, y una, aparente al menos, disposición para comunicarse con los músicos que la que habitualmente desarrolla al frente de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, de la que fue titular y a la que dirige todavía desde el foso del Teatro de la Maestranza. Menos rígido, más ágil y elegante, con movimientos bien y armoniosamente engarzados, se enfrentó a la ONE sin manejar, cosa curiosa y nueva para nosotros, la batuta, un adminículo que evitan utilizar cada vez más directores. No sabemos si ello mejora de verdad el efecto musical. Parecería que en obras complejas, tan copiosas y monumentales como la Sinfonía Doméstica de Richard Strauss, convendría blandirla. 

No es esa la opinión de Halffter, que en todo caso braceó en todos los planos y marcó compases con aplicación y un evidente entusiasmo hasta conseguir una versión muy estimable de tan enjundiosa y algo retórica partitura, la que describe un día familiar, con sus diversos episodios –despertar, comienzo del día, juegos del niño, baño del niño, escena de amor…- trabajada a lo largo de cincuenta minutos en un todo que contiene cuatro partes bien diferenciadas y unidas, las correspondientes a una sinfonía, bien que en realidad la obra pueda ser juzgada más como un gigantesco poema sinfónico.

El director, que ya se ha enfrentado en más de una oportunidad a la partitura, la tiene bien ahormada y digerida y fue exponiendo los distintos grupos temáticos, tan estratégicamente organizados por Strauss, con orden y sentido. En lo que podríamos considerar tercer tiempo, un Adagio, se produce una elevación de la temperatura hasta alcanzar el gran clímax amoroso. No acabó de redondearse en este caso la ejecución, ya que hubo un exceso de acumulación de planos, una falta de clarificación de las ideas que tornó la sonoridad demasiado espesa. En general tampoco se cuidaron, como habría sido de desear, los timbres, por lo que se produjo con frecuencia un inoportuno apelmazamiento. Con todo, la interpretación no fue desdeñable por que hubo efusión, temperatura, brillo ígneo en las frases de la cuerda, excelente labor de los múltiples solistas, los que han de servir una instrumentación tan copiosa, entre los que destacamos al oboe d’amore, solicitado por el compositor para algunos de los momentos más líricos y en los que su inspiración no conocía límites. Queremos destacar también la labor, como siempre, espléndida del trompetista Adán Delgado.