El Blog | Blas Matamoro
Dicha y desdicha musicales

Hace unos cuantos siglos, Platón nos previno acerca de la música y la poesía, la divina locura poética que, de algún modo, envolvía a las dos. La poesía platónica convence y seduce pero no demuestra racionalmente nada, de modo que tanto exalta como desazona y paraliza el alma. No discurre, queda fuera de la plenitud del ser y se estanca en el mundo de las apariencias. Bellas, sí, pero sólo aparentes.
Armoniosamente

Algunos dicen que Pitágoras nunca existió. Lo cierto es que sigue existiendo gracias al pitagorismo. Su biógrafo Jámblico, seguramente convencido de su realidad, nos cuenta puntuales y tangibles anécdotas de su vida. Una de ellas tiene que ver con el descubrimiento de la armonía. Se hallaba el maestro haciendo de herrero, modelando una pieza a golpe de martillo. Notó que la producción de las diferentes notas dependía no tanto de la intensidad de los martillazos sino del peso del instrumento.
Bach ante Dios

Los penúltimos días era una sección mensual que el entonces joven escritor argentino Héctor A. Murena (1923-1975) publicó en la revista Sur de Buenos Aires entre 1949 y 1950. La serie completa puede leerse ahora en la edición de Patricia Esteban para la firma Pre-textos de Valencia. En una de aquellas breves piezas apunta Murena: “La Partita número tres de Bach. Escrita ante Dios.
Empuñar la batuta

Es fama que Stravinski dijo alguna vez, oyendo doblar las campanas de San Pablo de Londres, que la mejor manera de dirigir una orquesta es imitar al campanero: tirar del badajo y que la campana suene sola. El que está a ras de tierra, en el piso de la torre, no se entera del resultado y éste, en objetiva libertad, será el óptimo. Refiere la anécdota Enrique Jordá en un libro sólido, inteligente y ameno, cuya lectura recomiendo: El director de orquesta ante la partitura.
Un sociólogo músical

Quizás haya pocos sociólogos músicos pero haberlos haylos y algunos muy ilustres como Max Weber y Claude Lévi-Strauss. Hoy me refiero al norteamericano Richard Sennett y a su libro Juntos. Rituales, placeres y política de cooperación (traducido por Marco Aurelio Galmarini para Anagrama de Barcelona). Sennett ha sido violonchelista y director de orquesta y, en este volumen, hace interesantes reflexiones sobre la interpretación musical como paradigma de lo social y cooperativo del ser humano.
La sastrería de los dioses

Wagner escribe al director de orquesta Hans Richter en el verano de 1869 –el editor de la correspondencia, Ludwig Karpath, no atina a mayores precisiones– una carta en la que trata, entre otros asuntos, del vestuario más apropiado para unas representaciones de su tetralogía.
Las corcheas y los dólares

Algún aniversario de George Gershwin nos sirve de excusa para volver inútilmente sobre su figura y su obra. Digo inútilmente porque la vigencia “corporal” de sus músicas puede prescindir tranquilamente de otras informaciones. Escuchamos, tarareamos, silbamos y – los más cuidadosos – aprendemos alguna letrilla en inglés montada sobre sus corcheas.
Construir y destruir

Dicen los arquitectos, cuya tarea es la construcción, que construir es, a la vez, destruir. Quien eleva un edificio acaba con parte de un paisaje o tiene que demoler una vieja estructura para dar paso a la nueva. La música, que es una arquitectura en movimiento, ofrece una similar dualidad.
Cosas de la crítica

El mito de Fausto, justamente considerado alemán, ha merecido, sin embargo, mayor atención operística en tierras latinas: Berlioz, Gounod, Boito, Busoni. En 1859, Gounod estrenó la que es quizás la más popular de las versiones. Carré y Barbier, los libretistas, pusieron, a su vez, buena parte de la novedad, en tanto centraron la acción no en el protagonista aparente, que da título al conjunto, sino en Margarita. En Alemania, la ópera se conoció con este nombre.
En el silencio de la crisis

Como no podría ser menos, la crisis ha golpeado también a la vida musical. Cabe decir que está proponiendo solfear en silencio. No lo conseguirá y la historia muestra que el arte sonoro siguió resonando aun en momentos peores que éste. La Peste Negra, en el siglo XIV, coincide con la renovación musical que precede al Renacimiento. Haydn componía con fondo de cañonazos napoleónicos (Beethoven no los percibía porque era sordo como una tapia). Shostakovich redactó sinfonías en medio del asedio nazi a la entonces Leningrado.















