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¡Es la política, estúpido!



¡Es la política, estúpido!

La dimisión de Davide Livermore como intendente del Palau de les Arts vuelve a poner de manifiesto las carencias de un proyecto que comenzó hipertrofiado y lleva camino de terminar convertido en liliputiense. De los delirios de grandeza y de los gastos sin tasa se ha pasado a la contratación de alguien que no podía renunciar a sus trabajos privados a cambio de un sueldo que no está en el mercado de los grandes teatros de ópera pero que quizá no sea tan malo para un coliseo tan venido a menos como el valenciano. Carente, cuando se creó, de otro proyecto que no fuera el del mero boato, ahora, según lo declarado estos días, aspira a ser el foco de una política cultural sin mayor ambición que la de hacer creer que sólo lo nuestro tiene sentido, en la línea de esa concepción empobrecedora de las relaciones entre gestores y sociedad de la que ya se escribió en estas páginas a la hora de comentar el final de los Premios Campoamor en Oviedo. Se habla, en medio del desastre, de imitar a teatros que poco tienen que ver con el Palau de les Arts, como son el Liceu o el Real, o de armar comités asesores que decidan sobre cuestiones artísticas, como si en los casos citados las decisiones se tomaran de manera asamblearia y no gobernaran quienes saben hacerlo y han sido contratados para ello. La demagogia del caso cita a Plácido Domingo como opinador de ocasión o vuelve sus ojos a procedimientos administrativos que convierten el arte en papel timbrado. La pura realidad es que, desde el principio, el Palau de les Arts ha carecido de horizonte razonado, de proyecto cultural sólido y sostenible para después que se fueran sus carísimos directores musicales; no ha sabido gestionar una orquesta extraordinaria ni hacerse imprescindible para la sociedad valenciana, quedándose más en el orgullo ante un contenido también de dudoso origen que en la idea fundamental de devolver a la sociedad lo que esta puso en semejante artificio. Ahora vendrán los jueces y luego los interventores y más tarde los recomendados de un poder político que no quiere ni puede, por pura y simple incompetencia, jugar el papel de gestor prudente capaz de exigir porque conoce la realidad de un teatro de ópera. Y, en el mejor de los casos, seguramente no dará tiempo a que el remedio, si lo hubiere, actúe en un enfermo que parece en las últimas.

Bien ha acabado, sin embargo, según sus muñidores, la huelga de la Orquesta Sinfónica de Euskadi tras la patada dada en el culo de la ABAO a su Dirección General, de la que han arrancado, todo hay que decirlo, un excelente convenio. En episodio bastante irregular, los músicos de la formación vasca han generado en ABAO una crisis de confianza que se podría haber evitado simplemente declarando la huelga en su propia casa, que es lo suyo, y no en la de un contratante externo y de buena fe. Este, por otra parte, tampoco lidió con la situación de manera demasiado airosa, con la realidad por delante, proponiendo la devolución del importe de las localidades a quien no quisiera asistir a una ópera acompañada al piano pero explicando que el roto que se hacía a las arcas de ABAO era irreparable y el año próximo se debería programar un título menos. Esto, tan fácil de entender, no se hizo y se perdió una oportunidad de que abonados y directiva remaran esta vez en la misma dirección. Naturalmente, la culpa no es de ABAO sino de los trabajadores de la OSE, que debieron llevar la huelga a sus programas de abono y con su director titular y no fuera de casa mientras se lavaban las manos.

Son dos episodios diferentes pero que muestran cómo las cosas pueden hacerse mal, de mejor o peor fe pero mal, y cómo el resultado actúa en contra de sus protagonistas directa o indirectamente. El Palau se hunde y ABAO no querrá volver a contratar a la Orquesta Sinfónica de Euskadi, cosa que a sus protagonistas parece importarles muy poco porque, en un caso como en otro, ya se saben la causa y la solución: “¡Es la política, estúpido!”

Editorial publicado en el nº 336 de SCHERZO, de enero de 2018.

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