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Gombrowicz: teatro, disparate y musicalidad




PorSantiago Martín... - Publicado el 16 Marzo 2011

Gombrowicz: teatro, disparate y musicalidad

Tengo delante el libro publicado en 1968 por Cuadernos para el diálogo, Yvonne, princesa de Borgoña, de Witold Gombrowicz, en versión española de Álvaro del Amo. Un libro imposible de encontrar hoy, desde luego. Y acaso no publicable, porque dentro del retroceso cultural de nuestro tiempo uno de sus síntomas es que no se lee teatro. Lo tengo delante porque lo vuelvo a leer ahora que Cyprès nos trae la ópera de Philip Boesmans basada en esa obra disparatada. Ya se lo cuento a los lectores de Scherzo en una reseña sobre esta ópera.

Boemmans sigue una de las versiones de Witoldo (así lo llamaban en Argentina, donde vivió mucho tiempo). Y es que Gombrowicz “arregló” su Yvonne varias veces. De la muchacha que parece tonta de baba en una corte en la que la frivolidad bordea el crimen, el autor dio varias versiones. Cada vez decía menos cosas, y eso que decía muy pocas. En la última versión Witoldo la dejó muda. Así que Boesmans se atiene a la versión segunda, donde la chiquilla todavía dice o balbucea alguna cosa. Es interesante constatar que Boesmans regresa al idioma francés, que no frecuentaba en ópera desde La Pasión de Gilles.

Siguieron a ésta tres óperas en alemán, Reigen (La ronda, según Schnitzler), Wintermärchen (Cuento de invierno, según Shakespeare) y la magistral Julie (La señorita Julie, según Strindberg). Sólo Schnitzler, aunque vienés, escribía en alemán. Atención: Yvonne se publicó en polaco antes de la segunda guerra, pero el autor y su obra adquirieron notoriedad con versiones como la francesa. Polonia tenía artistas insuperables, pero no tenía “amplificador”. Francia lo tenía aún en los años sesenta.

Boesmans corta mucho el texto, pero eso no importa. Importa más la lentitud a la que somete un texto que quién sabe si no tendría que ser más vivo. No quiero repetir lo que ya dice el artículo de la revista: que la orquesta constituye la dramaturgia por su presencia, color, alcance.

El polaco Witold Gombrowicz (1904-1969) no pertenece a ninguna escuela. Es él mismo. Estamos de acuerdo con él, que lo reclamó así. Pero se encuentra dentro de una estela, de un clima que afecta a toda Europa. Esa estela o clima ha dado lugar a los surrealistas primero, al teatro del absurdo mucho más tarde, al esperpento de Valle entre nosotros, e incluso a Kafka (divertidísimo Kafka, que tan serio se pone cuando lo traducimos al español y a otras lenguas; servata distantia, le pasa lo que a Chéjov, cuyos personajes muestran entre nosotros una acritud y una melancolía indebidas, de manera que convertimos lo oculto en lo obvio). Gombrowicz, además, pertenece a un país cuya historia, como hemos dicho a menudo, no tiene que ver con otras historias. País mártir, país esclavizado por civilizaciones inferiores a la suya, país lírico, país de mucho pathos y mucho heroísmo, que accede a una independencia truncada (aunque las hubo peores: Hungría) y se convierte poco a poco en un país chauvinista, ultranacionalista, de un catolicismo excluyente que además se pretende liberador… No es extraño que varios escritores del periodo de entreguerras se conviertan en autores satíricos o que vean el mundo a través del disparate. Yvonne es una de esas obras cuya estilización llega a lo que nosotros llamaríamos el esperpento. No tiene nada que ver con el teatro del absurdo, aunque la pereza de los chicos de alguna prensa cultural lo haya pretendido así, para no complicarse la vida y seguir desconociendo lo polaco. No saben lo que se pierden.

Confieso que no admiro tanto al Gombrowicz teatral de Yvonne (ni al de Opereta) como al autor de Ferdydurke o Pornografía (que en España se publicó, en aquellos tiempos, con el título de La seducción, era inadmisible eso de la pornografía: tengo el libro todavía, puedo probarlo).  Y me encanta el de los Diarios de Argentina y, en especial, el de los Recuerdos de Polonia, un retrato espléndido de ese interesante, inquietante, desaparecido mundo del periodo de entreguerras en Varsovia; y no sólo en Varsovia. Por allí aparecen sus compañeros y rivales de fatigas, el desdichado artista gráfico y escritor judío Bruno Shulz, y el visionario que se suicida precisamente en septiembre del 39 porque su anunciado apocalipsis ya llega, Stanislav Ignacy Witzkiewicz.

Ahora bien, puedo comprender por qué estos textos le gustan tanto a los directores de escena y a los compositores. Porque hay una musicalidad en ellos que trasciende el caos; o al menos el desorden, disculpen ustedes. El disparate, el esperpento, la caricatura, la burla, todo ello se da en música y en danzas tanto en Yvonne como en Opereta. Algo menos en El casamiento. Los tres textos teatrales de Gombrowitz, en fin, han atraído la atención de compositores. Y más de una vez.

No crean que Yvonne se estrenó en Francia o en algún país del occidente europeo. No. Fue en su propio país, en Polonia, cuando tras la etapa estalinista la gente trató de respirar un poco y le hizo un hueco al exiliado. Al parecer, se representó en Varsovia ya en 1957, con puesta en escena de Halina Mikolajska. El papel de Yvonne, mucho más lucido en teatro dramático que en ópera, lo interpretó Barbara Krafftowna. No me digan que no la recuerdan, por favor. Es Camila, en Manuscrito encontrado en Zaragoza, maravillosa película de Wojciech Has. Es Stefka en Cenizas y diamantes, una de las primeras entregas del insuperable Andrzej Wajda, pocos meses después de esta Yvonne. Un talento, una belleza, todo. No tenemos foto de aquella primera Yvonne, así que les ponemos a ustedes una de la actriz en la película de Has, de 1965, en una escena con el protagonista, el legendario Zbigniew Cibulski.

Barbara Krafftowna

Lástima que el estreno de Yvonne en Polonia se viera seguido de su retirada, esto es, su prohibición, después de su éxito inicial.

Pero, en fin, fue la traducción y el estreno francés lo que empujó la obra. Se dice que Witoldo no iba nunca al teatro, ni siquiera a ver sus obras. Parece ser que un día se pasó por Niza y vio Yvonne en un teatro de la ciudad. Fue en 1967, dos años antes de su fallecimiento a los casi 65 años. ¿Una concesión?

En la revista damos más detalles sobre registro, intérpretes y mundo sonoro. No es cuestión de repetirse. Por el momento, recordemos que esta es al menos la tercera vez que Yvonne se convierte en pieza para el teatro lírico. Antes le habían dedicado su música el alemán Boris Blacher (1973) y el polaco Zygmunt Krauze (hace muy poco, en 2004).