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Releyendo a Hanslick

El pragués Eduard Hanslick (1825-1904) fue uno de los más conocidos y zarandeados críticos musicales de su tiempo. No falta quien lo considere el primer moderno en la especialidad. En un artículo de Jorge Luis Borges —radical y confeso sordo a la música— encuentro una cita suya que me parece especialmente aguda y que supongo traducida del alemán o retraducida del inglés por el propio escritor argentino: “La música es un idioma que hablamos y entendemos pero que somos incapaces de traducir.” Desde luego, ya los románticos y luego, el simbolista Mallarmé, se ocuparon de dotar a la poesía con este extremo privilegio: un idioma intraducible. El aura mítica de tal lengua nos lleva hasta los tiempos prebabélicos en que el Creador y las criaturas compartían la única lengua existente, que suponemos perfecta.
Bien, pero ¿una lengua intraducible es una lengua? Si decimos idioma en lugar de lengua la cosa se simplifica pero se enturbia porque el idioma es una suerte de provincia de una lengua o, a veces, una suerte de dialecto personal. Un niño que balbucea tiene su propio idioma. Hay poetas que inventan palabras y hasta lo hacen admirablemente. El citado Mallarmé —digamos de paso, muy preocupado por lo musical de la palabra y su relación con el significado— escribió en un soneto el vocablo ptyx y aún hoy seguimos tratando de saber qué quiere decir el dichoso monosílabo. En nuestra lengua, César Vallejo y Oliverio Girondo han inventado palabras que pueden enloquecer al más cuerdo traductor.
Sí, la música es intraducible pero no por defecto sino por exceso, porque nos lleva al tiempo mítico donde hubo lenguaje sin significado, lenguaje pleno de sentido. Ese que sale por los intersticios de nuestras palabras como un resto paradisíaco y al que Goethe atribuye ser el perdido sistema de signos único y universal: la poesía.
En las memorias de Hanslick hallo estas líneas que traduzco por mi cuenta: “En ninguna otra fotrma de arte es el flujo del tiempo tan veloz y devastador como en la música.” Queda en tus manos, lector o lectora, comentarlo. Yo lo dejo para otro día.











