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Christina Scheppelmann



Christina Scheppelmann

Cuando, hace tres años, Christina Scheppelmann (Hamburgo, 1965) asumió la Dirección Artística del Gran Teatro del Liceu, conocía a fondo, y por experiencia propia, cómo era la tradición operística de Barcelona y la personalidad de un teatro en el que había estado antes varios años como asistente de Albin Hänseroth, fallecido en 2004. Sus lazos afectivos y familiares con Barcelona, que son sólidos —es nieta de catalana— jugaron a favor de su decisión de abandonar la Dirección de la Royal Opera House Muscat (Omán) para sustituir a Joan Matabosch en el timón artístico del coliseo de la Rambla. Sabe trabajar en equipo, conoce bien su oficio —ha sido directora artística de la Ópera de San Francisco y de la Nacional de Washington—, tiene las ideas claras y una agenda que le permite contratar, a veces en tiempo récord, a grandes divos. También sabe encajar las críticas con una sonrisa y su trato cordial no esconde un temperamento apasionado, sobre todo cuando defiende sus postulados artísticos con argumentos sólidos y saludable realismo. De hecho, en su gestión mantiene a rajatabla una premisa que es normal en los teatros estadounidenses, pero que en coliseos de la vieja Europa, en especial si están fuertemente subvencionados, no siempre se cumple: “Intentar gastar lo que tienes”. Parece sensato pero, claro, el margen de maniobra se reduce y “hay que buscar el equilibrio entre la ambición artística y los resultados en taquilla”.

Llegó al Liceu en un momento muy complicado, con una situación económica durísima —hay quien habló, sin tapujos, de quiebra técnica por el volumen de la deuda— y un nuevo equipo, liderado por Roger Guasch, cuyo principal objetivo era sanear las cuentas sin poner en riesgo la calidad artística y la imagen internacional del coliseo barcelonés. ¿Qué balance hace de estos tres primeros años llevando el timón artístico del Liceu?

Ha sido complicado. Estoy acostumbrada, por mi experiencia en todos los teatros en los que he trabajado en Estados Unidos, a gestionar los recursos económicos sin gastar por encima de las posibilidades reales que aseguran la sostenibilidad de un teatro. Hay que intentar gastar lo que tienes y, si puedes gastar algo menos, todo irá mucho mejor. Y hay que hacerlo sin bajar el listón de calidad. La calidad es lo más importante.

Cuando se presentó la actual temporada, le llovieron críticas por el sesgo conservador de la programación, con ausencia total de óperas del siglo XX, sin estrenos y sin ninguna apuesta por la creación actual...

Entiendo las críticas, pero en esta temporada tuve que cambiar en el último momento un título del siglo XX por motivos estrictamente económicos y al final este repertorio, que a mí personalmente me apasiona, no está presente en la programación. Como aficionada a la ópera, me encantan los clásicos del siglo XX y he vivido de cerca la creación de algunas grandes óperas contemporáneas en mis años en la Ópera de San Francisco, como Dead Man Walking, la primera ópera de Jake Heggie, compositor al que adoro y con quien mantengo una gran amistad. Tuve el placer de escuchar esta obra en primicia, con Jake al piano, y eso es una experiencia que nunca olvidaré. Ahora se estrena en el Teatro Real de Madrid y lo celebro, porque Heggie es ya el compositor estadounidense más representado de su generación. Pero no es cuestión de gustos personales, sino de posibilidades reales ante una situación crítica. Si el teatro está en la ruina, por responsabilidad artística no puedes poner un título que no atraiga al gran público. Así de sencillo. Tenemos previstos estrenos, como la ópera de Benet Casablancas L’enigma di Lea, con libreto de Rafael Argullol, la próxima temporada; la ópera Walter Benjamin, de Antoni Ros Marbà, que se estrenará en la temporada 21/22, y antes, en la temporada 20/21, podremos disfrutar del estreno de la nueva ópera de George Benjamin. Insisto, los criterios artísticos, si no son sostenibles, no valen para nada. Y creo que hay que programar con esas ideas bien claras. En el Liceu hemos pasado años muy complicados, con una situación económica muy grave. El presupuesto es de 42 millones de euros y de ellos 13 son para la parte artística. A mí me encantan Richard Strauss y Dmitri Shostakovich, que son clásicos, y si hablamos de creación verdaderamente actual, me gustan mucho las obras de Carlisle Floyd, William Bolcom o Thomas Adès. He visto varios montaje, muy distintos, de The Tempest, y El Ángel exterminador me parece una ópera extraordinaria, pero con un presupuesto tan ajustado como el que tenemos, es materialmente imposible dar satisfacción a todos los aficionados o pretender cubrir todos los repertorios. (...)

Javier Pérez Senz / Juan Lucas

(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 337 de SCHERZO, de ferbrero de 2018)

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