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Una tarde en el París de los cincuenta

Una tarde de hace más de cincuenta años un joven de dieciocho año deambulaba sin mucho que hacer por les Champs Elysées. Había venido hacía unos meses a París a tratar de ganarse la vida y sobre todo a aprender lo que no se podía aprender por entonces en nuestro país. Eran tiempos turbulentos, Francia vivía al borde de una guerra civil. París sufría una tremenda tensión social. ¿Quién sabía lo que iba a ocurrir cuando Francia tenía como fondo político un guerra terrible en Argelia y el Frente de Liberación Argelino controlaba algunas pequeñas partes de la capital? Una especie de encubierto toque de queda en París podía llevarte, cuando un agente de la policía te consideraba sospechoso, a que con una metralleta apuntándote te obligaran a levantar las manos y a que un uniformado te pidiera los papeles, te cacheara y, según su humor, te dejara seguir paseando o te llevara esposado (por si acaso) hasta la comisaría más próxima.
Esa tarde fue más tranquila. El muchacho de dieciocho año se fijó en los carteles que anunciaban para esa noche un concierto en el Theatre des Champs Elysées: André Cluytens dirigía a la Orquesta del Conservatorio de París con un programa que incluía la Sinfonía de César Franck, el Concierto para piano Nº1 de Chaikovski con un solista llamado Emil Gilels y una suite de El pájaro de fuego de Igor Stravinski. El llevaba muy poco dinero encima, entre otras cosas porque vivía como un vagabundo y esa misma noche tenía que acudir a Les Halles para ganarse el sustento descargando en los almacenes de frutas las cajas que venían en grandes camiones, casi todos procedentes del Levante español. Leyó tres o cuatro veces el anuncio. Le gustaba la música con pasión pero llevaba el dinero justo para tomar un café con leche y un "perro caliente" antes de ponerse a trabajar. Al final se decidió. Contó el dinero y fue hasta la taquilla. Compró una entrada en el "gallinero" más alto del teatro y desde allí escuchó una música tan espléndida que nunca olvidó. La obra de César Franck es una de sus preferidas después de aquella inolvidable interpretación y también el concierto de Chaikovsky, interpretado por un mago del piano que tampoco olvidará.
También vio aquella noche ponerse en pie a todo el mundo cuando entró en la sala el ministro de Cultura francés, un escritor llamado André Malraux. Lo vio muy pequeño en la distancia desde su pobre mirador. Luego escuchó a la orquesta tocar La Marseillese y vio a un hombrecillo con gafas de miope que se sentaba en la primera fila del gallinero y que se volvió hacia él con los ojos empañados en lágrimas susurrándole con voz estrangulada, "C´est trés jolie La Marseillese!". Le respondió que sí. ¡Como no lo iba a ser!
Han pasado los años, demasiados, para el muchacho que entonces tenía dieciocho y que cree que nunca se le borrará de la memoria la figura de Cluytens dirigiendo la obra de César Franck y a Gilels tocando Chaikovsky. Era el primer concierto sinfónico al que asistía en su vida aunque ya había escuchado tocar el piano a Friedrich Gulda. Aquella noche tuvo que trabajar en Les Halles hasta el amanecer.











