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Don Carlos, hace un año




PorSantiago Martín... - Publicado el 26 October 2010

Don Carlos, hace un año

¿Hasta qué punto la libertad poética, la licencia poética, son legítimas? Si no fuera por ellas, no existiría el Borís Godunov de Pushkin, y en consecuencia tampoco el de Musorgski. Pushkin y Musorgski, y con ellos los guías que te llevan por Moscú y también los que días más tarde te enseñan Uglich, le echan la culpa al zar Borís de un crimen que no cometió, que no pudo cometer, que era imposible que cometiera. Y hasta las propias tumbas del Kremlin le son negadas. Porque la leyenda viene de antes. Pushkin la aprovecha, aunque humaniza al zar que presenta como usurpador. Entre paréntesis: la tragedia está en que en el pecado lleva Borís la penitencia. Pero si Shakespeare pintó un Ricardo III bastante inventado, ¿por qué no iba a hacer lo mismo Pushkin con Borís Fiodórovich? Además, Ricardo es antipático desde el principio, mientras que Borís nos conmueve.
 
Otro que se inventó un tirano y, sobre todo, un héroe imposible, fue Schiller: el rey Felipe y el infante Don Carlos. Schiller explotó la leyenda negra española, como hizo Goethe en esa obra exaltada y bastante falsa que es Egmont. Falsa en lo literario y teatral, no en sólo en lo histórico. Menos mal que Beethoven le puso música. El Don Carlos de Schiller da lugar al Don Carlos de Verdi. Romanticismo y falsedad histórica, somos los buenos frente al antiguo régimen. Un aparatoso auto de fe que sirve para creer que la tiranía, en el siglo XVI y aun más tarde, era cosa sólo de la siniestra corte de los Austrias (que le hizo más daño a lo que3 ahora llamamos España que a cualquier otra, y que fue una dinastía importada… de Flandes). Mientras, qué importa que la Italia liberada por Garibaldi se convirtiera en un baluarte del antiguo régimen y en un reservorio letal. Qué importa que toda Europa fingiera ser burguesa aunque en realidad fuera sierva de los palacios remozados por nuevas alianzas en el Gotha. En fin, pobre Don Carlos, el verdadero, qué diría al verse retratado en ese fiero tenor, enamorado y apoyándose como en muletas en cierto noble improbable y anacrónico, el marqués de Posa: cómo he crecido con el tiempo.
 
Pero un español de los de verdad ha venido a vengar tanta ignominia. Calixto Bieito, especialista en empequeñecerlo todo, ha reducido la falsedad del Don Carlos al chafarrinón, al chiste fácil, a lo chocarrero, a lo coplista, a la tauromaquia barata. Ni siquiera ha provocado indignación. Sólo encogimientos de hombros: ya sabemos qué nos espera en estos teatros públicos que han decidido no cumplir con su deber público y mantenerse como ganaderías al servicio de intereses privados. El Centro Dramático Nacional, que en los últimos años acoge muy a menudo mediocridades o teatro basura, ha cumplido una vez más con su propósito. Y no era más que el comienzo de una temporada rica en calamidad, la temporada pasada. De esto hace un año y pico, pero hace un pico yo no tenía esta bitácora. Y lo explicó muy bien Marcos Ordóñez en El País.
 
Por cierto, el año anterior al anterior habían comenzado con otra coseja llamada Borís Godunov, que no tenía nada que ver con Pushkin ni con Musorgski, sólo era una ocurrencia bastante tonta de la Fura del Baus, idea acaso feliz cuando te la cuentan, y desdichada cuando la llevas a la práctica, sobre todo si tu ciencia teatral es escasa. Ah, la Fura, grupo excelente al crear imágenes, pero al que siempre le falta nivel intelectual y su miajita de cultura, que en oficios como éste no sobra, aunque goce de cierto desprestigio en el medio (un medio algo lector de periódicos; de libros, menos; un medio que adora las cositas de rabiosa actualidad, que a veces trata de rivalizar con Informe semanal.)
 
Cuentan de cierto nibelungo llegado a más, hijo de la gleba, lo siguiente: después de pasar por el lecho de una dama aristocrática que había sido señora de horca y cuchillo del buen padre de aquél, el saciado lúbrico se asomó a una ventana y exclamó mirando al paisaje interminable de los olivares: Padre mío, estás vengado. Asimismo, Bieito podría exclamar: Felipe segundo, estás vengado. Fíjate si lo estás, que hasta los papanatas del medio festivalero de la Mittleuropa me jalean, me aplauden, me alaban, me contratan. Los que tenían que defender siquiera un poco la dignidad de ese tal Schiller. La festivalitis tiene eso, que permite que todo se confunda como melting pot, cuando no es sino confusión. Los compatriotas de Schiller aceptan el jibarizadísimo Don Carlos de Bieito, así que los demás tienen que callarse, ¿no es así? Qué macho soy, he reducido a Carlos a lo que de veras fue, un sobnormal, al que ponemos cascos para que oiga eso que los chicos jóvenes llaman música. Lástima que, de paso, todos se subnormalicen. En cuanto al heroico marqués, ya le hemos dado un buen repaso, porque aquí no hay música, no hace falta un barítono con dignidades vocales e histriónicas. Basta con un rejoneador bajito. Va por ustedes, dice Posa, con fondo de pasodobles toreros, aunque podría cantar boleros: “dicen que la distancia es el olvido…” Lástima que la actriz que hace Isabel de Valois se negara a cierta manipulación con el jovencito que hacía de prota (me aseguran que era un actor). No quiso, oyes, la tía no quiso, hay que fastidiarse.

Rubén Ochandiano (Don Carlos) y Carlos Hipólito (Felipe II) en Don Carlos de Schiller, dirigida por Calixto Bieito. Foto David Ruano.