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Música y detectives

A Kurt Wallander, el más célebre de los detectives actuales, le gusta la música de ópera, sobre todo si la canta el gran tenor Jussi Björling. De vez en cuando, si su vida se vuelve insoportable o si sencillamente no acaba de encontrar la pista de un criminal, se encierra en su casa y pone un disco. Sherlock Holmes por su parte tocaba el violín -y de paso le daba a la morfina, a la cual era adicto. Son dos ejemplos de la utilización de la música como arte en el que reposar cuando vienen, como se suele decir, mal dadas. ¿A cuanta gente habrá servido la música de reconfortante desde que hombres y mujeres son hombres y mujeres? Vaya usted a saber. Pero cuando se recorre la historia de la gran música no es que desborde felicidad precisamente : los útimos años de Mozart debieron ser terribles, como lo fue gran parte de la vida de Beethoven, de Schumann, de Schubert, de Brahms y de tantos otros. Mahler tuvo una infancia y una adolescencia desgraciadas, y Alma le amargó sus años crepusculares. Bartok murió en la antesala de la miseria. Bruckner fue incomprendido y únicamente un puñado de jóvenes creyó en su música. Schoenberg pasó sus años californianos con la obsesión de la muerte. Alban Berg pereció de una septicemia motivada por la avaricia patológica de su mujer, que además era nazi convencida. Roberto Gerhard no tenía un duro. Shostakovich tuvo que doblegarse una y otra vez ante la prepotencia de miserables como Zhdanov y compinches, dispuestos a prepararle una hoguera metafórica en cualquier momento, lo que le conduciría si no a un tiro en la nuca si a una Siberia real y aniquiladora. Los ejemplos se podrían multiplicar.
Repasando biografías de grandes músicos únicamente encuentro un cierto alivio en Zemlinsky que, feo y escasamente reconocido en su época, al parecer tuvo fuerzas en sus últimos días para seducir a la joven y hermosa enfermera que le atendía en un hospital norteamericano. No se trata de que yo no crea en la función aliviadora de la gran música. Se trata de que me suena a extraño cierto tipo de pasión por esa gran música.












Admirado sr. Alfaya: parece que al menos dos de estos grandes músicos habrían podido ser menos desgraciados si sus mujeres no hubieran sido tan terribles. ¡Cómo son esas mujeres! Me gusta mucho su artículo así como haber metido la nariz en estos blogs de Scherzo. Saludos desde la otra orilla.