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Un hombre íntegro

Hace un par de días me ha llegado la noticia de la muerte en Reikiavik de Jaime Salinas. Jaime Salinas, hijo del gran poeta y estudioso de la literatura Pedro Salinas, fue un exiliado la mayor parte de su vida como tantos hombres y mujeres de este país, empujados al exilio por un régimen criminal.Hombres y mujeres cuyo delito fue ser republicanos. Jaime Salinas era un adolescente cuando se marchó. Luego hizo la guerra como voluntario contra el nazi-fascismo en el ejército norteamericano. Año más tarde, al final de los cincuenta, si no me equivoco, volvió a España, a Barcelona, donde trabajó en una editorial. Luego se instaló en su ciudad natal, Madrid, y fue uno de los fundadores de Alianza Editorial. Era de verdad un gran editor, un hombre con ideas renovadoras y un excelente administrador.
Fue entonces cuando le conocí. Jaime trabajaba junto a Javier Pradera, Monique Acheroff y Daniel Gil. Era en una editorial recién nacida y llena de proyectos, que salió adelante en momentos no muy favorables, con una censura en la que, naturalmente, reinaba la estupidez. En aquellos tiempos ya andaba metido en lo que un alma buena llamaría "líos políticos" y me había quedado sin trabajo porque la empresa donde trabajaba me había puesto en la calle acusándome, "sotto voce", de actividad subversiva. Todo un honor pero que solía tener complicaciones en las que andaba metida un siniestro aparato represivo llamado Brigada Político-Social. Quedarse sin trabajo, cualquiera que sea la razón, es terrible porque miras a tu alrededor y te encuentras con muchas más puertas cerradas de lo que podías pensar. Y, entonces, casi nadie quería tener tratos contigo. El régimen de Franco duró tantos años porque llevaba en la mano un arma infalible, llamada terror, que funcionaba las veinticuatro horas del día.
He dicho "casi" con toda intención. Dio que un día, porque me lo dijeron Monique y su marido, Daniel Gil, ese artista excepcional que revolucionó para siempre la hechura de los libros en nuestro país, me recomendaron que probara fortuna en la editorial donde trabajaban ellos, pero donde no eran los jefes, por entendernos. Acudí, pues, a la joven editorial con cierta esperanza y ahí encontré a dos amigos aquel mismo día que se llamaban así: Jaime Salinas y Javier Pradera. A Javier lo conocía - a fin de cuentas los dos entonces navegábamos en el mismo barco- pero a Jaime no. Salí de allí con un libro para traducir bajo el brazo, de la antropóloga norteamericana Ruth Benedict y la promesa de otros trabajos- que se cumplió. Barbara McShane - es decir, mi mujer- y yo pudimos ver un poquito de luz al final de un túnel bastante negro- no digo muy negro porque a otros como yo les fue mucho peor.
No traté lo que hubiera querido con Jaime Salinas pero si lo suficiente para saber que era - como se decía antes- todo un hombre. Recuerdo la alegría con que recibió la noticia de que yo iba a publicar lo que fueron cinco libros en la editorial- Alfaguara- que él había dirigido. Y una larga, larguísima conversación, hace unos cuantos años, en su hermosa casa del barrio de La Latina cuando yo preparaba un libro que se tituló Crónica de los años perdidos, que es un recordatorio de los años sesenta. Para escribirlo quería hablar con quienes los habían vivido de manera parecida a como los había vivido yo.
Tengo para mí que Jaime Salinas fue en gran medida un "exiliado interior", ese nombre que le puso a una novela que apenas ha tenido eco en España otro querido amigo también fallecido, Miguel Salabert. Jaime tenía. ese estilo, hablando y sabiendo escuchar, que hoy suena a imposible, que tenían los intelectuales, hombres y mujeres de aquella gloriosa Generación que fue la de la II República. Era el lenguaje de la libertad.
No sé cómo decir que cuando escuché la noticia de la muerte de Jaime Salinas me emocioné porque supe que habíamos perdido a un hombre íntegro, al que a mi manera había admirado y querido de verdad.











