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El camello ausente




PorSantiago Martín... - Publicado el 08 Febrero 2011

El camello ausente

En 1976 se estrenaba en Valencia (Teatro de la Princesa) y en Madrid (María Guerrero) la obra teatral 7000 gallinas y un camello, de Jesús Campos (Jaén, 1938), en el que la música tenía un papel muy principal. Era el alimento de las gallinas, algo que estaba de moda entonces, no sé si ahora. La música fue La Primavera, de Vivaldi, con una orquesta de cámara auténtica ante la espléndida escenografía del propio Campos. Pero también tenía que haberse oído el Concierto de Aranjuez, a lo que se negó el maestro Rodrigo, porque su música no era para que las gallinas pusieran huevos, según expresó el compositor. Tal vez sí lo era para que Richard Anthony la convirtiera en un hit, años atrás. Mas este montaje –que algunos calificaron de inolvidable en reseñas entusiastas- no limitaba la música a la “clásica”. Allí estaba, como cantaor, como actor y puede decirse que como acróbata, nada menos que Enrique Morente. Y el grupo de rock sinfónico ‘Zumo’. El protagonista era el extraordinario actor Carlos Mendy, junto con Isa Escartín, Kety de la Cámara, Alberto Bové, Ana-Viera Solares y Enrique Espinosa, además del propio Morente. La pieza era pura vanguardia de la época de transición, en clave realista y con sugerencias muy ricas. Ni Morente ni todos los que participaron en aquel montaje olvidaron nunca aquella experiencia vanguardista. 7000 gallinas retrataba el enfrentamiento entre la moral gallinácea y el idealismo del camello. Por imperativos comprensibles, en la puesta escena aparecían las gallinas (unas reales, otras de atrezo), pero no el camello. Sin embargo, Campos tuvo un camello, uno de los que “actuaron” en Lawrence de Arabia, rodada cerca de su cortijillo, en Almería. Lo paseó, pero los camellos no entienden de escaleras, y en los teatros hay muchas. El medio era rural, aunque no se trataba de una comedia ni mucho menos de un drama rural. Campos se valía aquí de sus habilidades, algunas de las cuales todavía hoy día conserva y ha aumentado: su excelente oficio de dramaturgo, la cantidad de cosas que tiene que decir, su gran oficio como decorador y escenógrafo… y su experiencia como avicultor. Esta última cualidad creo que no la ha desarrollado desde entonces. Pero es mucho mejor director de escena.

Reproducimos no sólo la portada, sino también la magnífica maqueta de la escenografía; que, según cuenta Campos, convenció a muchos del ministerio (información y turismo, ojo: el de propaganda) de que aquello era una cosa seria. Y también traemos una escena de aquel estreno memorable, en que se puede ver a un jovencísimo Enrique Morente, tan llorado, y con razón, por su fallecimiento en diciembre pasado.

Los prólogos de Jardiel a sus comedias son de auténtico regocijo. El cotilleo y el chisme se han convertido en algo mejor: auténticos documentos. Lástima que esos libros sean hoy poco menos que inencontrables y que no se reediten. Somos una cultura (¿cultura?) de memoria corta. Este libro incluye, claro está, el texto íntegro de 7000 gallinas y un camello, premio Lope de Vega en 1974. Pero el autor añade un Cuaderno de bitácora que nos hace palidecer de envidia con estas bitácoras nuestras. En ese cuaderno se nos cuentan las vicisitudes con aquel ministerio tardofranquista, obligado al estreno de la obra, en un momento tan especial como la transición política. Los detalles son demasiados como para tratarlos aquí. Por ahí desfilan los censores funcionariales con vocación de crítico teatral, los que serán supervivientes del régimen para escarnio de esta sufrida profesión, pero también los que ayudan y apoyan el proyecto de Campos. Leer ahora sobre el encono de aquéllos contra este proyecto resulta sorprendente. Llegan incluso a crearle leyendas irracionales. Sorprende tanto, que no nos extraña que, llegada la democracia, directores del Teatro Español como Miguel Narros consiguieran que desapareciese la cláusula de obligatoriedad del estreno del Premio Lope de Vega. Que ahora depende de la voluntad del director (el que esto escribe tuvo suerte cuando le otorgaron el premio). Coincidió esto con la democracia, que a su vez coincidió con el intento de eliminar al autor vivo de las carteleras, empeño todavía mantenido por muchos gestores de la cultura. Quién nos lo hubiera dicho.

Cuando están a punto de estrenar en 1975, se incendia en medio de un ensayo el Teatro Español, en el que iba a estrenarse la pieza. Recuerda mucho el incendio que veinte años después sufrirá el Liceu de Barcelona. Pero el Liceu se quemó por completo. Campos, Chapete (el regidor) y otros miembros del teatro consiguieron evitar la catástrofe total con mucho riesgo. Porque no funcionaba ninguna medida de seguridad, ni siquiera las mangueras, que se hubiera dicho que estaban allí de adorno. El entonces alcalde de Madrid, García Lomas, parecía pretender el derribo definitivo del teatro, una ruina, una antigualla que sólo podía traer disgustos, caramba. La tenacidad, la lucha de Campos llevó al estreno de la obra, por fin. Contra viento y marea. Contra la burocracia de los que están en contra de aquello que tendrían que facilitar: la creación contemporánea, aunque sea obra de miembros de ajenos clanes. Y también con el apoyo de un nuevo director general de teatro y espectáculo, Francisco José Mayans, más propicio al plan de Campos. Todo hay que decirlo. El caso, es que a Campos algunos no se lo perdonaron nunca.

Esta obra repleta de música se reproduce en este bello libro que publica la Junta de Andalucía. La pieza, las fotos, los carteles, las maquetas del decorado, todo ello se ve enriquecido por una amplia reseña de las críticas encontradas y a veces virulentas o entusiastas de la época. Esta parte es obra de la investigadora Berta Muñoz Cáliz, autora de una amplia y riquísima monografía sobre la censura teatral (Fundación Universitaria Española, 2006). Por su parte, Julio Huélamo, director del Centro de Documentación Teatral (INAEM, Ministerio de Cultura), sitúa en un amplio y documentado artículo el estreno de esta obra de Campos en medio de la realidad teatral del momento, y también la realidad política cambiante de ese preciso año 1976. Además, hay en este libro “de lujo” una cronología y una bibliografía sobre Jesús Campos, que es uno de los dramaturgos más importantes de los últimos treinta años. Aunque algunos no se lo hayan perdonado.